La
plaza está ahora desierta. Es ya pasado mediodía, la
hora de la siesta tradicional, y los revolucionarios
porteños se han retirado de la plaza. Cuando reciben la
petición escrita, los cabildantes advierten el hecho y
exigen que se proceda a congregar al pueblo, “pues el
Cabildo, para asegurar la resolución, debe oír del mismo
pueblo si ratifica el contenido de aquel escrito?”.
Pasa un rato; los capitulares salen al balcón y ante la
escasez de gente Leiva pregunta: “¿Dónde está el
pueblo?”.
Esto colma la paciencia de los pocos exaltados que
permanecen en, la plaza, bajo la llovizna. A partir de
ese momento - dice el acta del Cabildo – “se oyen
entre aquellos las voces de que si hasta entonces se
había procedido con prudencia porque la ciudad no
experimentase desastres, sería ya preciso echar mano a
los medios de violencia; que las gentes, por ser hora
inoportuna, se habían retirado a sus casas; que se
tocase la campana del Cabildo y que el pueblo se
congregaría en aquel lugar para satisfacción del
Ayuntamiento; y que si por falta de badajo no se hacía
uso de la campana, mandarían ellos tocar a generala y
que se abriesen los cuarteles, en cuyo caso sufriría la
ciudad lo que hasta entonces se había procurado evitar".
Esta vez, la amenaza no es velada, sino directa y
terminante. Los capitulares lo comprenden y se dan
cuenta de que no queda otro camino que acceder a todo lo
que se pide. El Cabildo aprueba entonces la petición,
impotente para resistirse a los jefes militares que
amenazan con la acción, y al corto número de individuos
todavía reunidos en la plaza para apoyarlos hasta el
final.
Entonces el actuario lee el acuerdo: la Junta debe velar
por el orden y la tranquilidad; el Cabildo velará por la
conducta de los vocales y, previo conocimiento del
pueblo, los podrá remover si no cumplen con su deber;
también tendrá la facultad de designar los reemplazantes
por impedimento de alguno de los miembros; por otra
parte, se limitan las atribuciones de la Junta para
establecer impuestos sin aprobación previa del Cabildo.
Casi enseguida, Leiva se las ingenia para que los
capitulares aprueben para la nueva Junta un reglamento
muy similar al que debió regir a la efímera Junta que
había renunciado el día anterior.
Pero la situación en que ha quedado el Cabildo no es,
por cierto, airosa. Fracasadas todas las artimañas de
Leiva, el poder está por entero en manos de los
patricios. Los cabildantes quieren conseguir, por lo
menos, que la asunción del nuevo gobierno carezca del
boato con que se había rodeado la del día anterior. Con
el pretexto de la urgencia, se resuelve que la Junta se
instale “por acta separada y sencilla” y se
publique su instalación por bando “sin detenerse en
las fórmulas que se observaron para la instalación de la
primera”.
La ceremonia. se lleva a cabo rápidamente, con el
protocolo indispensable. Los miembros de la Junta pedida
e impuesta por los criollos se disponen a jurar.
Saavedra, antes de hacerlo, manifiesta que acepta el
cargo de Presidente “sólo por contribuir a la
tranquilidad pública y a la salud del pueblo”.
Luego, juran, en su orden, los demás miembros.
Todos ellos se comprometen a “conservar íntegra esta
parte de América a nuestro augusto soberano don Fernando
Séptimo y sus legítimos sucesores” y a “guardar
puntualmente las leyes del reino”. Azcuénaga, cuando
jura, pide que en tanto su designación obedece al voto
de “una del pueblo”, se consulte la voluntad de
la “que faltase y la represente”.
Al terminar la ceremonia, Saavedra promete “mantener
el orden, la unión y la fraternidad”, y también
“guardar respeto y hacer el aprecio debido de la persona
del Excmo. Señor don Baltasar Hidalgo de Cisneros y toda
su familia”. Asomado al balcón del Cabildo, repite
lo mismo ante “la muchedumbre de pueblo que ocupaba
la Plaza”. De allí, en un marco multitudinario,
entre repiques de campanas y salvas de artillería, los
miembros de la Junta se trasladan al Fuerte, mientras
arrecia una lluvia torrencial que les sirve de excusa a
los capitulares para evadir la ceremonia de cumplimentar
a las nuevas autoridades.
El primer gobierno revolucionario del Río de la Plata,
que asume el poder en el nombre del pueblo, ya es un
hecho. |