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14
de Diciembre de 1806. En la rada de Río de Janeiro anclan 20 barcos ingleses.
Son naves que conducen al Río de la Plata a la fuerza expedicionaria del
general Samuel Auchmuty. Han zarpado de Inglaterra dos meses atrás, con la
orden de reforzar a Beresford en Buenos Aires. Al llegar Auchmuty a Río de
Janeiro, sin embargo, tiene conocimiento de la derrota de Beresford y la
captura de todas sus fuerzas, y recibe, al mismo tiempo, la noticia de que
Popham y Backhouse han ocupado posteriormente Maldonado. El jefe inglés no
vacila. Es necesario aprovechar inmediatamente esta última victoria e
intentar un nuevo ataque. Ordena entonces a la flota cargar agua y víveres
con toda celeridad, y pone proa hacia su objetivo. El 5 de Enero la expedición
arriba a Maldonado, y allí desembarcan las tropas uniéndose al contingente
de Backhouse. Comienza así la segunda invasión inglesa al Río de la Plata.
En
esta nueva empresa no habrá de participar el comodoro Popham, el hombre que,
impulsado por su audacia y su espíritu aventurero, gestó y llevó a la práctica
el primer asalto a Buenos Aires. Popham, reemplazado en el mando de las
fuerzas navales por el Contraalmirante Charles Stirling, viaja, por orden del
Almirantazgo, rumbo a Inglaterra, donde deberá justificar su conducta ante
una corte marcial.
La
noticia del desembarco de Auchmuty y sus tropas llega a Montevideo en menos de
veinticuatro horas. Las campanas son echadas a vuelo y resuenan los clarines,
convocando a las armas a la población. En la mañana del 16 de Enero las
fuerzas británicas inician el desembarco en la playa de El Buceo, sin que el
Virrey Sobremonte realice intento alguno para impedir la operación. Tres días
más tarde los ingleses, que suman más de 5.000 soldados, inician el avance y
arrollan a las tropas que, al mando de Sobremonte, se interponen en su camino.
El Virrey, al producirse la derrota, abandona precipitadamente el campo de
batalla y se dirige hacia el interior, abandonando la ciudad oriental a su
propio destino.
En
Montevideo la noticia de la derrota y retirada de Sobremonte provoca una
violenta reacción popular. Civiles y soldados reclaman enardecidos a las
autoridades que se les permita realizar un último y desesperado intento para
impedir que los británicos pongan sitio a la plaza. El Gobernador Ruiz
Huidobro se ve así obligado, contra su voluntad, a enviar una columna de
3.000 hombres a enfrentar en campo abierto a las tropas de Auchmuty. El
resultado no tarda en producirse. El 20 de Enero, en breve combate, sostenido
en las afueras de Montevideo, los ingleses derrotan y ponen en fuga a las
fuerzas españolas causándoles grandes bajas.
Libres
de toda oposición, los regimientos de Auchmuty completan su avance y
establecen el cerco en torno del recinto fortificado. Simultáneamente, se
adelantan partidas de caballería y capturan los pozos de agua que abastecen a
la ciudad, privando así a los defensores de ese elemento vital. En los días
siguientes son emplazadas las baterías de cañones y morteros y se inicia un
violento bombardeo contra las murallas. Llega, finalmente, el momento del
asalto. Auchmuty, después de analizar la situación, resuelve lanzar a sus
tropas en un ataque nocturno para disminuir las bajas y explotar al máximo el
factor sorpresa. Su decisión alcanza pleno éxito, En la madrugada del 3 de
Febrero de 1807, las unidades británicas irrumpen en audaz acometida a través
de una gran brecha abierta en el flanco sur de las murallas y, después de
sostener encarnizados combates, obtienen la victoria. Ruiz Huidobro es hecho
prisionero, y con él rinden sus armas cerca de 2.000 soldados. Entre los
capturados se cuentan 500 hombres que habían arribado el día anterior,
procedentes de Buenos Aires, como vanguardia de la fuerza que, al mando de Liniers, ha sido enviada desde la capital en auxilio de Montevideo.
Liniers,
en ese momento, se encuentra en las cercanías del puerto de Colonia,
inmovilizado en su avance por la falta de caballada. En la noche del 3 de
Febrero, arriba a su puesto de mando un jinete portando un urgentísimo
mensaje de Sobremonte. Es la noticia de la calda de Montevideo.
Liniers
comprende que ya nada le resta por hacer en la Banda Oriental, y resuelve
regresar sin tardanza a Buenos Aires para acelerar allí los preparativos de
la defensa. Adelantándose a sus tropas, el día siguiente atraviesa el río
y, esa misma noche, arriba a la capital con la noticia del desastre. A partir
de ese momento los acontecimientos toman un giro dramático.
4
de Febrero de 1807. Son las once y media de la noche. En el edificio del
Cabildo llega a su fin una prolongada asamblea, en la cual los regidores han
considerado los graves acontecimientos de la Banda Oriental. Todas las
noticias recibidas son adversas. Liniers está detenido en las inmediaciones
de la Colonia, sin caballos ni abastecimientos, y Montevideo se encuentra ya
totalmente cercada por los británicos. Los cabildantes, impulsados por
Alzaga, resuelven enviar inmediatamente dos emisarios con dinero y facultades
amplias para requisar caballos y vehículos, destinados a acelerar la marcha
de la expedición auxiliadora.
En
el momento en que los cabildantes se disponen a abandonar el recinto, hace su
entrada Liniers provocando con su inesperada llegada una enorme conmoción. El
caudillo, sin preámbulo alguno, da a conocer la catástrofe sufrida por las
fuerzas españolas en Montevideo. La noticia cae como una verdadera bomba. Liniers, imponiendo su voz sobre las manifestaciones de cólera y sorpresa,
dice entonces:
- Señores, la situación es gravísima...
debemos despachar inmediatamente barcos a la Colonia para embarcar a nuestras
tropas y traerlas a Buenos Aires antes de que sea demasiado tarde. ¡La ciudad
puede ser atacada en cualquier momento por los ingleses!
Las
palabras de Liniers provocan una reacción inmediata. Los cabildantes
autorizan al caudillo para que tome todas las medidas necesarias y asegure el
regreso de las tropas. Obtenida esta aprobación, Liniers se retira del
Cabildo. Alzaga, a su vez, abandona el recinto y, en compañía del Alcalde de
segundo voto Esteban de Villanueva, se dirige al palacio de la Audiencia. Allí
se toma una nueva decisión. El General Beresford y los oficiales británicos
que se encuentran recluidos en Luján deberán ser trasladados sin tardanza al
Interior del Virreinato. La razón de esta medida: se teme que Beresford haya
logrado mantener comunicación clandestina con las fuerzas inglesas que operan
en la Banda Oriental, y les haya hecho llegar informes sobre la disposición
de las defensas de Montevideo. La deportación, sin embargo, no llega a
concretarse. El criollo Saturnino Rodríguez Peña, convencido de que
Beresford habrá de apoyar sus planes de independencia, ayuda al general británico
y a su subordinado, el coronel Pack, a fugarse, y con ellos se dirige a
Montevideo.
En
Buenos Aires, entretanto, la noticia de la caída de Montevideo y de la
actuación de Sobremonte, corre como un reguero de pólvora. La insurrección,
finalmente, estalla el 6 de Febrero de 1807. Desde todos los barrios de la
ciudad una multitud encolerizada converge sobre la Plaza Mayor, desfilando en
incesante corriente. Asomado a una de las ventanas del edificio de la
Audiencia, el fiscal Caspe y Rodríguez observa el paso de la muchedumbre y
escucha gritar a los más exaltados:
-¡Muera el -virrey y los traidores! ¡Fuera
la Audiencia! ¡Viva la libertad/ ¡Enarbolemos la bandera republicanas!
En
el Cabildo, algunos hombres del pueblo se han encaramado a la torre y hacen
sonar la campana. Alzaga y los regidores, ante la violenta conmoción, deciden
convocar inmediatamente a una asamblea extraordinaria a todas las autoridades
y los principales vecinos de la ciudad. Liniers y los jefes de los cuerpos
voluntarios se dirigen, también, al Cabildo.
Esta
vez no hay vacilación alguna. Martín de Alzaga toma la palabra y, haciéndose
eco de los reclamos de la muchedumbre que llena la plaza, exige la inmediata
destitución y arresto del Virrey Sobremonte. La medida es aprobada por la
asamblea, para evitar, como lo señalan las actas del Cabildo, “Las
fatalísimas consecuencias que de lo contrario deben recelarse y temerse
justamente”. El paso decisivo está dado. Quedan así confirmadas las
palabras de Sobremonte, quien, en un informe enviado poco antes a la Corte de
España, ha señalado que en el Río de la Plata ya no existe “más
voluntad que la del pueblo armado”. Y es el pueblo quien decide ahora,
en un nuevo acto de soberanía, su derrocamiento.
La
Audiencia, en un último intento por salvar la autoridad del Virrey, recurre a
maniobras dilatorias, al serle presentada para su aprobación la decisión de
la asamblea del 6 de Febrero. Sin embargo, el clima de insurrección que reina
en la ciudad termina por derribar toda oposición. Corren de mano en mano
panfletos anónimos, en los cuales se señala la decisión de recurrir a la
violencia si la voluntad popular no es acatada. “Pedimos que a Sobremonte
se le quite todo mando -dice un volante-, y que no tenga voz ninguna, y que se
le dé a don Santiago Liniers todo poder y mando para que nos mande y
gobierne, y si esto no se ejecuta de aquí al domingo, pasaremos a degüello a
toda la Audiencia por haberse opuesto - Así lo pide el Pueblo".
El
10 de Febrero tiene lugar en el Fuerte una junta general a la que asisten las
autoridades y los principales vecinos, y allí, por mayoría de votos, se
resuelve destituir y arrestar al Virrey. El poder pasará a la Audiencia,
hasta que el rey decida la designación de un nuevo gobernante. En la práctica,
empero, el mando supremo queda en manos de Liniers, el hombre que Buenos Aires
ha proclamado como su único caudillo.
Los
hechos acaecidos en la capital llegan pronto a conocimiento del General británico
Auchmuty, pero en forma distorsionada. Estos informes señalan que no sólo ha
sido depuesto Sobremonte, sino que también se ha abolido la Audiencia, y que
en Buenos Aires ya no flamea más la bandera española. En la práctica, esto
equivaldría a una virtual declaración de Independencia. Desde Montevideo la
extraordinaria noticia se difunde por el norte del continente, a través de la
correspondencia de los oficiales británicos. De allí que, en Agosto de 1807,
un diario de EE. UU., el “American Daily Advertiser” de la ciudad de Filadelfia, publicara la errónea versión de que "el
pueblo de Buenos Aires, acaudillado por un francés llamado Liniers, se ha
declarado nación independiente al igual que Norteamérica..."
Auchmuty,
alentado por estos informes, decide aprovechar la situación imperante en
Buenos Aires, y envía a dicha ciudad un emisario portando un mensaje
destinado al Cabildo, en el cual invita a los supuestos revolucionarios “a
someterse a la autoridad de Su Majestad Británica, asegurándoles el pleno
ejercicio de sus leyes y religión y la seguridad de sus propiedades...” El
emisario inglés parte de Montevideo, pero a mitad de camino su barco se cruza
con la embarcación en la que viajan, después de su huida, el General
Beresford y el Coronel Pack, junto con sus salvadores, los criollos Saturnino
Rodríguez Peña y Aniceto Padilla. Abandonando su misión, el oficial regresa
inmediatamente a Montevideo en compañía de los prófugos. Al entrevistarse
con Auchmuty, Beresford le comunica que las noticias propaladas sobre la
supuesta insurrección popular contra el dominio español son absolutamente
falsas. El movimiento se ha limitado a destituir a Sobremonte, al que se
considera totalmente incapaz para desempeñar el mando. La Audiencia sigue en
funciones, y el gobierno, encabezado por Liniers, está resuelto a resistir
cualquier intento de ataque por parte de las fuerzas inglesas.
Rodríguez
Peña
y Padilla exponen a su vez a Auchmuty la razón por la cual han
facilitado la fuga de Beresford; confían en que este jefe asuma el mando del
ejército británico y apoye, con sus fuerzas, la liberación del Río de la
Plata de la dominación española. Frente a este plan, Auehmuty toma su
resolución. Carece de órdenes de su gobierno para secundar el proyecto de
los dos criollos, coincidente con el de Miranda, y debe, por lo tanto,
limitarse a cumplir con las instrucciones que ha recibido. Estas señalan para
las fuerzas británicas la misión de conquistar y no emancipar a las colonias
españolas. Ofrece, no obstante, el comando del ejército a Beresford, pero éste
se niega a aceptarlo y decide partir a Londres para informar en persona al
gobierno sobre la situación rioplatense. Rodríguez Peña y Padilla siguen en
Montevideo, alentando la esperanza de que Beresford habrá de convencer a las
autoridades británicas acerca de la conveniencia de abandonar su política de
conquista, para apoyar la independencia americana.
Mas sus esperanzas no llegarán a
concretarse. Cuando Beresford zarpa de Montevideo, el General Whitelocke se
encuentra ya en navegación con la orden de encabezar un nuevo ataque a Buenos
Aires, ahora con propósitos de conquista y anexión.
El 10 de Mayo de 1807, Whitelocke
arriba a Montevideo y toma el mando de todas las fuerzas inglesas. En ese
momento, la ciudad se ha convertido en una verdadera factoría inglesa. Cerca
de 2.000 comerciantes han instalado allí su base de operaciones y, por medio
de un activísimo intercambio clandestino, desparraman sus mercaderías por
todo el territorio del Virreinato. Para el mes de mayo llevan ya vendidos
productos por un valor que supera él millón de libras esterlinas. Auchmuty,
a su vez, dispone la publicación de un diario, “La
Estrella del Sur”, con la colaboración de Aniceto Padilla. Este periódico
bilingüe se convierte en el vocero de propaganda de la política de expansión
inglesa, lanzando duros ataques contra el régimen colonial español. Sus
editoriales, simultáneamente, anuncian los grandes beneficios que obtendrán
los rioplatenses al aceptar la dominación británica: "No
hay otro refugio que tomar, sino acogeros a los brazos de Inglaterra... en
someteros al cetro inglés, participaréis de los mismos derechos y
privilegios que gozamos nosotros. Vuestro comercio, libre de exacciones
injustas y monopolios onerosos, se hallará más próspero y feliz que nunca.
La justicia se administrará con imparcialidad rigurosa ...”.
Pese
a sus esfuerzos para ganarse el apoyo de la población, los británicos no
consiguen más que la solidaridad aislada y encubierta de unos pocos
individuos. Para la inmensa mayoría de los rioplatenses no existe, como lo señala
Manuel Belgrano, más que una sola alternativa: “tener el amo viejo o
ninguno”. Este hecho sorprende a Whitelocke, quien, de acuerdo con los
informes que ha recibido al salir de Londres, esperaba que muchos habitantes
del Río de la Plata habrían de volverse masivamente en favor de los ingleses
para liberarse de la dominación española. Así lo manifestará
posteriormente ante la corte marcial que lo juzgó por su derrota en Buenos
Aires: “A mi llegada esperaba encontrar una gran porción de los
habitantes preparados a secundar nuestras miras; pero resultó ser un país
completamente hostil, en el cual, ni por conciliación, ni por interés, nos
era posible dar con un amigo que nos ayudase, aconsejase ni proporcionase los
datos más insignificantes..."
Esta
es la dura realidad que deben enfrentar los británicos. En la Banda Oriental,
sus fuerzas sólo son dueñas del terreno que pisan. Por todas partes la
hostilidad de los habitantes y la acción de las partidas armadas va creando
el vacío a su alrededor, impidiéndoles obtener los abastecimientos y
cabalgaduras necesarios para, asegurar la adecuada subsistencia y
desplazamiento de sus tropas. Ante esta situación, y dado que se avecina la
temporada de las lluvias invernales, lo que habrá de añadir aún más
dificultades al ataque a Buenos Aires, el General Whitelocke resuelve
emprender la operación lo antes posible. El asalto, cuyo éxito descuenta, se
iniciará en cuánto arribe de Cabo de Buena Esperanza el contingente del
General Robert Craufurd.
El
15 de Junio de 1807 anclan en el puerto de Montevideo los transportes de
Craufurd, después de un viaje a través del Atlántico sur de más de dos
meses de duración. Whitelocke, a pesar del agotamiento que muestran los
soldados tras la larga travesía, ordena que no sean bajados a tierra, y
dispone que se inicie inmediatamente la invasión a Buenos Aires, Entre los días
17 y 21 de Junio, zarpan las diferentes flotillas que se encuentran
concentradas en Montevideo y Colonia, y ponen rumbo a la ensenada de Barragán,
el punto elegido para realizar el desembarco.
La
operación se inicia el 28 de Junio, sin encontrar ninguna oposición armada.
Venciendo las grandes dificultades que presenta el terreno costero, cubierto
de bañados y franjas anegadizas, los británicos completan al día siguiente
el desembarco del grueso de sus tropas. Varios cañones y la mayor parte de
los víveres se pierden en la marcha a través de los bañados. En total, las
fuerzas de que dispone Whitelocke para iniciar el ataque sobre Buenos Aires
están integradas por 8.000 hombres. Pero la falta casi absoluta de caballos -
sólo unos 200 han podido ser traídos de Montevideo - constituye un grave
impedimento para las operaciones del ejército. Este deberá avanzar prácticamente
a ciegas en un país desconocido, sin el indispensable auxilio de piquetes
montados de exploración. Además, Whitelocke sólo cuenta con un guía de
confianza, el comerciante norteamericano William White, antiguo residente de
Buenos Aires que ya antes había colaborado con las fuerzas de Beresford. Pese
a esto, el jefe inglés confía en que los veteranos infantes de sus
regimientos conseguirán realizar rápidamente y sin dificultades la marcha
sobre la capital.
Son
las siete y media de la tarde del 29 de Junio. En la sala de acuerdos del
Cabildo están reunidos sus miembros, discutiendo las medidas que es preciso
tomar para completar las defensas de la ciudad. Desde hace ya cinco días se
tienen noticias de la aproximación de la flota de invasión inglesa, y se
teme que el desembarco se produzca en cualquier momento. Liniers ha pasado
revista a las tropas y, en medio de sus entusiastas aclamaciones, les ha
impartido la consigna final: "vencer o morir". Buenos Aires vive
jornadas dramáticas, dispuesta a luchar sin dar ni pedir cuartel para
rechazar al invasor. La capitulación de junio de 1806 no debe repetirse.
A
la hora señalada, un jinete irrumpe al galope en la plaza y detiene
bruscamente su caballo frente a las galerías del Cabildo. De un salto, el
paisano echa pie en tierra y es inmediatamente conducido a presencia de
Alzaga, a quien entrega un mensaje de don Juan Pedro Duval, un estanciero del
pago de la Ensenada. Alzaga, en medio de la tensa expectativa de los
presentes, da lectura al papel que informa escuetamente: “han
desembarcado por aquel paraje ayer y hoy los enemigos...”
El
mismo día llega a Buenos Aires otra noticia de decisiva importancia. Burlando
la vigilancia de las naves británicas, fondea frente a la ciudad el velero
español “Remedios”, procedente de Cádiz. El capitán trae pliegos
de la Corte, rubricados por el monarca. Por real orden, Carlos IV dispone que,
en caso de ausencia o muerte del Virrey, asuma el gobierno político y militar
el oficial de mayor graduación. En ese momento Liniers reúne esa condición,
pues su superior, Ruiz Huidobro, ha sido capturado en Montevideo por los
ingleses. De esta forma, en vísperas del ataque británico, el caudillo queda
investido formalmente del mando supremo del Virreinato.
Ante
la aproximación de las fuerzas de Whitelocke, una ola de entusiasmo bélico
invade la ciudad. Liniers, haciéndose eco del ardor combativo que anima a las
tropas y la población, decide salir con todo su ejército al encuentro de los
ingleses y presentarles batalla en campo abierto. Es una resolución temeraria
y podría tener funestas consecuencias. Los improvisados batallones de
voluntarios no están preparados para sostener un choque en esas condiciones
con los veteranos regimientos británicos. En la tarde del 1º de Julio las
columnas se ponen en marcha, aclamadas por los habitantes que llenan las
calles que conducen a Barracas. Allí, en la orilla, derecha del Riachuelo, al
otro lado del Puente de Gálvez (actual puente Pueyrredón), los cuatro
cuerpos del ejército de la defensa se despliegan para el combate.
El encuentro, sin embargo, no se
produce. La vanguardia inglesa, comandada por el general Levison Gower,
franquea las posiciones ocupadas por los rioplatenses y, en la tarde del 2 de
Junio, cruza el Riachuelo por el denominado Paso Chico, aguas arriba del
Puente de Gálvez. Liniers comprende que ese movimiento constituye una gravísima
amenaza, pues los ingleses pueden avanzar ahora por su retaguardia y penetrar
en Buenos Aires sin encontrar oposición alguna. Ordena entonces que las
divisiones comandadas por Bernardo de Velazco y Francisco Javier de Elío se
dirijan a marchas forzadas a los Corrales de Miserere (actual Plaza Once),
para bloquear el avance de los británicos. El mismo Liniers se pone a la
cabeza de las columnas, y deja a los otros dos cuerpos, el de César Balbiani
y el de Juan Gutiérrez de la Concha, encargados de la defensa de la línea
del Riachuelo.
La
sorpresivo maniobra de los británicos logra provocar la separación de las
fuerzas de Liniers, difundiendo la confusión en sus filas y debilitando su
poder combativo. Sin embargo, también el ejército inglés pierde su unidad
en el desarrollo del movimiento. La vanguardia comandada por Gower, al
desplazarse a través del Riachuelo, dejó atrás al grueso capitaneado por el
propio Whitelocke. Este último jefe, al no poder establecer contacto con las
columnas de Gower, resuelve detener el avance y acampar con sus tropas para
pasar la noche en un paraje situado a unos 12 kilómetros de la orilla del
Riachuelo.
Gower,
entretanto, prosigue su avance hacia los Corrales de Miserere con una sola de
sus brigadas, la del General Craufurd, pues la segunda brigada, dado el
agotamiento de los soldados que la Integran, queda rezagada. A eso de las
cinco de la tarde, y cuando la oscuridad comienza a cerrarse sobre el terreno,
las tropas de Craufurd alcanzan su objetivo. Allí se encuentra ya
atrincherado Liniers con la división de Velazco. Se entabla inmediatamente la
lucha, y los ingleses con violenta carga a la bayoneta dispersan a las fuerzas
españolas, apoderándose de todas sus piezas de artillería. Craufurd continúa
la persecución de los vencidos hasta alcanzar los suburbios de Buenos Aires
(se extendían entonces hasta la altura de la actual calle Callao).
El jefe
inglés, a pesar de que ya ha caído la noche, está resuelto a continuar con
todo ímpetu el avance y penetrar en una sola arremetida hasta el centro de la
ciudad que, a esas horas, se
encuentra totalmente desguarnecida. Su audaz decisión puede asegurar en forma
inmediata la victoria a los británicos. En ese momento crítico interviene el
general Gower, quien, rechazando la proposición de Craufurd, le ordena
detener el avance y replegarse inmediatamente a los Corrales de Miserere.
Buenos Aires, providencialmente, se ha salvado.
En
medio de la noche, las tropas batidas en Miserere se dispersan en todas
direcciones, sembrando a su paso el pánico y el caos. Soldados y jinetes
irrumpen en las calles de Buenos Aires, anunciando a gritos que más de 14.000
ingleses avanzan sobre la ciudad. Liniers ha desaparecido, y nada se sabe
sobre su paradero. En esas circunstancias, el Coronel Elío, totalmente
abatido, envía un mensaje a Balbiani, jefe de las fuerzas que aún permanecen
inmovilizadas en el Riachuelo. El papel sólo contiene una frase: “compañero,
retírese que todo está perdido!”.
Dentro
de este clima de desastre surge la figura que dominará la crisis: Martín de
Alzaga. El alcalde y los demás cabildantes han resuelto en la tarde del 19 de
Julio permanecer reunidos en sesión permanente hasta que concluya la lucha,
sea cual fuere el resultado. Así, al producirse la catástrofe, el Cabildo
pasa a convertirse en el centro de dirección de la última resistencia,
Alzaga envía inmediatamente un mensaje a Balbiani, ordenándole que abandone
la posición del Riachuelo y se dirija con sus tropas a la Plaza Mayor.
Dispone, asimismo, que se traigan del Retiro todos los cañones allí
emplazados para destinarlos a la defensa del centro de la ciudad. Mientras se
toman estas disposiciones, arriba en Cabildo, sin escolta alguna, se encuentra
el Coronel Elío. La entrevista que sostiene con Alzaga ha quedado registrada
en las memorias escritas por un testigo, Domingo Matheu, futuro vocal de la
junta de Mayo. Este declara:
"El señor de Elío, después
de haber mandado el papel a Balbiani, se subió al Cabildo, hizo presente que
todo estaba desparramarlo; y que por lo mismo era menester hacer
capitulaciones ... pero el alcalde y muchos otros del Cabildo dijeron que no
miraban la cosa tan perdida para hacer capitulaciones; y salid una voz
diciendo que Elío era un pícaro ... y empezaron algunos a gritar que nos habíamos
de defender hasta morir; y haciéndose Elío el desentendido, dijo: -Si he
propuesto la capitulación es porque los dos generales se han ido..., y se
gritó por algunos sujetos: -Para defender la ciudad no necesitamos de
generales”.
Superados los primeros momentos de confusión, gracias a la enérgica
intervención de Alzaga, civiles y soldados trabajan febrilmente en la
preparación de Improvisadas defensas y reductos, y se aprestan a disputar a
los británicos la posesión de cada calle, cada casa y cada metro de terreno.
La resistencia será así el resultado de la espontánea Intervención en la
lucha de todos los habitantes, sin distinción de clases, edades ni sexos. Uno
de los jefes ingleses que interviene en el ataque, el Teniente Coronel
Alexander Duff, señalará más tarde ante el tribunal que juzgó a Whitelocke
el extraordinario espíritu de solidaridad con que la gente de Buenos Aires se
lanzó al combate: “Todos eran enemigos, todos armados, desde el hijo de la
vieja España hasta el negro esclavo..”.
Al día siguiente, 3 de Julio, Liniers, que hasta ese momento ha
permanecido en la Chacarita, se presenta en la ciudad acompañado por más de
1.000 soldados. En medio de las entusiastas aclamaciones de la gente que cubre
la Plaza Mayor, el caudillo se entrevista con Alzaga y aprueba las medidas que
han sido tomadas para la defensa. Las tropas son inmediatamente distribuidas
en los reductos emplazados en las azoteas y calles. Comienza entonces la larga
espera que precede a la batalla, que se inicia, finalmente, a las 6,30 de la
mañana del 5 de Julio, con una descarga cerrada de la artillería inglesa.
Desde sus posiciones en los Corrales de Miserere, las fuerzas británicas se
despliegan en dos grandes masas de asalto, divididas, a su vez, en varias
columnas. Estas avanzan por las calles para ocupar los edificios y Posiciones
que cubren ambos flancos de Plaza Mayor. Una tercera división inglesa realiza
un amago de ataque por el centro de la ciudad, para desorientar a los
defensores.
Los infantes británicos han recibido la orden de avanzar hacia sus
distantes objetivos, con sus fusiles descargados. Esta directiva, al parecer
desprovista de toda lógica pues deja a las tropas inglesas indefensas frente
al fuego de sus adversarios, habrá de ser justificada por Whitelocke ante la
corte marcial con el siguiente razonamiento: "nada
se ganaba con hacer fuego sobre la gente de las azoteas, que estaba parapetada
y completamente oculta, excepto en el momento de hacer fuego, siendo, pues, el
principal objeto seguir adelante tan rápidamente como fuese posible..."
Tal como lo señalan estas palabras, todo el plan británico (que no ha
sido elaborado por Whitelocke, sino por su segundo, el General Gower) descansa
en la intención de alcanzar lo antes posible la línea del río de la Plata.
Por ello y para que no pierdan tiempo en responder al fuego que reciban en su
marcha, se ha ordenado a los soldados avanzar sin cargar sus armas. Se propone
alcanzar la costa, y después de conquistar los principales puntos dominantes
de la ciudad constituidos por la Plaza de Toros, el hospital de la Residencia
(emplazado en la actual esquina Humberto 1º y Balcarce), y las iglesias de
las Catalinas, La Merced, Santo Domingo y San Francisco, concentrar el ataque
sobre la Plaza Mayor y, en un avance arrollador, aniquilar a las fuerzas españolas
allí emplazadas.
Los
jefes ingleses, aun cuando prevén que la ejecución de este plan habrá de
causarles fuertes bajas, no tienen la menor duda de que obtendrán la
victoria. Confían en que, una vez completada la marcha de aproximación, les
restarán todavía fuerzas más que suficientes como para derrotar a las
unidades de Liniers en el choque final de la Plaza Mayor. Sin embargo, las
tropas de la defensa, engrosadas por el apoyo masivo de la población, poseen
un volumen de fuego muy superior al calculado por los británicos. Eludiendo
el combate franco en las calles, los porteños se atrincheran en las casas y
azoteas, y descargan sorpresivamente sobre las columnas inglesas una mortífera
lluvia de balas, a las que suman, como rezan las crónicas, “granadas de
mano, frascos de fuego y hasta las armas plebeyas de piedras y ladrillos
..”.
El
resultado de esa táctica es devastador. Regimientos enteros son diezmados por
las terribles descargas, hechas prácticamente a quemarropa, y las calles
quedan cubiertas de soldados Ingleses muertos y heridos. Toda la ciudad se
convierte en un infernal campo de batalla. Pese a la espantosa matanza, los
británicos, con inconmovible tenacidad, prosiguen avanzando. Al promediar el
día consiguen ocupar algunos de los objetivos señalados (la Plaza de Toros,
la Residencia, las iglesias de las Catalinas y Santo Domingo), en donde son
enarboladas banderas inglesas. Desde su distante puesto de mando, Whitelocke,
que ha perdido toda comunicación directa con las tropas, recibe la noticia de
estas victorias. El jefe inglés cree que todo se ha desarrollado
favorablemente, y espera ver, de un momento a otro, flamear la enseña de su
país en los baluartes del Fuerte.
Llega
así la fase culminante de la lucha. Las columnas de los coroneles Denis Pack
y Henry Cadogan intentan marchar sobre la Plaza Mayor, pero son rechazadas con
terribles pérdidas por el fuego de los Patricios que, al mando de Cornelio
Saavedra, están atrincherados en el Colegio de San Carlos (hay Colegio
Nacional de Buenos Aires, en la esquina de Bolívar y Moreno). Pack se retira
entonces a la iglesia de Santo Domingo, ocupada ya por las tropas del General
Craufurd, y hace enarbolar en lo alto de la torre la bandera del regimiento
71, depositada en ese templo por Liniers después de la reconquista. Cadogan,
a su vez, busca refugio con los restos de la columna en la denominada “casa
de la Virreina Vieja”. En esos dos bastiones los británicos se proponen
resistir hasta recibir los refuerzos que Whitelocke debe enviarles. El
Comandante supremo inglés, sin embargo, nada atina a hacer en apoyo de sus
subordinados.
Rechazada
la embestida inglesa, las fuerzas de a defensa pasan al contraataque. El
convencimiento de que la victoria ya ha sido lograda da al asalto un ímpetu
arrollador. Cae la “casa de la Virreina Vieja” y sobre su azotea
quedan tendidos los cuerpos de más de 30 soldados británicos. Martín Rodríguez,
que interviene en el ataque, describe así el espectáculo que ofrece el
edificio al término de la lucha: “Parece
exagerado decir que por los caños corría la sangre, pero así sucedió...”
En
Santo Domingo, Craufurd y Pack ofrecen desesperada resistencia, pero deben
finalmente deponer las armas. El templo, acribillado a balazos, recibe también
los impactos de los cañones emplazados en las calles y de las baterías del
Fuerte. A este timo desastre se suma también el fracaso del contingente británico
que avanza por el flanco opuesto. Sus columnas, después de sufrir terribles pérdidas,
se repliegan hacia Retiro, acosadas incesantemente por las tropas y el pueblo.
Termina así la jornada del día 5 de Julio. El ataque ha sido rechazado en
todos los frentes, y los británicos han sufrido la pérdida de más de 2.800
hombres entre muertos, heridos y prisioneros.
El
dramático enfrentamiento concluye dos días más tarde. Después de largas
negociaciones, Whitelocke se resigna a aceptar la derrota, y firma la
Capitulación que le impone Liniers. Este último, bajo la enérgica incitación
de Martín de Alzaga, incluye en el documento la condición de que Montevideo,
lo mismo que Buenos Aires, sea abandonada totalmente por las fuerzas británicas.
Como concesión, Liniers acepta que las tropas de Beresford capturadas en 1806
regresen a su patria junto con las fuerzas de Whitelocke.
En
los primeros días de Septiembre la flota inglesa se hace a la vela en
Montevideo. Atrás queda una ambición de conquista que no llegó a
concretarse ni se concretará ya jamás. De todos los virreinatos y ciudades
de América llegan a Buenos Aires mensajes saludando a la capital del Plata
por el extraordinario triunfo.
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