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INTRODUCCION 24
de Julio de 1810. En el Real Colegio Seminario de Asunción, capital de la
Intendencia del Paraguay, un congreso general de Funcionarios y vecinos
resuelve desconocer la autoridad de la Junta revolucionaria de Buenos Aires, y
proclama su acatamiento al Consejo de Regencia de España. La actitud del
Paraguay, empero, es diferente a la adoptada por los otros centros de oposición
al gobierno porteño. En Asunción, el partido español debe contemporizar con
los elementos criollos que se oponen a una ruptura con Buenos Aires. Así, el
Congreso incluye en sus resoluciones la siguiente cláusula: Los
dirigentes porteños, sin embargo, no aceptan esta fórmula de transacción.
El 19 de Agosto, la Junta, por lo tanto, ordena interrumpir toda comunicación
entre Buenos Aires y el Paraguay. Esta medida moviliza a los grupos paraguayos
favorables a la causa revolucionaria. Un ejemplo del clima tenso que impera en
Asunción lo constituye la siguiente nota que un grupo de vecinos eleva al Gobernador, don Bernardo de Velasco y Huidobro: “Todas
las resoluciones reservadas de vuestro gobierno son informadas sin demora a
Buenos Aires, siendo escandaloso el número de chasquis que van y vienen entre
esa ciudad y la nuestra. Hay sujetos que hablan mal del gobierno y se
manifiestan con expresiones muy parciales del sistema de gobierno adoptado en
Buenos Aires." En
realidad, el informe no hace más que exponer un hecho que Velasco ya conoce.
Pero el Gobernador nada puede hacer, porque carece de elementos de prueba para
adoptar medidas enérgicas contra el partido porteñista, como se lo reitera
el Cabildo. La
oportunidad, sin embargo, llega al mes siguiente, en Septiembre de 1810. Se
descubre entonces una conspiración que - según los papeles que caen en manos
del Gobernador y los cabildantes - es obra del dirigente porteño Juan
José Castelli. Un documento enviado por Castelli
al doctor Pedro Somellera, Teniente asesor de la gobernación, prueba la
acusación. Aparte de Somellera, son encarcelados Narciso de Echagüe, Pedro
Nolasco, Manuel Domecq, José Fortunato Roa, José Luis Mora y el franciscano
José Baca. Uno
de los acusados, al ser interrogado, declara: "Era la determinación decapitar en primer lugar al señor Gobernador Intendente, a su sobrino el doctor Benito Velasco, a José de Elisalde, al ayudante mayor Juan de la Cuesta, al alcalde de segundo voto Antonio de Recalde, al doctor José García Oliveros, a José García de Barrio, a Bernardo de Argaña, al Administrador de Correos Bernardo Jovellanos, por haber manifestado una Real Orden falsa del Consejo de Regencia, al señor Coronel Pedro Gracia y a Juan José Machain, desterrando a los demás a los presidios de Apa y Borbón, cuyo plan era el que estaba formado para ponerlo en cumplimiento por el mes de Enero..." Los conjurados son enviados por el gobierno asunceño a una de las dos prisiones donde pensaban confinar a las autoridades: el lejano fuerte de Borbón. HACIA EL PARAGUAY El 4 de Septiembre de 1810, la Junta de Buenos Aires ha resuelto que su vocal Manuel Belgrano “pase a la Banda Orienta¡ al frente del cuerpo de caballería de la Patria, y engrosando la fuerza con las milicias provinciales de aquellos partidos y demás reclutas que considerase conveniente levantar proteja a los pueblos, persiga los invasores y ponga el territorio en la obediencia y tranquilidad que la seducción y violencias de Montevideo han perturbado”. La expedición de Belgrano a la Banda Oriental, empero, no llega a concretarse, Llega antes a conocimiento del gobierno porteño la noticia de que los españoles del Paraguay han internado tropas en el territorio de Misiones. Ante este hecho, la Junta resuelve, el 22 de Septiembre, ordenar a Belgrano que postergue su marcha sobre la Banda Oriental, y proceda en primer término a someter al Paraguay. Así reza la directiva: "Habiendo llegado la noticia de la Junta que el Gobernador del Paraguay marcha con fuerzas contra los pueblos de Misiones, que reconocen a esta capital, lo atacará dispersando toda la gente reunida bajo sus órdenes, pasando al Paraguay y poniendo la provincia en completo arreglo, removiendo al Cabildo y funcionarios públicos, y colocando hombres de entera confianza en ls empleos se volverá a pacificar el resto de la Banda Oriental". El documento, además, incluye la orden de ejecutar al Gobernador Velasco, al obispo y a los principales dirigentes españoles si éstos se obstinan en ofrecer resistencia. El 23 de Septiembre Belgrano se reúne con su ejército en San Nicolás de los Arroyos y, días más tarde, se traslada a Santa Fe, donde procede a cruzar el río Paraná. Sus tropas son escasas y el armamento deficiente, pero Belgrano, con incansable actividad y entusiasmo, a todo pone remedio. Organiza y adiestra sobre la marcha a los batallones, logra caballos en cantidad suficiente, arma trenes de carretas que marchan a la retaguardia tirados por bueyes que, a su hora, habrán, de servirle para alimentar a la tropa. Exige y obtiene un reacondicionamiento de las armas, al tiempo que pide impresos para llevar la propaganda por los lugares de su tránsito. A este último factor, la propaganda, el jefe porteño otorga una decisiva influencia en el desarrollo de la campaña. Está convencido, por los informes que había recibido la Junta de Buenos Aires, que en Asunción existe un poderoso partido favorable a la Revolución que, debidamente incitado, habrá de llevar a cabo un alzamiento que facilitará enormemente la acción de sus tropas. Por eso, al anunciar a la Junta el envío de agentes con cartas e impresos destinados a los dirigentes paraguayos, señala: “Si con papel y tinta hemos de vencer me parece que la victoria podemos contarla segura.” La
acción de Belgrano en el transcurso del difícil avance a través de la
Mesopotamia no se limita a las cuestiones exclusivamente militares. En
territorio correntino funda los pueblos de Curuzú Cuatiá y Mandisoví.
Belgrano dispone que de la venta de los solares se forme un fondo para el
fomento de escuelas, poniendo el capital a rédito “sin
perjuicio de obligar a los pudientes a que hayan de satisfacer cuatro reales
al maestro par cada uno de sus hijos, hasta que se doten bien de fondos públicos”.
La población de la campaña es reconcentrada en los nuevos pueblos, cuyo
centro se hace en torno de la iglesia y la escuela. Los estancieros están
obligados a instalar su casa en la planta urbana, medida que Belgrano
justifica así: “No podía ver sin
dolor que las gentes de la campaña viviesen tan distantes unas de otras lo más
de su vida, o tal vez en toda ella estuviesen sin oír la voz del pastor
eclesiástico, fuera del ojo del juez, y sin un recurso para lograr alguna
educación”. Belgrano se mantiene también alerta, a otros problemas, como el de la deserción. Para cortar de raíz con este mal que amenaza la disciplina y la fortaleza de su ejército, ordena, sin vacilación alguna, pasar por las armas a dos soldados incursos en este delito. A fines de Noviembre la expedición se interna en la zona de los pantanos del Iberá, y las tropas deben sufrir en su marcha toda clase de penalidades. Belgrano, en un informe a la Junta, relata así la dura travesía y el ejemplar comportamiento de sus soldados: "No es fácil expresar a Vuestra Excelencia lo que ha trabajado la milicia del Paraná con los carros y cuidado de la boyada y caballada, lo que han padecido los oficiales y toda la tropa andando al paso de buey por entre bañados y lagunas con mil sabandijas, y el peso de los soles... Mas, en medio de todo, estoy lleno de regocijo al verlos contentos y alegres, y deseosos de atravesar el Paraná a la mayor brevedad..." El
6 de Diciembre, el ejército alcanza la costa del Paraná, frente a territorio
paraguayo, y desde allí Belgrano dirige un oficio al Gobernador Velasco,
donde propone un armisticio e insiste en la necesidad de que se reconozca al
gobierno de Buenos Aires y se designe un diputado que deberá concurrir al
Congreso General de los pueblos rioplatenses. “Traigo conmigo la persuasión y la fuerza - escribe Belgrano - y no puedo dudar que Vuestra Señoría admita la primera, excusando la efusión de sangre entre hermanos, hijos de un mismo suelo y vasallos de un mismo rey. No se persuada Vuestra Señoría que esto sea temor; mis tropas son superiores a las de Vuestra Señoría, en entusiasma, porque defienden la causa de la Patria y del Rey bajo los principios de la sana razón, y las cae Vuestra Señoría sólo defienden su persona.” Belgrano
envía como portador de esta carta a su. secretario militar, el Capitán
Ignacio Warnes, Pero a éste no se le reconoce su carácter de parlamentario,
pues el Comandante paraguayo Pablo Thompson, jefe de la villa , de la Concepción,
lo detiene, lo engrilla y lo envía a Asunción junto con los pliegos. El Gobernador
Velasco aprueba lo hecho por su subalterno, y Warnes queda
detenido. Así fracasa la gestión pacificadora de Belgrano. Este, sin
embargo, sin tener conocimiento de lo acaecido con su emisario, envía a
Thompson un oficio similar al dirigido a Velasco, en el que puntualiza: "Traigo la paz, la unión, la amistad en mis manos para los que me reciban como deben; del mismo modo traigo la guerra y la desolación para los que no aceptaran aquellos bienes." Seis
días después Thompson responde a Belgrano, comunicándole que acepta el
armisticio hasta tanto se conozca la decisión final del Gobernador. Pero
simultáneamente, una avanzada, paraguaya atraviesa el río Paraná,
disparando sus armas. Es suficiente para que Belgrano considere roto el
armisticio el 17 de Diciembre. Ambas fuerzas se aprestan a enfrentarse. Belgrano
está dando un rodeo para llegar a su objetivo, porque trata de distraer la
atención del Gobernador paraguayo, engañándole sobre el verdadero punto
donde comenzará el ataque. Por ello, ordena al teniente Gobernador de Corrientes, Elías Galván, que traslade 300 hombres sobre el Paso del Rey o de Itatí, en el Paraná, un punto cercano a la confluencia de este río con el Paraguay. Belgrano calcula que así los paraguayos no podrán remontar el río; de esta manera evitará que se conviertan en un obstáculo más arriba. Confiado en esta previsión, instala el cuartel general en la Candelaria. Aquí se decide a realizar el pasaje de sus fuerzas, aunque no tarda en saber que en la margen opuesta esperan 500 paraguayos a las órdenes del comandante Thompson. El
18 comienza el cruce del Paraná. Belgrano pronuncia una breve proclama, y a
las once de la noche ordena a una partida de 12 soldados que se adelante a las
posiciones adversarias.
En medio de la densa oscuridad nocturna, la avanzada sorprende a un pelotón
paraguayo. Se oyen tiros y voces confusas
y despunta un clima de incertidumbre en medio de las filas enemigas. ¿Es
que los porteños ya están aquí? Favorecidos
por la confusión imperante, los patriotas logran tomar dos prisioneros y
apoderarse de varias armas y retroceden para reunirse con el grueso de sus
fuerzas. Belgrano
aprovecha la ocasión y a las tres y media de la mañana, ordena el pasaje del
rió. Ya al alborear el 19, prácticamente todo el ejército se encuentra en
la orilla opuesta. Es imprescindible tomar el punto de Campichuelo, donde los
paraguayos siguen fortificados al amparo de 3 piezas de artillería. El
operativo se cumple, poniendo en fuga a la división de Thompson, que se bate
en retirada hasta Itapuá - a cuatro leguas de allí -, posición que debe
abandonar de inmediato ante el avance Incesante de Belgrano. El pueblo es totalmente ocupado durante aquella jornada, y el -ejército patriota obtiene un botín no despreciable: armas, municiones, un cañón y sesenta canoas. Paraguarí,
a 14 leguas de Asunción, es un punto estratégico, porque cierra la entrada
de los valles cercanos. Su costado derecho está resguardado por un tributario
del río Paraguay, el Caañabé, y su costado izquierdo por una cadena de
pantanos prácticamente imposibles de vadear. Aquí se instala el ejército de Velasco, integrado por 7.000 hombres. Las avanzadas están protegidas por 16 piezas de artillería fortificadas, 800 infantes y dos divisiones de caballería bajo el mando directo de Velasco. El grueso de las tropas paraguayas, en dos cuerpos, ocupa los pasos del Caañabé. Fatalmente, Belgrano tendrá que encontrarse con este ejército, ya que Paraguarí obstaculiza su camino hasta Asunción. Por otra parte, la emigración masiva de los paraguayos de los puntos por los cuales avanza el general porteño hace más compleja su marcha. Casi todo el ganado ha sido retirado de los campos para dificultar las operaciones de Belgrano, que comienza la marcha hacia su objetivo el 25 de Diciembre. El 7 de Enero de 1811 llega a Tebicuarí, donde se repite la desolada escena de una total ausencia de pobladores. Pero antes de atravesar este punto se produce un breve encuentro con un destacamento paraguayo, que abandona algunas armas y dos prisioneros: un criollo y un español. El español, por su condición de tal y por estar armado, cae bajo la condena que ha dictado la Junta de Buenos Aires contra los peninsulares, y en el acto es fusilado. Mientras
Belgrano se acerca a Paraguarí, sus fuerzas son vigiladas por los paraguayos
desde la altura de los montes. En la tarde del 15 de Enero, en el arroyo de Ibáñez
- a dos leguas de Paraguarí - los patriotas avistan una avanzada enemiga que
emprende veloz retirada. Este y otros detalles hacen apresurar la marcha del
general porteño que, una vez cruzado el Ibáñez, se adelanta con su escolta
y su estado mayor hasta el cerro Mbaé (fantasma, en guaraní, aunque los
realistas lo conocen por Cerro del Rombado). Desde lo alto del Mbaé, puede
ver de pronto Belgrano, con auxilio de sus anteojos, al ejército rival que lo
espera en formación de combate. Sus oficiales no advierten nada, porque el
rostro del general permanece imposible. Cierra sus anteojos y ordena en tono
reposado: Así
se hace, y a la noche Belgrano se retira a su tienda, donde conversa con Mila
de la Roca, a quien le confía lo que ha visto esa tarde. -
Es
menester convenir en que los enemigos son como moscas - reconoce Belgrano
- pero en la posición en que nos encontramos hallo que sería cometer
un grande error emprender ninguna marcha retrógrada. -Sin
embargo, las fuerzas son muy desparejas - observa
Mila de la Roca -. Además, estando tan lejos de nuestra base de
operaciones, en caso de haber un contraste las consecuencias pueden ser
catastróficas. Belgrano mira fijamente a su amigo, y concluye serenamente: - Más le digo a usted, y es que para nosotros no hay retirada, sin que primero tratemos de imponernos atacándolos, si es que ellos no nos atacan antes. Esos que hemos visto esta tarde no son en su mayor parte sino bultos; los más no han oído aún el silbido de una bala, y así es que yo cuento mucho con la fuerza moral que está a nuestro favor. Tengo mi resolución tomada, y sólo aguardo que llegue la división que ha quedado a retaguardia, para emprender el ataque. LA BATALLA DE PARAGUARI El
17, Belgrano ordena levantar un altar portátil en la cumbre del cerro, y el
capellán del ejército oficia la misa. Los paraguayos, desde la planicie,
observan con sorpresa la ceremonia, pues, convencidos de que debían luchar
contra herejes, habían agregado cruces a sus sombreros. Y así, asombrados y
piados, los mismos enemigos, de rodillas, oyen el Santo Oficio. A
las dos de la mañana del 18 todo está ya preparado. En primer lugar, una
división de 220 hombres y don piezas de artillería, que tiene la misión de
iniciar la ofensiva. La segunda división, integrada por 250 infantes y otras
dos piezas de artillería, se coloca a retaguardia para apoyar a la primera.
Ciento treinta hombres de caballería cubren los flancos, Belgrano, con 70
soldados de caballería y 2 piezas de artillería sostiene el campamento. Los
peones de las carretas enarbolan palos, que a la distancia pueden confundirse
con armas. A
las tres de la mañana se inicia el avance, y una hora después suenan los
primeros disparos. El
tronar de fusiles y cañones se oye durante algo más de media hora. Cuando el
sol comienza a alumbrar el campo de batalla, se advierte que la infantería
realista está dispersa, habiendo abandonado la principal batería, integrada
por 5 piezas de grueso calibre. Velasco se da cuenta en seguida del desastre y
opta por abandonar apresuradamente el terreno. Luego,
ya serenados los ánimos, se reúnen las informaciones, y entonces se advierte
lo que ha ocurrido. El mismo Velasco lo relata: "A pesar de la sorpresa que debió causar en
nuestro ejército este movimiento inesperado de los enemigos, te les contestó
con viveza y valor por la infantería y artillería de dicha división;
sostuvo media hora el fuego, y ella hubiese derrotado a los insurgentes, si la
primera impresión de la sorpresa no hubiera dispersarlo la mayor parte de las
tropas de que se componía." Belgrano
destaca entonces 120 hombres de caballería en persecución de los enemigos,
que huyen hacia la iglesia de Paraguarí. Pero los soldados expedicionarios se
dedican a saquear los equipaje del cuartel general en vez de continuar la
operación. Los paraguayos vuelven pronto de su sorpresa y en dos alas rodean
a la división patriota, abrumándola con el fuego de once piezas de artillería.
Durante tres horas el fuego continúa cruzándose mientras otro cuerpo de
patriotas, creyendo ganada la batalla, insiste en el pillaje. Los
soldados, sometidos a intenso fuego por e enemigo, quedan de pronto sin
proyectiles. Belgrano, a dos millas de allí, les envía una pieza de artillería
y un carro con municiones, protegidos por un destacamento de caballería. El
grupo se acerca velozmente, pero los patriotas lo confunden con el enemigo: “¡Nos
cortan!”, es el grito que se extiende por la filas
criollas. Se
ordena entonces tocar la retirada, y los 12 hombres que han avanzado hasta la
Iglesia, queda abandonados. Desde lo alto del cerro, Belgrano advierte la confusión. Monta a caballo, y a todo galope desciende para contener la retirada. Pero todo es inútil. El desaliento ha minado a los oficiales. 120 prisioneros, 10 muertos y 15 heridos - éstos, salvados a hombros- es el saldo del encuentro por parte de los patriotas, mientras que los realistas registran 30 muertos y 16 prisioneros. Iniciada
bajo los augurios de la victoria, la recia batalla de más de cuatro horas ha
concluido en derrota. Belgrano escribe el parte a la Junta de Gobierno: “Saldremos
dentro de dos horas para volver por el camino que trajimos - adelanta en su
oficio-. Mi ánimo es tomar un punto fuerte en la provincia, en donde pueda
fortificarse hasta mejor tiempo, y hasta observar el resultado de las medidas
que medito, para que se ilustren estos habitantes acerca de la causa de la
libertad que hoy miran como un veneno mortífero, todas las clases y todos los
estados de la sociedad paraguaya”. Tres
días tardan las tropas en atravesar el río Tebicuarí; al cabo de ellos
aparecen en el horizonte los paraguayos, que han decidido reanudar la
persecución, aunque manteniéndose a distancia. Cuarenta y ocho horas más
tarde Belgrano traslada su campamento a Santa Rosa. Aquí llega a fines de
enero y recibe un correo oficial de Buenos Aires. Son los pliegos de su
ascenso a Brigadier general, un nuevo cargo recién creado por la Junta. Por
curiosa coincidencia, el despacho tiene fecha 19 de Enero de 1811: el mismo día
de la batalla, de Paraguarí. “Sentí más el título de brigadier que si
me hubiesen dado una puñalada”, escribirá más tarde Belgrano al
recordar este episodio. LA INTERVENCION PORTUGUESA Entretanto,
el jefe de las fuerzas portuguesas de las Misiones, general Diego de Souza,
resucita un plan proyectado en octubre, cuando el ejército de Belgrano
avanzaba sobre el Paraguay. Ahora,
después de la batalla de Paraguarí, Souza estima más oportuno que nunca
volver sobre el tema, y escribe al Gobernador Velasco ofreciéndole tropas
para derrotar al jefe porteño. Velasco
acepta la propuesta y le pide al brigadier Francisco de Chagas - Comandante
portugués de la provincia de Misiones - el envío de 200 hombres para impedir
que Belgrano reciba refuerzos. Al mismo tiempo, el lugarteniente de Velasco,
general Manuel Cabañas, le solicita que las tropas portuguesas crucen el río
Paraná y entren en territorio paraguayo. Souza
se entusiasma, y no sólo accede al pedido, sino que se apresta a mandar de
800 a 1.000 soldados de caballería, artillería y cazadores. En la comunicación
respectiva, Diego de Souza señala a Velasco, el 25 de Febrero de 1811: “..
y en virtud de las órdenes del Príncipe Regente, mi soberano, que me
prescribe socorrer a las autoridades legítimamente constituidas por el Señor
Rey Don Fernando Séptimo, con los auxilios que me pidieren contra los
insurgentes de Buenos Aires, y reconociendo los derechos de la Princesa
Nuestra Señora Doña Carlota Joaquina, a falta de sus augustos hermanos
...”. Velasco
reacciona; el insólito ofrecimiento de reforzar el auxilio en forma tan
considerable y las apelaciones a los derechos de la infanta lo obligan a
reflexionar. Algo se esconde tras la oferta. Recuerda entonces que el gobierno
español ha ordenado a todas las provincias americanas que no acepten bajo
ningún pretexto la entrada de tropas portuguesas en estos territorios, y
declina sin mayores explicaciones la propuesta del jefe lusitano. Tras
la retirada de 70 leguas y perseguidas por un ejército catorce veces mayor en
número, las tropas porteñas se atrincheran en la margen meridional del río
Tacuarí, A la distancia se acercan los paraguayos, cuya vanguardia, mandada
por Fulgencio Yegros, acaba de reunirse con la división del general Manuel
Cabañas. Este, que cuenta con más de 2.000 hombres y una artillería
superior a la del ejército patriota, prefiere sin embargo pedir refuerzos a
Velasco para asegurar el triunfo de la nueva batalla que parece inminente. El Gobernador
le remite 400 hombres a las órdenes del comandante Juan Manuel
Gamarra, acompañados por tres piezas de artillería. Tales son las fuerzas
que enfrentarán, en breve, a 400 patriotas. Al
amanecer del 9 de Marzo las tropas de Belgrano se ven atacadas por tres puntos
diferentes. Al frente, los cañones truenan durante una hora, cuando un
oficial llega hasta Belgrano para anunciarle que, remontando el río, por el
flanco izquierdo, avanzan cuatro botes armados y varias canoas con enemigos
prestos a desembarcar. Además, por el flanco derecho, se acerca una fuerte
columna. Sin perder el ánimo, Belgrano da rápidamente las órdenes: - Mayor Celestino Vidal: rechace el avance de la
izquierda. Mayor general Machain: tome 150 hombres y salga al encuentro del
ataque por la derecha, pero verifique sí se trata del grueso del ejército
enemigo, en cuyo caso repliéguese hasta aquí. Mientras
Vidal y Machain salen al galope a cumplir su misión, Belgrano se queda a
defender el paso del Tacuarí, para aguantar el ataque enemigo. Vidal
logra rechazar la flotilla paraguaya gracias a un nutrido fuego de mosquetería.
Los botes retroceden, algunos adversarios caen muertos y muchas canoas pasan a
poder de los patriotas. Al mismo tiempo, el general en jefe desbarata las
baterías ubicadas en la orilla opuesta, y Machain enfrenta a la columna
mandada por el General Cabañas, quien, después de dar un amplio rodeo, se
adelanta con un corto número de efectivos desde el bosque que franquea a las
fuerzas de Belgrano. Machain olvida las órdenes de Belgrano y ataca la división
enemiga, que no tarda, en engrosarse con los nuevos efectivos ocultos en la
espesura. Los realistas, en un movimiento de pinzas, cubren también la
retaguardia porteña, implacablemente asediada. Machain se ve obligado a
rendirse, con su artillería y una carreta de municiones. En tanto Belgrano reflexiona sobre las consecuencias de esta acción, un oficial enemigo avanza con bandera de parlamento. El jefe paraguayo, Cabañas, intima la rendición a discreción, con la advertencia de que, en caso contrario, todos los sobrevivientes, incluso Belgrano, serán “pasados a cuchillo”. El representante de la Junta, después de rechazar altanero semejante intimación, envía su propio parlamentario, quien entra en conversaciones con Cabañas. La correspondencia entre el jefe paraguayo y Belgrano pone de manifiesto la habilidad política de éste para obtener no sólo la buena voluntad, sino hasta la amistad del General vencedor, e incluso lograr un vuelco ideológico que será germen del movimiento revolucionario paraguayo. Tras
la amenaza ya apuntada, Cabañas se dirige al “señor don Manuel
Belgrano” para permitir que el ejército patriota, “que había
venido no a hostilizar la provincia del Paraguay, sino a auxiliarla”, se
retire al otro lado del Paraná. En seguida Belgrano oficia al “señor
general don Manuel Cabañas” para manifestarle que acepta lo acordado,
al tiempo que lo invita a entablar conversaciones con el objeto de persuadirlo
de las buenas intenciones de la Junta de Buenos Aires. Al día siguiente, 10
de Marzo, Cabañas acepta la invitación, y ese mismo día Belgrano remite al
“señor don Manuel Cabaña” un largo oficio donde puntualiza ocho
circunstancias mediante las cuales podría llegarse a un acuerdo fraterno
entre los paraguayos y la Junta. En primer lugar, propone el libre intercambio
de todos los ramos; luego, invita al Paraguay a enviar un diputado; hecho eso,
la ciudad de Asunción formará su propia Junta; Belgrano se compromete a
reparar, con especies o dinero, los daños que su ejército hubiera causado en
los ganados y caballadas del Paraguay; en seguida, Cabañas debe comprometerse
a no tomar represalias contra los paraguayos encolados en el ejército
patriota; los prisioneros hechos en Paraguarí y Tacuarí serán devueltos con
sus armas, y el parlamentario Ignacio Warnes será liberado; por último, los
paraguayos devolverán la libertad a “todos
los paisanos que se hallan en Borbón y demás presidios por haber sido de la
causa de la excelentísima Junta de las Provincias del Río de la Plata”. Sin
lugar a dudas, semejantes propuestas exceden en mucho las pretensiones que
puede tener un jefe vencido. La
respuesta de Cabañas, dirigida ya al “señor general don Manuel
Belgrano”, lejos de mostrar perplejidad, es cordial. El jefe paraguayo
se limita a señalar que carece de facultades para resolver todos los puntos,
pero acepta en principio las gestiones pertinentes; y se despide del jefe
enemigo declarándose respetuosamente “su mejor servidor”. El 12 de Marzo
Belgrano remite a Cabañas otro oficio, cuyo contenido representa un
planteamiento doctrinario de la Revolución, e incluso la advertencia de que
la Junta de Buenos Aires no tolerará la insolencia de los que, como Elío, se
alcen contra su legítima autoridad; al final, reitera su promesa de devolver
los ganados. Ese mismo día Cabañas escribe al general patriota para
informarle que Fulgencio Yegros, jefe de la vanguardia paraguaya, facilitará
al ejército de Belgrano tres canoas para el cruce del tío; y en seguida le
pide medicamentos para curar los heridos. El 13, una nueva carta de Belgrano,
escrita ya en términos amistosos, informa que Yegros llevará los
medicamentos, y prevé la “gloriosa unión” del Paraguay al resto del Río
de la Plata. La respuesta de Cabañas, al “señor don Manuel Belgrano”, se
inicia con los siguientes términos: “Mi muy estimado dueño y señor mío”.
Es una carta casi particular en donde puntualiza sus propósitos de armonía y
reconocimiento. La despedida es tan elocuente y ceremoniosa como el comienzo: "Tengo el alto honor de decirle que soy su amigo por el alto aprecio que le merezco con tal título y procederé en todo cuanto pueda corresponder mientras viva y pueda" (14 de marzo). Belgrano
no queda atrás en afecto: “Mi estimado paisano y señor”,
comienza su carta del 15 al “señor don Manuel Cabañas”. Allí
le hace saber que, por conducto de Félix Aldao, remite 58 onzas de oro para
auxiliar “a las viudas de mis hermanos los
paraguayos que han perecido en las acciones de Paraguarí y Tacuarí”;
en seguida le notifica sobre los éxitos alcanzados por la Revolución en la
Banda Oriental, para insistir en la conveniencia de que el Paraguay reconozca
a la Junta de Buenos Aires. “Conozco
los sentimientos de usted, - termina - y
le amo como el mejor de mis amigos." El 17 Cabañas
acusa recibo de esa carta al “Excelentísimo señor don Manuel
Belgrano”. Ya se trata de solicitar y
dar favores, aunque pide aclaración sobre un eventual sentido de
amenaza que advierte en las expresiones jocundas de Belgrano. El 18 y el 21 de
Marzo, en dos cartas sucesivas, Belgrano da a Cabañas todas las explicaciones
necesarias, le avisa que le envía nuevos medicamentos, y termina invitándolo
a trabajar con todo ahínco por la unidad de estos pueblos que, por una
lamentable mala interpretación, acaban de desangrarse en el campo de batalla. Con
el armisticio de Tacuarí, Belgrano ha hecho prender la idea revolucionaria en
el general Cabañas y en sus oficiales. Pronto, la llama se extenderá a todo
el Paraguay, a pesar de las reservas del Gobernador Velasco y del Cabildo
asunceño. Para Bartolomé Mitre, Belgrano “fue el verdadero autor de la
resolución del Paraguay”, pensamiento que un protagonista de ese
suceso, el paraguayo Pedro Somellera, subraya de esta manera: "La
única, verdadera e inmediata causa que influyó en ella (la Revolución
paraguaya), fue la inoculación que los paraguayos recibieron en Tacuarí." Sin
embargo, el gobierno porteño juzga que la campaña militar del Paraguay ha
sido un fracaso, y forma proceso a Belgrano, que se iniciará el 6 de Junio de
1811. No obstante, dos meses después el juicio ha de concluir con el
sobreseimiento del general porteño. LA REVOLUCION EN EL PARAGUAY El
14 de mayo estalla en Asunción el movimiento revolucionario preparado desde
meses atrás. Velasco intenta una débil resistencia, pero en la mañana del
15 acepta compartir el poder con dos vocales: el doctor José Gaspar Rodríguez
de Francia y el capitán Juan Valeriano de Zevallos, conforme a lo resuelto en
una asamblea general reunida en Asunción. En
la misma hora del triunfo chocan los bandos porteñista (acaudillado por
Somellera) y localista (cuya, cabeza visible es el doctor Francia). En el
primer momento se dispone que José de María marche a Buenos Aires llevando a
la Junta el te del movimiento triunfante, pero a esta altura interviene
Francia, que hace cancelar el viaje, pues el mismo significaría “dar el
mayor alegrón a los orgullosos porteños”, y propone que más adelante
parta el capitán Antonio Tomás Yegros como enviado especial. El
nuevo, gobierno se ocupa principalmente de fijar el régimen de relaciones con
Buenos Aires. Por bando del 30 de Mayo informa la desocupación de Corrientes
por las tropas paraguayas, medida que se funda en la necesidad de dar “al
pueblo ilustrado de Buenos Aires y a todo el mundo imparcial” un ejemplo
singular de moderación y generosidad. Días
más tarde, el 9 de Junio, los oficiales paraguayos lanzan un manifiesto
redactado por Francia, que determina la deposición de Velasco. El 17, en un
congreso general, se constituye una nueva Junta presidida por Fulgencio Yegros
e integrada por Francia, Fernando Caballero, fray Francisco Javier Bogarín y
Fernando de la Mora. En esa oportunidad todos comparten el voto de Mariano
Antonio Molas, quien propone que Paraguay “no sólo tenga amistad, buena
armonía y correspondencia con la ciudad de Buenos Aires y demás provincias
confederadas, sino que también se una con ellas para el objeto de formar una
sociedad fundada en principios de justicia, equidad e igualdad". En
la misma fecha, se expide un manifiesto en el que se expresa que las miras e
intenciones del actual gobierno de Buenos Aires son benéficas y pacíficas,
“pero no se piensa en entregar o dejar esta provincia al mando, autoridad
o disposición de la de Buenos Aires ni de otra, alguna, y mucho menos
sujetarla a ninguna provincia extraña”. Todo
esto se comunica a la Junta de Buenos Aires en una nota fechada el 20 de Julio
de 1811, en donde por primera vez en la América del Sur se lanzara idea, de
confederación. Los revolucionarios paraguayos piensan en una confederación general americana, pues usan en sus documentos la expresión “con las demás del continente”. Esta es, precisamente, la línea marcada por Juan José Castelli, que mantiene correspondencia con el doctor Francia y Mariano Antonio Molas. TRATADO DEL 12 DE OCTUBRE El gobierno de Buenos Aires acepta en principio las condiciones de la
nota del 20 de Julio, y resuelve destacar en misión especial a Belgrano y
Vicente Anastasio de Echevarria. Sus instrucciones son las siguientes: 1)
Disipar todo resentimiento. 2) Insistir en la necesidad de adoptar
precauciones ante el peligro portugués. 3) Insinuar con sagacidad la
necesidad de que la provincia del Paraguay quede sujeta al gobierno de Buenos
Aires. 4) Si ello no se acepta, obtener un sistema de alianza ofensiva y
defensiva. Belgrano
y Echevarría arriban a Asunción el 4 de Octubre. En la capital, así como en
los puntos del trayecto, reciben “los mayores obsequios y auxilios”,
y son tratados “pública y privadamente con la más distinguida
consideración”. Los dos comisionados reciben la visita asidua de
Fernando de la Mora, los doctores Baldovinos, Zavala y Bargas, Fray Bernardo
Diez y los capitanes Iturbe y Montiel,
entre otros. Francia,
que ha abandonado el gobierno retirándose a su quinta de Ibiraí, vuelve a
ocupar su vocalía al enterarse de la misión Belgrano-Echevarría. Al día siguiente de su
llegada, los comisionados son recibidos en audiencia pública por la Junta de
Gobierno, a la que entregan sus credenciales. De inmediato comienza la
negociación, interviniendo en ella todos los miembros del gobierno paraguayo
y los dos plenipotenciarios de Buenos Aires. Pero Belgrano y Francia son los
voceros que sostienen la discusión. La
negociación prosigue durante varios días sin resultado, y en determinado
momento se estanca. Belgrano y Echevarría visitan en sus casas a los miembros
de la Junta paraguaya, empeñándose en concertar un tratado. Tras
nuevas y laboriosas conversaciones, se llega por fin a un acuerdo, el 12 de
Octubre, y ese mismo, día es firmado el documento por ambas partes. El
artículo primero de la convención establece que el tabaco existente en el
Paraguay se venda en su beneficio. El segundo, que el peso de sisa y arbitrio
que se pagaba en Buenos Aires sobre cada tercio de yerba, se cobrará en
adelante en Asunción. El
artículo quinto concreta el acuerdo alcanzado por el cambio de notas del 20
de Julio. Se reconoce la independencia del Paraguay, es decir su no
subordinación a Buenos Aires, y se aceptan por completo las proposiciones del
Congreso del 17 de Junio. El
firme propósito de las partes es fijar las bases de una federación, que ya
está en potencia en el tratado. Se habla de federación y alianza
indisoluble, y se hace mención en varios artículos al Congreso General. Pero
mientras un pacto federal no ate al Paraguay, éste queda dueño de su
destino. Hasta tanto se acuerde la federación, queda establecida una alianza, comprometiéndose las partes a “conservar y cultivar una sincera, sólida y perpetua amistad, auxiliarse mutua y eficazmente con todo género de auxilios y aniquilar cualquier enemigo que intente oponerse a los progresos de la justa causa y común libertad”.
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