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INTRODUCCION
19
de Agosto de 1810. Aquella mañana, las autoridades de Córdoba y el pueblo
demostrarán al nuevo gobernador venido de Buenos Aires, Juan Martín de
Pueyrredón, su adhesión a la causa de Mayo: se va a celebrar el solemne tedéum
en la Catedral, con asistencia del gobierno en pleno. Hay un clima de auténtico
júbilo en el aire, en las quietas calles cordobesas, que se prolonga hasta el
anterior del templo, cubierto con sus mejores galas. Se destaca el púlpito
severo, con su artesanía colonial, y las colgaduras de terciopelo carmesí
con flecos de oro, obsequio del obispo Moscoso. Al
concluir el oficio, Pueyrredón abre el desfile, con el provisor a su derecha
y Francisco Antonio Ortiz de Ocampo a su
izquierda, los miembros del Cabildo y la oficialidad detrás, encaminándose
hacia el Ayuntamiento, donde ofrece una recepción las autoridades. Es
una forma diplomática de ganarse la simpatía cordobesa. Pueyrredón tiene
que enfrentar agudos problemas en la provincia mediterránea. El principal de
ellos, abatir la reacción española (la que pocos días más tarde probará
no estar muerta), pacificando los espíritus y limando asperezas. Desde
Buenos Aires, la Junta envía constantes oficios a Pueyrredón, ordenándole
desarrollar urgentemente una eficaz labor administrativa, compatible con el
progreso de la causa revolucionaria. Prolijamente, el gobernante anota, como
recordatorio, las cuestiones fundamentales. que deberá resolver: 1)
Apoyo a la Expedición Auxiliadora. 2)
Reorganización de las finanzas de la Intendencia. 3)
Normalización de los vínculos con el clero. La
pluma de Pueyrredón se detiene y vuelve hacia arriba, subrayando con energía
el segundo objetivo. Reorganizar las finanzas constituye un problema urgente,
pero engorroso y difícil, porque afecta intereses y sentimientos. El intento
contrarrevolucionario de Santiago de Liniers y Juan
Gutiérrez de la Concha ha provocado un déficit en el erario, exactamente de
77.848 pesos y 3,3/8 reales, según la precisa contabilidad de los expertos.
El gobierno debe entonces recuperar la suma embargando los bienes de los
arrestados, pero esta decisión perjudica a los parientes, creando situaciones
conflictivas. Por supuesto, la ocultación de bienes es un artilugio común,
viéndose obligado el gobierno a actuar férreamente. Ortiz
de Ocampo escribe por esos días a la Junta porteña, para tranquilizarla: “Se están practicando en la actualidad las diligencias del embargo de los bienes pertenecientes a los revolucionarios de esta ciudad, las que, concluidas, cuidaré de pasar a manos del Gobernador Intendente para que obre según las órdenes de V. E.". Ocampo
discute a menudo el problema con Pueyrredón, quien as! se desahoga de esas
diarias dificultades: - Todos los días me veo importunado por continuas reclamaciones de las viudas de los reos, que alegan el derecho de sus dotes, y de otros infinitos que se dicen acreedores a los bienes confiscados, y ofrecen justificar sus créditos. Ocampo
sonríe comprensivamente, y le alarga un oficio de la Junta, que acaba de
llegar. Todas las situaciones deberán solucionarse de acuerdo al derecho; es
la decisión del gobierno porteño. -De
acuerdo al derecho..., de acuerdo al derecho -se
exalta Pueyrredón-. Vea usted lo que ocurre con los cuatro huérfanos del
tesorero Joaquín Moreno... Están alimentados por la caridad pública. Es
cierto, en parte. Porque el mismo Pueyrredón se encarga de atender a la
subsistencia de los pequeños, súbitamente desamparados al ser ejecutado su
padre el 26 de Agosto. Poco después, sin embargo, la Junta confiere para
ellos una pensión de 300 pesos. También
el Deán Gregorio Funes - uno de los pocos clérigos de la provincia que ha
abrazado la causa patriota sin reservas- se ocupa de mitigar problemas
humanos. El mismo está educando, en el colegio cordobés, a José y Santiago
Liniers, hijos menores del ex virrey, que juntamente con un primo se vieron
afectados por la ejecución de Cabeza de Tigre. Al embargarse, los bienes del
caudillo de la Reconquista, Santiago y el primo deben ser retirados del
colegio, ya que los fondos no alcanzan para continuar los estudios. Funes pide
becas con el objeto de solucionar el pequeño drama. Encarar
estos problemas económicos y humanos no distrae la atención de Pueyrredón
de los asuntos políticos. En cumplimiento de instrucciones de la Junta de
Buenos Aires, convoca a elecciones para los primeros días de Septiembre a fin
de reemplazar a seis cabildantes exonerados por contrarrevolucionarios.
- La elección se hará sin dificultades. Ya verán como el pueblo responde a la Patria. Con
esta afirmación, Pueyrredón intenta desvirtuar los rumores sobre desórdenes
que circulan en la ciudad. Pero
los rumores responden a hechos concretos, a reuniones sigilosas que a altas
horas de la noche se celebran en ciertas casas de las afueras. A la una de la
madrugada del 28 de agosto, Pueyrredón hace detener al director del Hospital
Betlemítico, fray Felipe Baltasar de San Miguel. El gobernador traza los
planes con su secretario, Santiago Rivadavia, a 'quien le ordena: -Vaya usted con seis soldados y un ayudante y haga el mayor estruendo posible, de manera que toda la población se entere y abandone posibles ideas de conspiración. El
operativo tiene completo éxito, y días después los comicios pueden llevarse
a cabo con tranquilidad. Son electos Joaquín de Urtubey, José Esteban
Bustos, Narciso Moyano, Felipe Gómez, Juan C. de la Torre y Pascual B. Galán. Al
concluir la primera etapa de sus propósitos, Pueyrredón reorganiza los
mandos militares. Destituye a todos los oficiales complicados en el complot de
Liniers y de la, Concha, y los envía prisioneros a Buenos Aires. Entretanto,
también progresa el auxilio cordobés a la expedición porteña que marcha
rumbo al norte. A mediados de Septiembre, se reúnen casi 300 soldados,
convenientemente armados. Pero la leva produce alarma en muchos espíritus, y
las deserciones no tardan en cundir. Sesenta hombres prefieren huir antes que
enrolarse en el ejército. Desparramados por los campos, se ocultan en las
tropas de carretas, confundiéndose con los peones, lo que obliga al gobierno
a reclamar de los capataces una lista de toda la peonada. Con la ejecución de
otro desertor -Manuel Soria-, el problema va en vías de desaparecer. La situación económica es tan desesperante que el gobernador se ve obligado a pagar de su peculio el envío de los correos a Buenos Aires. As¡, de su sueldo de 3.000 pesos anuales, aparta en una ocasión 208 pesos para estos menesteres. Pero
el pueblo responde. Una oportuna contribución pública, permite que en
Septiembre se instale una fábrica de pólvora, cuya importancia para las
operaciones militares es obvia. Se designa director del establecimiento a José
de Arroyo, un técnico en minería llegado del Norte.
LA REVOLUCION SE ENDURECE
Mientras
tanto, en Buenos Aires se viven atentamente los sucesos del interior,
informados puntualmente por correos ordinarios y extraordinarios y vertidos al
día siguiente en la Gazeta. La
Revolución se endurece. La Junta decide romper relaciones con los realistas
de Montevideo, cuyo Comandante, Salazar, es acusado de haber despojado de las
insignias militares a los comandantes criollos que, además, son destituidos y
engrillados. Encorvado sobre el escritorio el escribiente se apresura en
trasladar al papel, débilmente iluminado por los candiles de la amplia
estancia capitular, los párrafos dictados por Moreno, el febril secretario de
la Junta: -Y
recordemos también
la ocupación militar de Maldonado y Colonia por las tropas de Salazar, con el fin de anular la adhesión de los Cabildos de esas dos localidades a la Junta, y aislarla
de ella. EL CAMINO DEL DESTIERRO Castelli
inicia, desde Buenos Aires, su larga travesía hacia el norte. Por ello, no le
toca asistir a otro episodio del drama porteño, cuando los miembros del
Cabildo - encabezados por el síndico y asesor de la Audiencia, doctor Julián
de Leiva - se complotan para desconocer a la Junta. Reunidos secretamente, los
cabildantes juran acatamiento al Consejo de Regencia. Sin
embargo, es un episodio que no pasa a mayores, debido a la rápida reacción
del gobierno. Los conspiradores son arrestados, y en la reunión urgente de la
Junta, convocada para tratar el problema, vuelve a perfilarse la división de
sus miembros, es decir, la escisión entre moderados y revolucionarios. Moreno
mantiene un áspero diálogo con el presidente Cornelio
Saavedra: -
Es necesario condenar
a muerte a Leiva y sus secuaces,
para escarmiento de los enemigos
de la Patria y nuestro sistema... -
La
propuesta excede los sentimientos de
lenidad que debe auspiciar el
gobierno... - Si se insiste en aplicar la pena de muerte, niego desde ya
el concurso de mis tropas para ejecutarla. Hay
un pesado silencio en la estancia. Los miembros de la Junta se miran entre si.
Todavía flota sobre ellos el recuerdo reciente de Cabeza de Tigre. ¿Qué
hacer? El acuerdo se concreta, no obstante. La pena de muerte es cambiada por
la de confinamiento y una multa de dos mil pesos a cada uno, y nueve
capitulares con Leiva emprenden el camino del destierro. El síndico es
condenado a permanecer seis años en Catamarca. La reacción realista es aplastada en Buenos Aires, aunque todavía se dan hechos aislados como el de un panadero español (González) que, en complicidad con un criollo (Viola), intenta envenenar el pan de la guarnición. LA LARGA MARCHA DE CASTELLI Castelli
se enterará más tarde de estos episodios. Entretanto, acompañado del médico
inglés Diego Paroissien y el secretario Nicolás Rodríguez Peña, prosigue
su viaje al norte. Lleva en sus faltriqueras un precioso documento firmado por
Moreno. Son las Instrucciones secretas, que
a lo largo de 18 puntos resumen claramente su misión: sus disposiciones son
enérgicas, trasuntan la política implacable de la primera Junta. Por ellas, Castelli
debe entablar negociaciones secretas con José Manuel de Goyeneche, pero al
mismo tiempo, arcabucear a Nieto, Sanz, Goyeneche y el, obispo de La Paz, “en
cualquier lugar donde sean habidos”. Pocos
días después, estas instrucciones son ampliadas. Ahora, Castelli
puede destituir y suspender autoridades, imponer contribuciones “y en
caso necesario, hasta aplicar la pena de muerte”. En Córdoba, Castelli hace un alto para revivir sus viejos días del colegio de Montserrat. A la hora de la siesta se corre hasta el convento de San Francisco, y olvidando por instantes sus preocupaciones, abraza a los sacerdotes que habían sido sus maestros. Antiguos amigos, como Mariano Irigoyen, lo transportan a una época relativamente reciente. LA REVOLUCION EN EUROPA Mientras
tanto, la Junta dirige atentamente el desarrollo de su primera misión diplomática
a cargo del alférez de navío Matías Irigoyen, quien ha sido nombrado a
propuesta de Manuel Belgrano. El motivo oficial de la embajada es prestar
acatamiento a la Corona española, sin perjuicio de lograr que el gobierno
Inglés reconozca y dé su apoyo a las autoridades revolucionarias de Buenos
Aires.
Londres.
8 de Agosto de 1810. En el suntuoso salón de recepción del Foreign Office, el marqués Richard Colley Wellesley recibe cortésmente
a Irigoyen, quien le entrega los pliegos de la Junta de Buenos Aires. Pero el
gabinete Inglés preferiría no contestarlo. Su alianza con España le ata las
manos. Una noche, en cierto salón de la sociedad londinense, Irigoyen se encuentra con un joven de quien ha oído hablar bastante en los últimos días. El secretario del joven, Andrés Bello, hace las presentaciones: -Señor Irigoyen, le presentó a Simón Bolívar. -Mucho gusto, señor Bolívar. Sospecho que algo nos une. Los
une, en efecto, parecida misión. Simultáneamente con la decisión porteña,
el gobierno de Caracas resuelve enviar agentes a la capital británica,
encabezados por Bolívar, al que acompañan Bello y Lucio López Méndez. A la misión de Irigoyen sucede otra: la de Aguirre-Crompton, que tiene como principal objetivo conseguir armas para el ejército. El capitán José Agustín Aguirre no es en realidad más que el acompañante del comerciante inglés Thomas Crompton, quien acaba de proponer a la Junta porteña la Introducción de una importante partida de armas. Ambos se trasladan con premura a Londres, provistos de la correspondiente documentación, pero una vez más el marqués de Wellesley elude el compromiso, siempre presionado por el subsistente pacto con España. RUMBO AL NORTE Entretanto, Moreno sigue atentamente, desde su despacho en Buenos Aires, la marcha de las fuerzas del norte. Ordena que una fuerza expedicionaria de 500 hombres dirigida por Antonio González Balcarce se adelante desde Córdoba hasta Tupiza, mientras prosigue Juan José Castelli su travesía. Al abandonar Córdoba, el 4 de octubre, se dirige hacia Manogasta (apenas una posta antes de Santiago del Estero) y allí pasa la noche del día 8. Pero 24 horas después atraviesa Santiago del Estero, el 14 llega a Tucumán, el 19 pasa por Salta y el 27, en Jujuy, toma un breve descanso de horas para pasar la noche. Descanso extraño, de todas maneras. El infatigable delegado de la Junta aprovecha esos momentos para escribir a Buenos Aires, y mecha los fríos informes oficiales con cálidas impresiones humanas. COMIENZA LA GUERRA DE LA INDEPENDENCIA Mucho
más al norte, los realistas están seriamente preocupados. Al todavía fresco
desastre de Córdoba - donde el partido godo ha perdido fuertes puntales - se
añaden rumores sobre columnas criollas que avanzan a campo traviesa. El
gobernador-intendente de Chuquisaca, Vicente
Nieto, opta por acantonarse con
sus tropas en Potosí. Ha pedido auxilios al Virrey del Perú, Fernando de
Abascal, para el caso de un posible encuentro con los rebeldes de Buenos
Aires, pero el fiel vasallo de Fernando VII no puede cumplir este compromiso.
Acaba de estallar la revolución en Quito, y un chasqui llegado hace poco le
comunica a Nieto, por otra parte, que toda la provincia cochabambina se ha
alzado en armas.
La
posibilidad de un encuentro armado con los criollos ya no parece tan remota.
El ejército porteño ha venido engrosando sus efectivos. Desde la Capital,
Mariano Moreno difunde en la Gazeta los sucesos de Cochabamba, cuya
importancia él destaca con ardor: “el Alto Perú será libre, porque
Cochabamba quiere que lo sea”. El
jefe de la revolución cochabambina, Teniente Coronel Francisco del Rivero, es
nombrado por la Junta Gobernador-intendente de este territorio, encomendándosela
la fortificación de la plaza a la espera de las tropas porteñas. Así, las fuerzas realistas parecen prácticamente aprisionadas. Por el sur, las columnas de Balcarce intentan alcanzar su objetivo: aniquilar al enemigo. Nieto, entonces, decide replegarse y ordena a su lugarteniente, General José de Córdova y Rojas, apostarse defensivamente en las laderas de Santiago de Cotagaita.
Asoma
el sol del 27 de Octubre, cuando en el horizonte aparecen las tropas de Balcarce.
El general se detiene a poco más de mil metros y de un vistazo aprecia la
situación táctica que se le ofrece. Envía al teniente Coronel Santiago de
las Carreras para intimar rendición a Córdova, quien la rechaza airadamente.
Entonces, Balcarce se decide. Son
las diez de la mañana cuando la voz del jefe ordena cargar contra el enemigo,
en el bautismo de fuego de las armas patriotas. Los soldados se lanzan en
furioso tropel contra las artilladas defensas españolas, en una muestra de
coraje que sorprende a los mismos realistas.
Sin
embargo, los fogueados soldados de Córdova presentan también una tenaz
resistencia y, cuatro horas más tarde, mientras el fuego prosigue por sobre
sus cabezas, Balcarce convoca a una junta de guerra
para resolver el camino a tomar. Hay que renunciar al ataque, y Balcarce
ordena tocar la retirada. Pero
los soldados no parecen oír el clarín, y el jefe se ve obligado a repetir la
orden de retirada por segunda y tercera vez. Sólo entonces la columna
abandona su furia bélica, y se repliega ordenadamente. Días después, una
edición de la Gazeta se hace eco del singular episodio. Lo cierto es que, por razones tácticas o por la impresión que causa la actitud patriota, las fuerzas realistas pierden la ocasión de perseguir y destruir la columna de Balcarce. Córdova y el Gobernador Nieto se enredan en una discusión sobre el particular, y entretanto Balcarce cruza Tupiza, vadea el río Suipacha (conocido también como San Juan) y se detiene el 6 de Noviembre en Nazareno, una pequeña población marginal ubicada al sur del río. Hasta allí llega, en determinado momento, una columna de refuerzo que envía Castelli, integrada por 200 hombres y dos piezas de artillería. Vienen también otros aditamentos tentadores: víveres frescos y los sueldos puestos al día de toda la tropa, que con previsión y sentido psicológico Castelli se ha preocupado por reunir. LA VICTORIA INICIAL: SUIPACHA -¿Qué
es eso, centinela? La
mirada de Balcarce ha entrevisto cierto movimiento
al otro lado del río. Es la madrugada del 7 de Noviembre. El ejército de Córdova
ya ha llegado, pero durante toda la noche se ha mantenido en inmovilidad y
silencio.
El agitar advertido por Balcarce, una vez identificado, le hace sonreír. Es un pendón de andrajos y calaveras, símbolo del destino que los realistas prometen a los patriotas. El pendón es agitado a diestro y siniestro.
Balcarce
apela a otra estratagema. Envía a varios indios, convenientemente
aleccionados, para que, mezclados con el enemigo. propaguen versiones sobre
pugnas internas en las filas del ejército patriota y comentarios en torno de
la falta de armas, municiones y provisiones que padecen los soldados. Por su
parte, el general Córdova días antes ha emitido una vigorosa proclama donde
anuncia una política implacable con los adversarios, prometiendo al mismo
tiempo una benevolente actitud para quienes acaten al Supremo Consejo de
Regencia. A quienes se pasen a las filas realistas, Córdova les extiende el
anzuelo del dinero ("los sueldos
devengados y treinta pesos si trae el fusil y quince si viene sin él").
Tanto Córdova como Nieto creen firmemente en la victoria. Cuesta creer que
las tropas organizadas en tan breve lapso por el gobierno porteño puedan,
enfrentar con éxito a las aguerridas unidades de la Marina, del Fijo y de
Dragones, de que se compone el ejército español. |
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En
ese lugar el río una playa ancha y pedregosa, que a veces llega a tener una
amplitud de tres mil metros. En el verano, las aguas que descienden
tumultuosas desde las montañas andinas suelen cubrir el lecho. Hacia el norte
se encuentra la población de Suipacha o Tupiza, y al sur, como se ha dicho,
la de Nazareno, donde están los patriotas. Las
posiciones ganadas por los españoles toman parte de la playa y varias alturas
sobre el flanco izquierdo de las fuerzas de Balcarce. Todas las unidades de Córdova
están desplegadas en este sentido, mientras que el general porteño prefiere
ocultar sus hombres entre los cerros y quebradas de las vecindades, inclusive
gran parte de la infantería y prácticamente el total de la artillería. Durante
largo tiempo, ambas fuerzas permanecen expectantes, esperando cada una de
ellas que la otra lance el ataque. Balcarce inicia con habilidad, y adelanta sólo
200 soldados y dos cañones que vadean el río, aproximándose a los españoles,
para luego simular una huida precipitada.
El
General Córdova ha dispuesto el ataque con cuatro piezas de artillería y 800
hombres. Está
radiante de satisfacción. No le han engañado los informes de los indios. Es
evidente, a sus ojos, la dispersión de los criollos. Se lanza entonces en su
persecución, circunstancia que aprovecha Balcarce para hacer aparecer, de
pronto, el grueso de sus tropas. La lucha - iniciada en ambas márgenes del río Suipacha - se traslada entonces a las proximidades de la quebrada de Choroya. De sus recovecos salen en esos momentos centenares de soldados ansiosos. Córdova queda inmovilizado de asombro, mientras sus hombres, aunque empeñados en el combate, comienzan a dejarse ganar por el desaliento. A los pocos minutos, desorganizados y sin atender las instrucciones de sus jefes, los realistas se dispersan entre los cerros y senderos. El propio Córdova tiene que volver grupas y perderse en la retaguardia, mientras banderas, armas y municiones acrecientan un rico botín.
Ha
transcurrido exactamente media hora. Esta primera victoria argentina, acaba de
asegurar el Alto Perú. Pero Balcarce se preocupa
en esos momentos por realizar un balance más inmediato del encuentro. Sus
oficiales le dan cuenta de los datos principales -Señor general: hay 40 enemigos muertos y 150
prisioneros; dos banderas y cuatro cañones con dos mil cartuchos; tres
zurrones con dinero... LA EJECUCION 8
de noviembre. Desde su alojamiento en Yavi, Castelli
se entera del triunfo y a las dos de la madrugada escribe su parte a la Junta:
" ... obró la mosquetería y cargó la caballería, poniendo en fuga
vergonzosa al resto de los que no quedaron tendidos en los cerro”. Córdova
advierte que no tiene adónde huir. Envía entonces un oficio a Balcarce,
donde comienza por reconocer que la batalla del día anterior ha puesto en
manos de la Junta todas las provincias altoperuanas. “Capitulo bajo
garantía de la vida para los jefes, oficiales y soldados, que se alistarán
en las filas de ustedes”, propone el general realista al jefe criollo,
con la aclaración de que reconoce a la Junta de Buenos Aires y acata su
autoridad en tanto representa a Fernando VII. Pero Castelli no está dispuesto a la misericordia. Las instrucciones de su gobierno y su propia estrategia política se lo impiden. Una columna de 150 hombres, comandada por el Capitan Martín Guemes, se adelanta entonces a ocupar la provincia de Cinti. Mientras
la bandera española capturada inicia su camino a Buenos Aires bajo la
custodia del Capitán Roque
Tollo, la noticia del triunfo no tarda en difundirse. El día 9 llega a oídos
del Gobernador-intendente de Potosí, Francisco de Paula Sanz, quien trata de
llevarse los caudales de la ciudad (300 mil pesos en oro y plata), pero los
cochabambinos, también enterados del suceso de Suipacha, le cierran el paso.
Veinticuatro horas más tarde llega al Cabildo de Potosí un oficio de Castelli
que ordena el arresto de Paula Sanz, lo que se cumple de inmediato. No tardan
en unírsele Nieto y Córdova, que acaban de ser detenidos por las avanzadas
patriotas. Los tres quedan internados en la Casa de la Moneda Potosina,
mientras el conde de Casa Real y el
oidor Cañete logran huir. Castelli
y Balcarce llegan juntos a Potosí y son recibirlos
con júbilo popular y una escolta de honor destacada por el Cabildo de la
Villa Imperial. Ante todo, el representante de la Junta' exige un juramento de
fidelidad al gobierno provisional, lo que se cumple sin dificultades. Castelli
se ocupa en seguida de los aspectos políticos y administrativos de la
provincia ganada. Reorganiza los cuerpos militares, depura la administración
pública y entrega el gobierno al Ayuntamiento. Pero le resta todavía el
episodio que sellará aquel clima de terror auspiciado, desde Buenos Aires,
por Mariano Moreno, es decir, la suerte de los jefes españoles derrotados.
Aunque
el artículo 12 de las instrucciones a Castelli es
suficientemente explícito sobre este particular, el delegado de la Junta
prefiere ponerse en comunicación con Moreno. El
día 18, el gobierno revolucionario insiste secamente: “No quede
un solo europeo”.
En
esos días (noviembre 26) se acerca a la capital cordobesa, de paso hacia
Buenos Aires, el capitán Roque Tollo con la bandera española conquistada en
Suipacha y el parte de la victoria. Pueyrredón, enterado a las nueve de la mañana,
lo hace esperar en las afueras de la ciudad, trasladándose allí con la
oficialidad y los principales vecinos. Todos entran luego en Córdoba,
mientras a la salva de 21 cañonazos se unen las campanas echadas a vuelo, los
vítores del pueblo y las marchas militares. El 2 de Diciembre, la bandera y el parte arriban a Buenos Aires con iguales demostraciones de fervor popular. Pero en Perú está por clausurarse otra etapa, del drama. El 14, la Junta vuelve sobre el tema “que no quede en el Perú ningún europeo militar o paisano que haya tomado las armas contra la Capital". A las nueve de la noche, cuando la sentencia de muerte está ya firmada por Castelli, Eustaquio Díaz Vélez y Máximo Zamudío se apersonan a la Casa de la Moneda. La condena es leída a los jefes españoles, que la escuchan poniéndose previamente, y por su propia voluntad, devotamente de rodillas. Al salir del establecimiento, Díaz Vélez ordena la clausura del mismo para evitar disturbios si la noticia se propaga. Promedia
la mañana del 15 cuando los condenados son conducidos al centro de la plaza
de Potosí. Una multitud silenciosa y expectante da marco a la escena. Atentas
patrullas vigilan la plaza y las calles vecinas. Después de darse lectura
nuevamente a la sentencia, el mariscal Nieto grita serenamente: -Pido que se me quite la
venda de los ojos. Quiero saber bajo qué bandera voy a morir. Y al divisar el pabellón real, exclama exultante: -¡Es del Rey! muero
contento! |