 Había abandonado sus prósperos
negocios por la defensa del país, e inclusive su sólida fortuna desapareció
consumida por las necesidades del servicio militar. En la década de 1820, con
penosos problemas económicos, se ve obligado a reclamar durante varios años, sin
mayor éxito, los numerosos sueldos que le debía el Estado. Francisco Antonio
Ortiz de Ocampo era hijo de Andrés Nicolás de Ocampo y María Aurelia Villafañe
Bávila. Nacido en la Rioja el 4 de Mayo de 1771 - provincia en la cual tendría
más tarde destacada actuación -, se incorporó al ejército con motivo de las
invasiones inglesas, en carácter de Capitán del cuerpo de Arribeños. Su
actuación en las jornadas de la Reconquista y la Defensa le valió el ascenso a
Teniente Coronel. En las filas encontró su vocación, y fue entonces que decidió
abandonar las actividades mercantiles, en las que había conquistado general
aprecio.
En Mayo de 1810, y con el grado de Coronel, dirigió el primer ejército criollo
como jefe de la expedición al Alta Perú. Los episodios de la represión cordobesa
- más concretamente, su negativa de fusilar a Santiago de Liniers - motiva la
decisión oficial de relevarlo del mando de aquel ejército.
Sin embargo, no abandonó la actuación pública. Fue Gobernador interino de
Córdoba y, poco más tarde, trasladado a Buenos Aires, fue incorporado al
regimiento de Patricios. Actuó en la revolución del 8 de Octubre de 1812, y al
año siguiente integró, en compañía del Coronel José de San Martín, la comisión
redactora de los reglamentos para el Ejército. Hasta los desastres de Vilcapugio
y Ayohúma fue Presidente de Charcas, y en 1814 volvió a ocupar la gobernación
interina de Córdoba, cargo que se vio obligado a abandonar ante la invasión del
caudillo oriental José Gervasio de Artigas. Como Coronel Mayor - grado que
alcanzó en 1815 -, Ortiz de Ocampo estuvo en Mendoza bajo las órdenes de San
Martín, quien por entonces organizaba su Ejército de los Andes. Ese mismo año se
hizo cargo de la gobernación mendocina, por enfermedad del Libertador, y meses
después se retiraba del servicio activo, aunque quedó agregado a la plaza de
Córdoba, de donde pasó en 1816 a la de San Juan.
Retirarse del servicio activo no significaba, necesariamente, abandonar por
completo su actividad. Es así como a fines de 1818 asumió la gobernación de su
provincia natal, en 1819 comenzó el cuerpo cívico de Córdoba, y en Enero de 1820
depuso al gobernador Gregorio González, ocupando nuevamente el poder de la
Rioja. Se mantuvo en la gobernación hasta ser derrocado, a su vez, por el
caudillo Juan Facundo Quiroga, y entonces se trasladó a Buenos Aires, para
descansar y tratar de cobrar sueldos militares que se le adeudaban.
Retornó, sin embargo, a Córdoba. Cayó prisionero debido a la revolución de 1826
en la provincia mediterránea, pero la victoria de José María Paz, en Bustos
(1829), le permitió volver a ejercer el mando de un regimiento. En 1831, no
obstante, volvió a la calidad de prisionero, esta vez de Quiroga. Cuando salió
en libertad, decidió no intervenir más en la vida pública.
Sus últimos años los pasó en la hacienda de Anquinán, ubicada en el departamento
riojano de Chilecito, donde murió el 15 de Septiembre de 1840, ya septuagenario.
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