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EL EJERCITO DE
BELGRANO EN LA REGION GUARANI
El ejército a las órdenes
de Manuel Belgrano dejó San Nicolás, y desde la costa entrerriana inició la
marcha hacía el Paraguay atravesando nuestra Mesopotamia.
Naturaleza,
paisaje, gentes y costumbres típicos fueron desplegándose como novedades
ante los ojos de los expedicionarios.
El
espíritu civilizador de Belgrano lo determinó a organizar el núcleo de
nuevos pueblos semejantes a otras aldeas atravesadas en la marcha. Mandisoví
y Curuzú-Cuatiá, se llamaron. Esos nombres simbolizan una realidad que para
ellos comenzaba a ser cotidiana: la vigencia del idioma guaraní en la población
y el aporte caudaloso de regionalismos en el castellano coloquial. No sólo
los términos y expresiones: hasta el
zapucay, un grito característico estridente, mezcla de entusiasta alarido
y de reto altanero y viril, llevaba en sus notas la cadencia guaraní.
El
conocimiento de la psicología de los paisanos significó sin duda una
experiencia distinta a la que recogieron los compatriotas que penetraban por
esos mismos días en el ámbito austero y ensimismado de la puna norteña. Aquí
todo parecía más expansivo y locuaz, más espontáneo y pronto para
manifestarse en la risa fácil, en la ira brusca, en el canto melodioso dado
al viento.
CAZA EN EL LITORAL
Las
propias necesidades del ejército facilitaron seguramente el contacto con
actividades en las que los gauchos del Litoral son maestros; así, la boleada
de cimarrones en campo abierto, modo apremiante. de reforzar la escasa
caballada, o la captura de gamas huidizas, ciervos de los pantanos, o
carpinchos, en las proximidades de los cursos de agua. También los soldados
presenciaron o participaron en la cacería que exige mayor destreza y coraje,
la del tigre, o yaguareté en idioma guaraní, que en esa zona solía
realizarse sin más instrumentos que el lazo y el cuchillo, o con la ayuda
ocasional de los perros, que hostigaban a la fiera hasta obligarla a trepar a
un árbol, donde era entonces más fácil darle muerte con armas de fuego. Los
que regresaron de la Mesopotamia trajeron como recuerdo de aquellas cacerías
la hermosa piel manchada del mayor felino de América (puede medir hasta 1,70
sin incluir la cola), que constituía la más preciada prenda del apero
criollo; se la usó para ornamentar los bordes de la carona que sobresalían
bajo el cojinillo, o directamente como carona. También trajeron cueros de
carpincho o capibara, el mayor roedor del mundo, que se
utilizan para cubrir el cojinillo, como sobrepuesto, en los aperos más
lujosos.
EN LAS ALDEAS DEL
CAMINO
En
las aldeas y sus alrededores y desde luego en la misma Corrientes, suscitaban
a la par curiosidad y admiración las recias estampas de gauchos morenos, con
larga y renegrida cabellera, de mujeres viejas que vendían su mercancía
mientras saboreaban sus infaltables cigarros, y también de mozas garridas
cubiertas con el blanco tipoy, vestido indígena, y que llevaban con
ritmo elegante la tinaja apoyada en la cadera o la cesta en equilibrio sobre
la cabeza graciosamente erguida.
En
los caminos y plazuelas se cruzaban con los lecheros a caballo, las mujeres
que ofertaban frutas y verduras, tentadoras desde sus árganas de lienzo, las
negras que pregonaban “¡Rica y
sabrosa mazamorra! ¡A cinco el
plato con miel de caña y bien morotí!",
es decir, tan blanca como la dentadura que la sonrisa prodigaba, a modo de
yapa de la oferta.
No
faltaba el mate, ni en los pobladores ni en las filas expedicionarias; pero en
éstas, pocos sabían que la mente de los nativos evocaba la mítica diosa de
la yerba, la Caá-Yarí, que juraban
se hallaba en los yerbales y celebraba pactos de amor y fidelidad con sus
elegidos. No eran simples relatos. Fueron y siguen siendo concepciones míticas
que el paisano no. diferencia claramente de la realidad.
Todos
confían en el payé, amuleto y
talismán que procura bienes y evita males; es también creencia que la pluma
del caburé, pequeña ave de la
familia de las lechuzas, trae buena suerte en el amor, y hasta puede tornar a
su poseedor inmune a las balas y a la muerte.
La
selva litoral y paraguaya está poblada también, en la imaginación de sus
pobladores, de poras, espíritus
sutiles de las cosas y también de seres míticos como el Pombero y el Yací Yateré, cuyos
sílbos y engañosos llamados habrán creído percibir, sin duda, los soldados
de Belgrano al adentrarse en los montes tropicales.
CRUZANDO
EL RIO
Frente
a Campichuelo, Belgrano decidió atravesar el Paraná y atacar a las fuerzas
paraguayas apostadas. Y para realizar el pasaje acudieron en su ayuda la
experiencia y la destreza de los paisanos hábiles en armar balsas amarradas
con isipós, la liana silvestre, y en acomodar los pertrechos en las
llamadas pelotas de cuero atadas a
la cola de caballos que cruzaban a nado el río, o arrastradas por hombres
intrépidos que sostenían entre los dientes el cordel que las ataba, mientras
nadaban hasta alcanzar la orilla. Pintan este cuadro cronistas del siglo
XVIII, como el jesuita Florian Paucke y el franciscano Pedro José de Parras.
Así se cumplió otra etapa de “impregnación folklórica”, que se inicia
con los viajes de los fundadores de Asunción, como lo destaca Roberto J. Payró
en páginas de El Capitán Vergara (vida
novelada de Irala) y que el regreso de los hombres de Belgrano desde el
Paraguay simboliza. Los soldados recogieron en su espíritu imágenes,
creencias, supersticiones, mitos, costumbres y canciones nostálgicas de ese
pueblo guaraní, que conserva con apasionado ahínco el tesoro de sus riquísimas
tradiciones.
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