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El
viejo Teatro Colón, levantado en 1857 con la
dirección del ingeniero Carlos Enrique Pellegrini, fue el edificio cultural
de mayor magnitud erigido en Buenos Aires en el período postcolonial. Se
levantaba en el llamado Hueco de las
Animas, solar donde actualmente se encuentra la casa central del Banco
de la Nación.
La
importancia asignada a la ópera como género artístico en la Europa del
siglo XIX impresionó a la sociedad porteña, que pronto exigió un edificio
destinado a tal fin. Pellegrini actuó como proyectista, promotor, director
y en parte financista de esta colosal obra. El diseño significó un
adelanto en la aplicación de nuevas técnicas difundidas en Europa, pero
desconocidas en la Argentina. La estructura resistente estaba íntegramente
realizada en hierro, con piezas confeccionadas en Dublín y armadas en
Buenos Aires por el técnico inglés Turner. Contaba el edificio con un
servicio contra incendios, un novedoso sistema de campanillas y timbres, una
notable maquinaria de escenografía colocada sobre tres puentes de hierro,
un taller de pintura y un depósito subterráneo de hielo, el que
aparentemente no se usó. Pero el mayor
alarde de este edificio fue la ejecución del techo, que según narra el mismo Pellegrini en su Revista
del Plata “pesaba 50 toneladas”.
El entusiasmo por la realización de esta obra era expresado por su
autor al manifestar que “la
prosperidad de los pueblos se mide hoy por su consumo de hierro”.
El
diseño del Teatro Colón era de forma de herradura, con platea, tertulia,
cazuela para mujeres y paraíso, estos dos últimos con entrada
independiente por Rivadavia y Reconquista. En total dos mil quinientas
localidades. “Las
butacas eran de caoba, tapizadas en marroquí color café; el techo de la
sala y la boca del escenario pintados por Cheronetti y Verazzi, dos pintores
italianos que prodigaron figuras alegóricas; del techo de la sala pendía
una araña de ocho metros de diámetro y
cuatrocientos cincuenta Picos de gas”.
La inversión fue un despropósito para su época, ya que en Buenos
Aires no existía una demanda tal que permitiera el mantenimiento de un
teatro de estas características, Clausurado hacia la década del ochenta,
el edificio fue vendido al Banco Nacional, que modificó la fachada perdiéndose
así otro acierto del ingeniero Pellegrini.
LA ADUANA
Pocos
años antes se habla construido el primer edificio público de gran volumen,
basado en el notorio empuje que cobraba el puerto de Buenos Aires. La
Aduana, símbolo del poderío económico, fue el tema lógico para el
desarrollo de esta arquitectura. Se efectuó un concurso en el que
intervinieron tres proyectos, triunfando el perteneciente al arquitecto inglés
Edward Taylor. La obra, comenzada en 1855 y terminada cuatro años después,
se emplazó frente a la plaza de Mayo, detrás del viejo Fuerte, al que hubo
que demolerlo parcialmente. Comprendía “un
conjunto de edificios de los cuales
él principal era semicircular depósitos que daba frente
al río. Inmensa masa de cinco
pisos con cincuenta y un almacenes
abovedados y rodeados
exteriormente por galerías”. Del centro de este
cuerpo semicircular salía un espigón acondicionado posteriormente como
muelle de pasajeros, aun cuando tenía un servicio de zorras para bajar las
cargas. Esta obra fue complementada con depósitos sobre la calle Victoria y
rampas laterales curvas que unían la plaza de Mayo con el Paseo de Julio.
El costo total ascendió a 16.000.000 de pesos y fue utilizado hasta su
demolición en 1884 al construirse el Puerto Madero.
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