A consecuencia de la
revolución del 11 de Septiembre de 1852, Buenos Aires se escindió de la
Confederación, que fijó su capital en la ciudad de Paraná, según lo
anotáramos. Mientras los porteños emitían billetes y monedas de cobre,
los federales se veían obligados a restañar su penosa situación
financiera. Con tal fin, el 9 de Diciembre de 1853 se aprobó el Estatuto
para la Organización de la Hacienda y Crédito Público, obra de Mariano
Fragueiro, ministro del ramo, que creaba el Banco Nacional de la
Confederación Argentina, autorizado a emitir billetes y acuñar metálico,
y, más tarde, a recibir moneda cordobesa y riojana.
El 26 de Enero de 1854
se dispuso la confección de monedas de cobre, lo que era imposible de
realizar en las dos cecas de la Confederación; por ello se contrataron
en Europa, por un importe de 100.000 pesos. Los valores a acuñar eran de
4, 2 y 1 centavos, denominación que por primera vez aparece en la
historia de la moneda argentina. Las piezas llevaban, en su anverso, un
sol con la leyenda circular CONFEDERACION ARGENTINA; en el centro del
reverso, el valor y la leyenda perimetral TESORO NACIONAL-BANCO.
Estas monedas fueron
lanzadas a la circulación el 18 de Enero de 1855, remitiéndose a partir
de entonces a las demás provincias argentinas. En 1856, los cobres se
utilizaban en todo el territorio de la Confederación -excepto,
obviamente en Buenos Aires-, por lo que estas monedas son las primeras
de verdadero carácter nacional desde las acuñaciones patrias de 1813 y
1815.
La historia de estas
piezas se perdió lamentablemente con el Archivo de la Confederación,
pero se sabe que no fue ajeno a ellas un antiguo prestamista brasileño,
José de Buschenthal. Parte de estas labraciones se hizo en Inglaterra,
presumiblemente en alguna de las manufacturas de fichas y botones de esa
época. Sin embargo, existe una partida de cobres de 4 centavos, que
quizá fue troquelada en Brasil.
Entre 1860-61 -últimas emisiones riojanas, últimas de Buenos Aires- y
1881 no hubo acuñación de moneda metálica en nuestro país. La escasez de
numerario se fue paliando con divisas de los países limítrofes,
especialmente de Bolivia. Pero aparecen también emisiones privadas
dignas de mención.
La primera de ellas fue realizada en la Colonia San José,
establecimiento fundado por justo José de Urquiza en 1857, en parte de
sus tierras, con colonos procedentes de Suiza e Italia. Estos, que se
afincaron en la zona, dieron origen a una floreciente ciudad
agrícola-ganadera. Hacia 1867, sin embargo, la penuria de monedas en la
colonia producía graves inconvenientes en las transacciones, ya que los
habitantes, de origen extranjero, no alcanzaban a comprender las
fluctuaciones del papel moneda y los vales emitidos entonces en Entre
Ríos y otras provincias argentinas.
Urquiza concibió la idea de labrar piezas de plata del valor de medio
real, con lo que pretendía solucionar el problema. Para ello pidió el
concurso del grabador italiano Pablo Cataldi, quien acuñó pequeñas
monedas con el escudo de Entre Ríos en el anverso, y en el reverso, en
seis líneas: MONEDA CIRCULANTE DE SAN JOSE, UN MEDIO, 1867; las piezas
tenían canto estriado y un peso de 1,7 gramos.
Moneda eminentemente local, se utilizó en forma restringida, avalada
sobre todo por el prestigio de su emisor, quien tal vez desconocía la
famosa Ley de Gresham. Ella nos enseña que cuando dos monedas se
encuentran en circulación, siendo una buena y otra mala, la primera
desaparece casi de inmediato, quedando en circulación sólo la última.
Eso fue lo que ocurrió en Entre Ríos: las moneditas de plata fueron
acaparadas por el público y se llegó a pagar por ellas hasta dos reales,
cuatro veces más.
Es curioso señalar que Cataldi, gravemente afectado en su salud mental,
utilizó luego los cuños de San José para troquelar diversas piezas de
fantasía, combinando sus anversos y reversos con otros, imaginarios, de
su invención.
Otra acuñación privada
fue hecha por el francés Orélie-Antoine de Tounens, autotitulado rey de
Araucania y Patagonia. Este personaje, procurador en Périgueux y
aficionado a las aventuras, desembarcó en 1860 en el Sur de Chile.
Al tomar contacto con
los indios mapuches -que conservaban su soberanía sobre una extensa zona-,
pudo convencerlos de fundar un reino y se hizo proclamar monarca con el
nombre de Orélie-Antoine. Poco tiempo después se anexaba por decreto
toda la Patagonia argentina.
Los gobiernos de nuestro país y de Chile intervinieron rápidamente;
Tounens fue detenido y enviado a Chile, donde quedó bajo la protección
del cónsul francés, quien consiguió salvarlo, enviándolo de retorno a su
tierra.
En París, mediante una hábil publicidad, Tounens logró conmover a la
opinión pública en su favor, y organizó una expedición a su lejano reino.
Hubo tres intentos de llegar al Sur; en uno de ellos, fue reconocido y
detenido en Bahía Blanca, volviendo definitivamente a Francia. En 1874
acuñó monedas de plata y cobre con el nombre del rey de Araucania y
Patagonia, que distribuyó entre sus amigos, y que nunca vinieron a
nuestro país.
Más tarde, Tounens creó la Orden de la Constelación del Sur, que otorgó
a diversas personalidades. En la actualidad existe también un
pretendiente al trono de Araucania y Patagonia. Tounens falleció el 19
de Septiembre de 1878.
La tercera acuñación privada que se vincula con nuestra historia
monetaria, es la realizada por Julio Popper en Tierra del Fuego. Este
ingeniero rumano llegó a Buenos Aires en 1885, y al año siguiente
realizó exploraciones y cateos en Tierra del Fuego, donde se habían
descubierto ricos yacimientos auríferos.
En 1887, en el paraje llamado El Páramo (Bahía de San Sebastián), fundó
los "Lavaderos de Oro del Sur", para explotar racionalmente los recursos
de la zona. Popper y sus mineros consiguieron extraer interesantes
cantidades de oro aluvional, compuesto en un 86,4 por ciento de fino y
un 13,6 por ciento de plata.
Para facilitar las transacciones que se hacían en pepitas u oro en
polvo, y con el fin de alimentar al mismo tiempo su leyenda de
empresario poderoso, Popper acuñó discos de oro con el peso de 1 y 5
gramos, que llevan su nombre y el de su establecimiento, al estilo de
los emitidos en California durante la fiebre del oro. También estableció
un sistema de correos con estampillas propias, situaciones que dieron
lugar a la intervención judicial.
Aunque Popper señaló en el juicio que se trataba de simples medallas,
las piezas fueguinas deben ser consideradas monedas en el sentido más
primitivo del término: piezas de oro cuyo peso y ley fue garantido por
una autoridad, en este caso, privada. Las más antiguas se fabricaron en
El Páramo con cuños grabados por el Propio empresario. Son de tipo tosco
y primitivo, debido a la precariedad de medios, y constituyen hoy una
rareza. Una segunda emisión, más perfecta, se encargó a la Casa de
Moneda de la Nación. Ambas series llevan fecha de 1889. El fallecimiento
de Popper, en 1893, truncó el impulso de esta empresa.
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