 He aquí la curiosa, vieja y
bellísima divisa que campeaba en el blasón heráldico de la familia de San
Martín. De estirpe de labradores y soldados, el padre del Libertador, don Juan
de San Martín, era un militar español, oriundo de la provincia de Palencia,
nacido en el pueblo de Cervatos de Cueza, en 1726, y enviado en 1765 a Buenos
Aires para unirse al ejército de la metrópoli. Ocurría esto durante el reinado
de Carlos III; la Colonia del Sacramento se hallaba, a la sazón, en poder de los
portugueses; al Virrey Vértiz tocó la misión de rescatarla para España y don
Juan de San Martín tomó parte activa y gloriosa en la empresa. Son, sin duda,
estos méritos los que proporcionan rápidos ascensos al pundonoroso militar. En
1767 es promovido al grado de Oficial Mayor (hoy diríamos Comandante); en el año
1770 contrae matrimonio con dolía Gregoria Matorras del Ser, oriunda de Paredes
de Navas, en Castillo la Vieja; en 1775 pasa a desempeñar el cargo de Gobernador
del Departamento de Yapeyú (territorio de Misiones) en la orilla derecha del río
Uruguay. Allí nace, de este matrimonio, José de San Martín, el futuro héroe de
la Independencia americana. Es el quinto hijo de Gregoria Matorras y Juan de San
Martín.
En un hogar cristiano, en una comarca por entonces tranquila, en una naturaleza
exuberante, con la desbordante magnificencia de las selvas tropicales, que
cruza, en aquel lugar, la majestuosa corriente del Uruguay, transcurre la
primera infancia de José de San Martín. Una infancia, si intensa en sensaciones,
en profunda comunicación con el paisaje y la tierra en torno, en cambio
extremadamente breve. Aprende las primeras letras en Buenos Aires; y cuando
cuenta seis años de edad sus padres regresan a España, llevándolo con ellos. En
su calidad de hidalgo, no tarda en ingresar en el Real Seminario de Nobles, de
Madrid. Ha cumplido apenas once años (1789) cuando se incorpora como cadete en
el regimiento de Murcia e inicia su carrera militar.
El mundo que ahora le rodea es muy distinto de aquel en que abriera los ojos y
transcurrieran sus primeros años: otra vida, otras gentes, incluso otros
acentos. Sus biógrafos más agudos y autorizados no dudan, sin embargo, de la
semilla de americanismo que fructifica en el corazón de José de San Martín desde
su más temprana edad. "El no había hecho sino nacer en el suelo de América -
dice Vicuña Mackenna -, pero su organización moral, semejante a esas robustas
semillas que no se desvirtúan bajo ningún clima, llevaba en sus entrarías el
germen del más ardiente y exaltado americanismo".
PRIMERAS CAMPAÑAS
Es, sin embargo, José de San Martín, en esta primera juventud, un oficial del
ejército español, y es al servicio de España como hace sus primeras armas y
recibe su bautismo de fuego. Los tiempos son turbulentos y agitados, y no le
faltan, ciertamente, al hombre arrojado ocasiones para hacer su aprendizaje del
arte de la guerra y demostrar con hechos su concepto del honor. Sólo cuenta el
cadete San Martín quince años cuando figura entre los defensores de Orán contra
un ataque de los moros. Poco después se distinguirá en la heroica defensa de
Colliure; tomará parte en la campaña contra Portugal, a título de ayudante de
órdenes del General Solano, y, en 1797, formará parte de la dotación de la
escuadra española en batalla con una potente fuerza naval inglesa. En el año
1804 San Martín es ascendido a Capitán y destinado a Cádiz. Allí fue,
indudablemente, donde tuvo ocasión de conocer y tratar a un grupo de jóvenes
americanos - especialmente a Bernardo O'Higgins -, cuyo contacto despertaría en
él, con mayor fuerza, aquel recuerdo nunca extinguido de la lejana patria de su
nacimiento; y esa chispa de amor por la cuna del otro lado de los mares; y esas
ansias de independencia, que los tiempos parecen (no se olvide que nos hallamos
al día siguiente de la Revolución francesa) tan propicios a avivar.
Más la hora es difícil, amenazadora también para la independencia española, y
San Martín cumple el deber que le dicta esa hora de España. La invasión
napoleónica es un hecho: no es difícil adivinar que el supuesto tránsito hacia
Portugal de las tropas francesas constituye de hecho una ocupación en regla; la
torpeza, las vacilaciones y disensiones de la familia real, de un lado, y la
ambición del Corso, de otro, han sentado ya en el trono de España a un rey
francés; tampoco hay que ser zahorí para augurar el levantamiento del pueblo,
que no se hace esperar. En efecto, en 2 de Mayo de 1808, la gesta de los
artilleros Daoíz y Velarde, en Madrid, es la señal del levantamiento de la
nación entera contra el invasor. Esta será la primera guerra de independencia en
que luche San Martín.
Y se lanza, desde un principio, a esta lucha contra el invasor con decidido
ardor de soldado y patriota.
Es paradójica, sin duda, al parecer, la actitud de José de San Martín en este
momento de su vida y de la Historia; contradictorio, en opinión de muchos, el
doble impulso que le lleva, de una parte, a sostener activa correspondencia con
quienes sueñan, al otro lado de los mares, con la libertad de las naciones
americanas, ansiosas por emanciparse de la Madre España, y, por otra parte, a
defender, con la espada en la mano, la independencia de esta misma España
materna contra el invasor. Y, sin embargo, ¿no es una la generosidad, uno el
impulso de libertad y de justicia patria que le mueve, tanto en el sueño de lo
lejano como en el heroísmo de lo inmediato ? Difícil destino el del hombre
honrado, sincero consigo mismo, que se encuentra, un día, frente a tal dilema,
en la encrucijada de tal dualidad.
En los primeros días del levantamiento del pueblo contra los franceses,
presencia José de San Martín uno de los más terribles episodios de la ira
popular desencadenada, de la que está incluso a punto de ser víctima. Ya se ha
dicho que San Martín es ayudante del General Solano, marqués del Socorro, a la
sazón Gobernador de Cádiz. Por su desdicha, el marqués se hizo sospechoso de
afrancesado y condenó el levantamiento; cuando las turbas quisieron asaltar el
Gobierno Militar, San Martín se puso, como era su deber, al frente de la
guardia, defendió la Comandancia y salvó, por el momento, la vida de su General.
Poco después, sin embargo, los amotinados capturaban al General Solano en una
casa contigua, donde se había refugiado, y no tardaron en arrastrar su
ensangrentado cadáver por las calles de la ciudad, como trofeo de victoria. Por
su parte, el Capitán Ayudante José de San Martín, a quien también buscaban los
sublevados, pudo salvar su vida gracias al teniente Coronel don Juan de la Cruz
Murgeon, que le ocultó y salvaguardó en tan peligrosas circunstancias.
Y, sin embargo, nadie, en esté terreno, menos sospechoso que el joven Capitán.
No en uno, sino en cien encuentros contra el francés, le hallamos peleando como
un león. A él se debe, principalmente, en 23 de Junio de 1808, la acción
afortunada de Arjonilla, con la derrota de la tropa napoleónica. En la gloriosa
batalla de Bailán pone a prueba su valentía y recibe una medalla de honor; en la
de Albuera (1811) es promovido al grado de Teniente Coronel de Caballería,
ascenso que se le otorga, por los méritos desplegados en la acción, sobre el
mismo campo de batalla. Poco después, libre España de invasores, es destinado al
regimiento de Dragones de Sagunto. Pero en este momento, la carrera del heroico
militar español San Martín se quiebra como tal. No es una deserción: es un
cambio de rumbo. O, mejor, una ciega obediencia al mandato del destino. "Su
papel de soldado de la libertad española ha concluido - dice R. M. Quintana
-; allá lejos le espera una misión histórica al servicio del país que le vio
nacer."
SAN MARTÍN EN AMERICA
A fines de ese mismo año de 1811 José de San Martín está en Londres. Ha quedado
tras de sí sus naves; se ha liberado de toda obligación con el ejército español
y con España. Va a convertirse en caudillo de lejanas y jóvenes naciones, en
Libertador de un continente; por el momento, sin embargo, es sólo un conspirador
oscuro en una ciudad extranjera. En Londres entra en relación con los
venezolanos Luis López Méndez y Andrés Bello, el mexicano Servando Teresa Mier,
los argentinos Carlos Alvear y Matías Zapiola. Estos le acompañan en su regreso
al país de su nacimiento: el 9 de Marzo de 1812 desembarcan juntos en la ciudad
de Buenos Aires.
La Revolución americana reconoce inmediatamente a San Martín su grado de
Teniente Coronel y le confía, para empezar, la misión de organizar un escuadrón
de caballería, el de los que luego han de ser famosos granaderos a caballo, los
que escribirán con sus hazañas la verdadera epopeya de la Independencia
americana, el cuerpo que recorrerá triunfalmente toda América, desde el Plata al
Chimborazo, el que dará más ilustres jefes al ejército argentino. Antes de que
esto llegue, la, misión de San Martín se extiende ya a la formación de un
verdadero ejército, organizado, disciplinado, armado. El primer verdadero
ejército de la libertad americana es, indiscutiblemente, obra de San Martín,
desde ese primer día. Lo que resulta tanto más maravilloso si se piensa que él
era, en su propia patria, un recién llegado, un perfecto desconocido, sin
parientes ni amigos. ¿Cuáles eran, entonces, sus credenciales para la espinosa y
difícil misión que se le confiaba ? Sin duda, las de sus propias virtudes, las
que le acompañaron toda la vida, como señala Ballesteros y Beretta.
"Era sobrio, metódico, paciente, sereno, lleno de calma y ecuanimidad -
explica este insigne historiador -. La austeridad, la nobleza de intenciones,
la pureza de los principios, el desinterés, la abnegación, y otras mil más
pequeñas cualidades completan la figura eminente de este caudillo de la
Revolución americana. Organizador por excelencia, no descuida los detalles,
siquiera los más pequeños; minucioso y precavido, fraguaba los proyectos
lentamente, preparaba los medios con tenacidad y sin desmayo, y preveía los
efectos a larga fecha" (Historia de España - Salvat Editores).
Todas estas cualidades de San Martín se ponen de manifiesto por vez primera en
el combate de San Lorenzo (3 de Febrero de 1813), trabado cerca del monasterio
de este nombre, situado en la orilla izquierda del Paraná. En ese lugar de San
Lorenzo reciben su bautismo de sangre y fuego los granaderos de San Martín. Es
la primera victoria del hijo de América en tierra americana. Nombrado Coronel
Mayor, en premio a ella, San Martín es destinado al mando del ejército del Alto
Perú. Es una tarea titánica; el país es vastísimo; el ejército todavía pequeño e
inconexo, aún no bien disciplinado; las comunicaciones difíciles, cuando no
imposibles. Ante la evidencia de que la ruta del Alto Perú es impracticable, San
Martín concibe la osada idea de atravesar la Cordillera de los Andes, libertar
ci Chile e invadir el Perú por vía marítima. No se trata ya de emancipar a una
sola nación, sino a todas sus hermanas; literalmente, a un mundo.
Es preciso adoptar tácticas nuevas, distintas y más vastas. San Martín escribe,
por aquellos días, a un amigo suyo, Nicolás Rodríguez Peña: "La patria no
hará camino por este lado del Norte, como no sea en una guerra puramente
defensiva. Ya le he dicho a usted mi secreto. Un ejército pequeño y bien
disciplinado en Mendoza para pasar a Chile y acabar allí con los godos, apoyando
un gobierno de amigos sólidos para acabar con la anarquía que en todo el país
reina. Aliando las fuerzas pasaremos por el mar a tomar Lima. Ese es el camino y
no este que ahora se sigue, mi amigo. Convénzase usted de que, hasta que no
estemos sobre Lima, la guerra no acabará". (Tucumán, 12 de Abril de 1814).
Estas palabras habían de ser proféticas. Nada, sin embargo, parece darles base.
La situación del país - de los países - es verdaderamente crítica. Nombrado
Gobernador intendente de la provincia de Cuyo (agosto de 1814), se instala San
Martín en Mendoza, donde empieza a reunir a los llaneros, al objeto de formar
ese ejército autóctono de liberación con el que sueña. Mejora la administración
civil de la provincia, se hace querer de cuantos le rodean; la gentes del llano,
al conjuro de su influencia, aportan a la causa de la libertad hombres, ganados
y tesoros. Mas ¿es posible que, ni aun con todo esto, llegue a realizarse esa
loca empresa de cruzar los Andes? Los políticos de Buenos Aires se asustan o
escandalizan ante la magnitud de la tarea. Pero cuando Alvear destituye a San
Martín de su cargo de Gobernador, el Cabildo y su pueblo se niegan resueltamente
a recibir al substituto y San Martín es confirmado en su cargo.
Hasta 1816 permanece en Mendoza, realizando una labor agotadora, minuciosa,
indescriptible. En el campamento del Plumerillo, bajo la hábil dirección de fray
Luis Beltrán, se funden cañones, fusiles, espadas. Los propietarios de la
provincia de Cuyo ceden sus esclavos a San Martín para que vayan a engrosar el
ejército expedicionario; los indios pehuenches prestan su colaboración al futuro
libertador. En algunas regiones de Chile aparecen partidas insurgentes. En la
tropa improvisada de San Martín, al lado del abogado marcha el pastor de ovejas.
EL PASO DE LOS ANDES
Esta abigarrada tropa alcanza, en Septiembre de 1816, los 2.000 hombres; a fines
de año se ha duplicado. Tiene por estandarte el azul y el blanco de la Virgen
del Carmen; al mando de San Martín, cuenta con aguerridos oficiales. ¿Para qué
aguardar más? San Martín tiene, de nuevo, la intuición de su destino, la
sensación de que la hora ha llegado al fin.
En el mes de Enero de 1817 se emprende la pasmosa aventura, y el ejército inicia
su marcha para atravesar la cordillera. San Martín lo ha divido en tres cuerpos,
que por diversas gargantas han de cruzar los Andes. Con precisión matemática se
realizan las sabias combinaciones estratégicas que darán por resultado la
liberación de Chile. ¿Qué importan los rigores de la temperatura invernal en
aquellas profundísimas gargantas, qué la fatiga, la enfermedad ni el hambre? Las
tres columnas avanzan, día y noche, hacia su osado objetivo; no faltan
escaramuzas en la ruta, pero la táctica despegada por San Martín en el famoso
"paso" será elogiada por todas las escuelas militares del mundo y su figura será
siempre evocada.
El más grave tropiezo lo encuentran los expedicionarios a mediados de Febrero en
la cuesta de Chacabuco. En el camino de Aconcagua cierran el paso al ejército de
San Martín unos 2.000 realistas al mando del Brigadier Maroto. Mas San Martín
conoce a tiempo la posición del enemigo y planea, con precisión certera, un
ataque simultáneo de flanco y de frente. Entablado el combate el 12 de Febrero,
los realistas se mantienen firmes, resistiendo con entereza los embates de las
tropas libertadoras. El valor derrochado por uno y otro adversario prolonga la
lucha, mas, finalmente, el citado ataque de flanco obliga a los realistas a
ceder el campo.
Maroto retrocede hasta Santiago; los restos de su ejército capitulan en la
hacienda de Chacabuco. Las tropas expedicionarias continúan su marcha victoriosa
hacia la capital y, como final del parte que ponía feliz remate a tan señalada
jornada, escribe San Martín las siguientes memorables palabras:
"Al ejército de los Andes queda para siempre la gloria de decir: en veinticuatro
días hemos hecho la campaña, pasamos las cordilleras mas elevadas del Globo y
dimos la libertad a Chile."
Llegado el ejército vencedor a la capital, el cabildo abierto de Santiago
proclama Dictador Supremo del territorio al General San Martín. Pero él no
acepta.
RENUNCIACIONES
Toda la existencia de José de San Martín es un constante tira y afloja entre el
impulso y el renunciamiento. Donde el peligro, la dificultad, la necesidad le
impulsan a avanzar, a vencer, el objetivo conseguido, la victoria alcanzada, el
provecho próximo y la gloria al alcance de la mano le dejan frío, indiferente y
le inclinan a renunciar olímpicamente. La renunciación parece el lujo supremo de
este espíritu selecto, siempre tan rico en el dar como parco en el pedir. Por
otra parte, su existencia se ciñe a la sencillez más absoluta y austera. He aquí
cómo, punto por punto, la describe uno de sus biógrafos más notables.
"Se levanta de madrugada a trabajar hasta el mediodía - dice -; almuerza de
pie y su ración consiste en puchero, postres caseros, dos copas de vino y una
taza de café; fuma un cigarro negro, al que es muy aficionado; duerme una breve
siesta bajo el corredor de su casa, sobre cuero crudo, porque es muy fresco; se
levanta después para seguir trabajando hasta la noche, en que su cena es frugal.
Durante la jornada conversa y escribe; revisa hombres y animales; inquiere
armas, provisiones y utensilios en el campamento; sale, a veces, por el campo a
conocer la tierra y las gentes. En la velada familiar juega una partida de
ajedrez y a las diez de la noche se retira a dormir."
Este cuadro coincide muy bien con la conocida y bellísima semblanza trazada por
José Martí, cuando dice:
"San Martín, grande y sereno, alto y de tez obscura; de soberanos,
penetrantes ojos; de selvoso y negrísimo cabello; la nariz prominente y
aguileña; los labios finos, llenos siempre de enérgicas y vívidas palabras; y en
su levita azul con charreteras y pantalones de galón de oro, militar imperante,
austero y culto, de tan visibles dotes, que con oírle hablar aparecía su
superioridad considerable entre, sus contemporáneos, y tan tierno y profundo en
sus afectos, que, de ver tan grande hombre, se consolaban los demás de serlo."
Y, sobre todo, cuando añade: "Triunfó sin obstáculo, por el imperio de lo
real aquel hombre que se hacía el desayuno por sus propias manos, se sentaba al
lado del trabajador, veía porque herrasen la mula con piedad, daba audiencia a
las muchas gentes que a verle venían en la cocina - entre puchero y el
cigarro negro -, dormía al aire, en un cuero tendido."
Uno de sus renunciamientos lo detalla Carlos R. Centurión:
"En 1812, como jefe del Regimiento de Granaderos a caballo, renunció a la
mitad de su escaso emolumento a favor del Estado. Es el principio de una cadena
de honor que hoy es orgullo del ejército argentino. En los comienzos de 1815, el
Directorio lo designó General de brigada, en despacho firmado por Alvear. El
agraciado declinó el ascenso, expresando en una carta famosa: jamás aceptaré
nuevos ascensos. Vencida España, haré dejación de mi empleo para retirarme a
pasar mis enfermos días en la soledad".
"En 1816 - continúa la enumeración - renunció a la mitad de su sueldo
como Gobernador de Mendoza. En la misma época se negó a aceptar la donación de
doscientas cincuenta cuadras que el Cabildo de aquella ciudad hiciera a su hija
Mercedes, sugiriendo que se reservasen dichos terrenos para premiar a los
oficiales del Ejército de los Andes que se distinguiesen al servicio de la
patria."."En 1817, después de Chacabuco, San Martín fue elegido para ejercer el
gobierno de Chile. Fiel a su norma, declinó el honor. Fue electo, en
consecuencia, el General Bernardo O'Higgins como director de su patria."
"En días posteriores a aquella victoria, el Libertador resolvió emprender un
viaje a Buenos Aires. El Cabildo de Santiago, al ser informado, votó la suma de
diez mil pesos para obsequiarle como viático. El premiado rehusó el obsequio y
"destinó el dinero para la creación de una biblioteca pública que perpetúa la
memoria de la Municipalidad". "La ilustración y el fomento de las letras
- dijo entonces - es la llave maestra que abre las puertas de la abundancia y
hace felices a los pueblos." "El Gobierno de Buenos Aires, con motivo de recibir
el parte y los trofeos de Chacabuco, comunicó a San Martín su ascenso a
Brigadier General. El héroe declinó nuevamente el honor. El Cabildo de Santiago,
atento a que el Libertador había rechazado la suma a que ya hicimos referencia,
insistió en su propósito y le donó una chacra en la vecindad aledaña de aquella
ciudad. Y esta vez aceptó el obsequio, más para que se destinase una parte de
sus productos al hospital de mujeres y otra a costear un vacunador para combatir
la viruela. Por dos veces, además, hizo renuncia al cargo de comandante en jefe
del Ejército de los Andes, antes de la campaña del Perú, y, conquistarla la
independencia de este país, en Agosto de 1821 prometió hacer lugar al gobierno
que los pueblos del Perú tuviesen a bien elegir, cuya forma y modo determinarán
los representantes de la nación peruana, promesa que cumplió un año después."
Después de Chacabuco, no es, pues, San Martín quien queda al frente de los
destinos de Chile, sino su amigo y compañero de armas, el chileno O'Higgins. El
será quien firme el Acta de declaración de la Independencia chilena (2 de
Febrero de 1818) y la lea solemnemente ante las tropas. Pero la resistencia del
ejército realista es, en Chile, más obstinada que en parte alguna. Y el anhelo
de libertad de los "Independientes" no se detiene ante ninguna posible frontera:
les es preciso ir siempre más allá, más allá. La misión de San Martín no ha
terminado con el paso de los Andes: ahora es nombrado Generalísimo del que se
denomina "Ejército Unido de los Andes y de Chile", y, aunque se encuentre
enfermo y algo cansado, su estrella no le permite reposar.
El 19 de Marzo de 1818, hallándose acampados los "soldados de la libertad" en la
llanura de Cancha Rayada, caen sobre ellos, de noche y por sorpresa, cuatro mil
realistas al mando del intrépido Ordóñez. La derrota es inevitable y el
descalabro de las tropas de América muy serio. O'Higgins queda herido y San
Martín realiza esfuerzos sobrehumanos para reunir a los dispersos y continuar
adelante. Aún no está todo perdido; aún puede reorganizarse el "Ejército Unido"
con unos cinco mil valientes. La única consigna posible es avanzar siempre,
avanzar.
DE LA BATALLA DE MAIPÚ A LA ENTREVISTA DE GUAYAQUIL
"El sol que comienza a asomar en la cordillera va a ser testigo de nuestra
victoria."
Son palabras de San Martín, al romper el alba del día 5 de Abril de 1818, en la
árida y desierta llanura de Maipú.
En ese lugar y en ese día se juegan, en efecto, los destinos del movimiento
liberador. Se ha considerado, no sólo histórica, sino también científicamente,
ésta de Maipú la primera gran batalla americana. "Por las marchas estratégicas
que la precedieron - ha dicho un ilustre técnico en la materia -, como por las
hábiles maniobras tácticas sobre el campo de batalla, así como por la acertada
combinación y empleo oportuno de las armas, es militarmente un modelo notable."
De una y de otra parte, así por los realistas españoles al mando de Ordóñez y de
Morla, como por los soldados de la Independencia conducidos por San Martín y por
O'Higgins, se derrocharon en los llanos de Maipú ardimiento y heroísmo. El ocaso
vio, en efecto, la victoria del "Ejército Unido", que afianzaba así la
independencia de Chile. Consecuencia inmediata de la batalla de Maipú sería la
de Boyacá; más tarde sólo podrá, en trascendencia, equiparársele la de Ayacucho,
que dará fin a la emancipación de la América que un día fue española.
La independencia de Chile, sin embargo, no basta. América es una, esta América
que se cree mayor de edad y ansía emanciparse. Hay que llevar el aliento de la
independencia, la buena nueva de la libertad, siempre más allá, más allá. "Hasta
que no estemos sobre Lima, la guerra no acabará" - había dicho San Martín-. Es
preciso, indispensable, pues, pasar al Perú. La empresa es larga, penosa, y está
erizada de peligros y dificultades. Se necesita, para acometerla, nada menos que
una escuadra, y los expedicionarios apenas si cuentan con una fragata mercante
inglesa, adquirida con esfuerzo merced al tesoro naciente, y un bergantín
español apresado a los hispanos en Valparaíso.
En este mismo puerto, sin embargo, llega a embarcar un día el ejército de San
Martín (20 de Agosto de 1820) rumbo a las costas del Perú. Desembarcado en las
playas de Pisco, una división se interna por las sierras, levanta a las
poblaciones, que en su mayoría van uniéndose a la causa de la independencia
americana, y, al mismo tiempo que el cuartel General se instala en Huaura, un
hábil trabajo de zapa por parte de los invasores va minando incluso las propias
filas realistas. ¿A qué seguir? Lima, la Ciudad de los Reyes, está seriamente
amenazada un año después; las insurrecciones de los limeños contra el Virrey se
suceden un día y otro día; en el verano de 1821 se inician, por parte de España,
negociaciones para pacificar el Perú, y en la hacienda de Punchauca se
entrevistan San Martín, el caudillo argentino, y La Serna, el Virrey español.
San Martín abraza al Virrey, su contrincante, con estas nobles palabras: "Mis
deseos están cumplidos, General, pues uno y otro podemos hacer la felicidad de
este pueblo." En apoyo de estas palabras, mientras se cumplía como condición
indispensable la independencia del Perú, unida a la de sus hermanas de América,
San Martín no regatea soluciones. Propone, entre otras, y en honor de La Serna y
de España, la formación de una regencia de tres miembros presidida por el virrey
y el envío a España de dos representantes que gestionarán el establecimiento de
una monarquía constitucional en el Perú. Pero el tiempo se pierde en inacabables
dilaciones, la aceptación no llega, y los contendientes toman de nuevo las
armas. El Virrey se ve obligado ci abandonar Lima el 6 de Junio de 1827,
confiando a la hidalguía de San Martín más de mil enfermos que quedaban en la
capital.
GUAYAQUIL
Es en este momento de su historia y de la Historia cuando el destino de San
Martín se cruza con el de Bolívar.
Bolívar entró en la ciudad de Guayaquil el 11 de Julio de 1822. La victoria de
Pichincha, lograda por sus huestes, le abría las puertas de la ciudad; el
Cabildo y la Asamblea, por libertador le reconocen y proclaman. Pocos días
después, el 25 de Julio, arriba San Martín al puerto de Guayaquil en la fragata
Macedonia. No sólo su aportación a la causa de la independencia americana ha
sido portentosa, sino que sus contingentes de soldados han engrosado, con
frecuencia, las fuerzas de Bolívar, y algunos jefes ilustres que operan en
Venezuela y Colombia (así el Coronel Lavalle, el General Santa Cruz y otros)
proceden de las filas de San Martín. Mas la política, los partidismos e intrigas
envenenan el ambiente, y el país fluctúa entre sanmartinistas y bolivaristas.
He aquí algo de lo que jamás se haría responsable José de San Martín. Es algo en
lo que todos los historiadores y biógrafos están de perfecto acuerdo. El mismo,
muchos años después, en 1848, y en carta al General Ramón Castilla, presidente
del Perú, así decía, como en un testamento autobiográfico: "En el período de
diez años de mi carrera pública, en diferentes mandos y Estados, la política que
me propuse seguir fue invariable sólo en dos puntos, a saber: Primero, de no
mezclarme en absoluto en los partidos que alternativamente dominaron en aquella
época en Buenos Aires, a lo que contribuyó mi ausencia en aquella capital por el
espacio de nueve años. El segundo punto fue el de mirar cc todos los Estados
americanos, en que las fuerzas de mi mando penetraron, como Estados hermanos,
interesados todos en un santo y mismo fin. Consecuencia de este justísimo
principio, mi primer paso era hacer declarar su independencia y crearle una
fuerza militar propia que la asegurarse." (José Pacífico Otero: "La ideología de
San Martín", 1934).
Al embarcar en Valparaíso para libertar al Perú, proclamaba: "El General San
Martín jamás derramará la sangre de sus compatriotas y sólo desenvainará la
espada contra los enemigos de la independencia Sudamericana."
No derramar la sangre de sus compatriotas. He aquí algo que importa puntualizar
en la famosa entrevista con el gran Bolívar. En ella, desde luego, Bolívar le ha
recibido cordialmente, pero no ha dejado de apresurarse a señalar que Guayaquil
se halla en suelo de Colombia. Bolívar es ambicioso; San Martín no lo es.
Bolívar quiere ser único y absoluto; San Martín lo quiere todo para América y
nada para sí. No hay que decir que la suerte está echada.
La entrevista duró, sin embargo, más de dos horas y media. ¿Qué ocurrió en ella?
Todos los historiadores de América han tratado largamente de este hecho; he aquí
cómo se refiere a él Sarmiento, que se lo oyó contar al propio caudillo
argentino:
"San Martín creyó haber encontrado la solución de sus dificultades - dice
- y como si contestase al pensamiento íntimo del Libertador, le dijo "Pues
bien, General; yo combatiré bajo vuestras órdenes. No hay rivales para mí cuando
se trata de la independencia americana. Estad seguro, General, venid al Perú;
contad con mi sincera cooperación; seré vuestro segundo."
"Mas Bolívar - añade un comentarista - pareció vacilar un momento, y,
en seguida, como si su pensamiento hubiera sido traicionado, se encerró en el
círculo de imposibilidades constitucionales que levantaba en tomo de su persona,
y se excusó de no poder aceptar tan generoso ofrecimiento. La hora mala, la hora
obscura, la hora aciaga de San Martín había sonado. No seria el, ciertamente,
menos grande en la sombra de lo que había sido a la radiante luz."
"Bolívar y yo no cabemos en el Perú - escribe él mismo a un amigo
íntimo-. He comprendido su disgusto por la gloria que pudiera caberme en la
terminación de la campaña. El no excusaría medios para entrar en el Perú, y tal
vez no pudiese yo evitar un conflicto. Que entre, pues, Bolívar en el Perú; y si
asegura lo que hemos ganado, me dará por muy satisfecho, porque, de cualquier
modo, triunfará América."
LA SENDA OSCURA
La estrella de San Martín, al parecer, ha declinado. El 20 de Septiembre de 1822
rinde su mando ante el Congreso Constituyente Peruano. Atraviesa Chile en la
mayor penuria y seriamente enfermo. Pasa a Mendoza, donde reside unos meses y
donde recibe las más tristes noticias de toda su existencia. Su amigo O'Higgins
ha sido arrojado de Chile; Bolívar se ha constituido Dictador: en el Perú,
desgarrado por la guerra civil; en Buenos Aires se le llama cobarde, y su joven
esposa, doña Remedios de Escalada de San Martín, acaba de morir (Agosto de
1823). Sin vacilar ni un día, San Martín va a buscar a su hija y con ella
embarca rumbo a Europa.
No puede volver a España; pasa a Bélgica y luego a Francia. Su salud es
precaria; su situación económica, todavía más. Un hombre sin patria; un soldado
de fortuna. sin contrata. (No obstante, jamás en todo el transcurso de su
existencia fue tan grande como en esos años de su oscuridad y su dolor.)
Todavía, sin embargo, encuentra en su soledad un verdadero amigo: don Alejandro
Aguado, marqués de las Marismas (1785-1842), militar, industrial y banquero, que
en su primera juventud fue compañero de San Martín en las campañas contra las
tropas de Napoleón. Aguado se muestra generoso con su amigo y le regala una
quinta en la aldea de Grand-Bourg, a orillas del Sena. Transcurren allí, en la
oscuridad, los últimos años de su vida. Es una total noche obscura. Su muerte,
también obscura y recatada, no ocurre allí sin embargo, sino en Boulogne-Sur Mer,
el día 17 de Agosto del año 1850.
Por el momento su muerte pasa inadvertida. Poco a poco, no obstante, la luz
empieza a hacerse en tomo a la memoria del hombre de los Andes y de Maipú, del
caudillo de la independencia americana. Su patria le hace justicia y su
bibliografía crece sin cesar, formando verdaderas montañas de papel manuscrito o
impreso, en que se estudian, no sólo sus hechos, sino también las cualidades de
su carácter. He aquí cómo le ve el gran historiador americano Bartolomé Mitre en
su obra titulada Historia de la Independencia Sudamericana:
"El carácter de San Martín - dice - es uno de aquellos que se imponen a la
Historia. Su acción se prolonga en el tiempo y su influencia se transmite a la
posteridad como hombre de acción consecuente. El germen de una idea por él
incubada se deposita en su alma y es el campeón de esa idea. Como General de la
hegemonía argentina primero, y de la chileno-argentina después, es el heraldo de
los principios fundamentales que han dado su constitución internacional a
América, cohesión a sus partes componentes y equilibrio a sus Estados
independientes. Fiel a la máxima que reguló su vida, fue lo que debía ser, y,
antes que ser lo que no debía, prefirió no ser nada. Por eso vivió en la
inmortalidad."
Nosotros preferimos, sin embargo, a cuantas páginas se hayan escrito sobre el
Libertador argentino, esa tan breve y tan sencilla en que el poeta Martí resume
de este modo toda su existencia:
"Un día, cuando saltaban las piedras en España al paso de los franceses,
Napoleón clavó los ojos en un oficial, seco y tostado, que vestía uniforme
blanco y azul; se fue sobre él, y le leyó en el botón de la casaca el nombre del
cuerpo: "¡Murcia!" Era el niño pobre de la aldea jesuita de Yapeyú, criado al
aire entre indios y mestizos, que después de veintidós años de guerra española
empuñó en Buenos Aires la insurrección desmigajada, trabó por juramento a los
criollos arremetedores, aventó en San Lorenzo la escuadrilla real, montó en Cuyo
el ejército libertador, pasó los Andes para amanecer en Chacabuco; de Chile,
libre a su espada, fue a Maipú a redimir el Perú; se alzó protector en Lima, con
uniformes de palmas de oro; salió, vencido por sí mismo, al paso de Bolívar
avasallador; retrocedió; abdicó; cedió a Simón Bolívar toda su gloria; pasó solo
por Buenos Aires; se fue a Europa, triste; murió en Francia, con su hija
Mercedes de la mano, en una casita llena de flores y de luz. Escribió su
testamento en una cuartilla de papel, como si fuera el parte de una batalla; le
habían regalado el estandarte que el conquistador Pizarro trajera a América hace
cuatro siglos, y él le regaló el estandarte, en su testamento, al Perú."
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