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de Mayo de 1803. En el edificio de la legación británica en París, arden
las luces a altas horas de la noche. El embajador, Lord Charles Whitworth,
realiza los últimos preparativos para abandonar la capital francesa. La
guerra entre su país y Francia es ya un hecho prácticamente consumado.
Nuevamente las dos grandes potencias se lanzarán a la lucha, para decidir, en
un último y gigantesco choque, cuál habrá de ejercer la supremacía en el
mundo.
Poco
antes de la medianoche arriba a la embajada un funcionario del gobierno francés.
Trae un urgente mensaje del Ministro de relaciones exteriores, Charles Maurice
de Talleyrand-Périgord. Este solicita a Whitworth una entrevista que deberá
tener lugar a la tarde siguiente, y en la que habrán de tratarse asuntos de
extrema importancia. El embajador británico cree descubrir en la solicitud un
rayo de esperanza. Todavía es posible, a último momento, preservar la paz.
A
la hora señalada se realiza la reunión. Talleyrand, sin rodeo alguno, expone
su propuesta: Napoleón Bonaparte ofrece a Gran Bretaña una salida honrosa.
El centro de la disputa, la isla de Malta, llave estratégica del Mediterráneo,
será evacuada por las fuerzas británicas que la ocupan. Pero al retirarse
los británicos, Malta quedará bajo el control de Rusia, país que habrá de
garantizar que la isla no sirva a los intereses bélicos de Francia ni de
Inglaterra. Whitworth escucha atentamente al Ministro, y luego, sin vacilación,
da su respuesta:
-Señor ministro, mí país considera a Malta como
una posición clave para su seguridad. Nuestras tropas deberán, por lo tanto,
permanecer en la isla por un plazo no inferior a diez años...
Talleyrand,
eludiendo una contestación concreta, incita al embajador a transmitir al
gabinete de Londres la propuesta de Napoleón. Maestro en el arte de la
persuasión, Talleyrand consigue su propósito. Whitworth abandona el despacho
del Ministro resuelto a apoyar la negociación. De ello depende que la guerra
sea evitada.
7 de mayo
de 1803. El gabinete británico, presidido por Henry Addington, Vizconde de
Sidmouth estudia el despacho de Whitworth con la proposición francesa. La
discusión es breve. Para los Ministros británicos no hay posibilidad alguna
de transigir. El ofrecimiento sólo constituye, a su juicio, una nueva treta
de Napoleón para ganar tiempo hasta que su flota, que se halla en las
Antillas, alcance la costa europea. Addington imparte entonces una orden
terminante, que deberá ser transmitida inmediatamente a la embajada en París:
la propuesta queda desechada. Los franceses deben aceptar, como única salida,
que las fuerzas inglesas permanezcan en Malta por un plazo de diez años. Si
se niegan a ello, Whitworth deberá abandonar París en el término de treinta
y seis horas.
La
suerte, para los británicos, está echada. En la noche del 11 de Mayo, Napoleón
congrega a su consejo de gobierno en el palacio de Saint-Cloud. Tiene en sus
manos la nota británica, y la da a conocer a los Ministros. Un silencio dramático
sigue a sus palabras. Se procede entonces a votar para decidir la cuestión.
De los siete miembros del consejo presentes, sólo Talleyrand y José
Bonaparte se oponen a iniciar la lucha. La guerra, finalmente, está en marcha.
El 18 de
Mayo el gobierno británico anuncia oficialmente la iniciación de las
hostilidades. En esa misma jornada se produce el primer encuentro. Una fragata
inglesa, tras corto cañoneo, apresa cerca de la costa de Bretaña a una nave
francesa. A partir de ese momento, y durante más de diez años, la paz no
volverá a reinar en Europa. Dentro del torbellino de acontecimientos
generados por ese conflicto habrá de producirse el movimiento de la
emancipación americana.
La guerra
que se inicia no tarda en envolver también a España. En un principio el Rey,
Carlos IV, y Manuel Godoy, su primer Ministro, tratan de mantenerse al margen
de la lucha, eludiendo las obligaciones de la alianza con Francia. Con tal
fin, y como precio por su neutralidad, ofrecen a Napoleón la firma de un
tratado por el cual se comprometen a entregarle un subsidio mensual de
6.000.000 de francos. Napoleón, que trabaja ya febrilmente en la organización
de la invasión a Inglaterra, acepta el trato. Sin embargo, los británicos
están resueltos a impedir que España sostenga una “guerra a medias”, y
la obligarán a definirse.
El
7 de Mayo de 1804, William Pitt (hijo), el “piloto de las tormentas”, asume nuevamente la jefatura del gobierno inglés.
Once días más tarde Napoleón toma el título de Emperador de los franceses.
Los dos hombres que simbolizan la voluntad de predominio de sus respectivas
naciones quedan así enfrentados. Para, Pitt ha llegado el momento del choque
definitivo, y está decidido a sostener una lucha sin cuartel hasta alcanzar
la victoria absoluta. Napoleón y su imperio deben ser destruidos, para que se
restablezca nuevamente el “equilibrio europeo” que permitirá a Gran Bretaña
proseguir sin traba alguna su engrandecimiento. Así, al recibir al embajador
español en Londres, le manifiesta en forma categórica:
-
La naturaleza de esta guerra no nos permite distinguir entre enemigos y
neutrales... la distancia que separa a ambos es tan corta que cualquier
acontecimiento inesperado, cualquier recelo o sospecha, nos obligará a
considerarlos iguales.
Esta
velada amenaza no tardó en traducirse en una agresión concreta. E1 pretexto
lo dan los informes que envía el almirante Alexander Cochrane, señalando la
concentración de fuerzas navales francesas en puertos españoles. El 18 de
Septiembre de 1804, el gobierno inglés envía al almirante William
Cornwallis, jefe de la flota que bloquea el puerto francés de Brest, la orden
de capturar a las naves españolas que, procedentes del Río de la Plata,
conducen a Cádiz los caudales de América. Cornwallis destaca inmediatamente
a cuatro de sus más veloces fragatas para que partan a la caza de los barcos
españoles.
El
5 de Octubre de 1804 se produce el encuentro. Avanzando a través de la
niebla, las naves inglesas interceptan a su presa a veinticinco leguas mar
afuera de Cádiz. Se entabla entonces un breve y violento combate, en el
transcurso del cual explota y se va a pique una de las fragatas españolas, la
"Mercedes". A su bordo perece doña María Josefa Balbastro y Dávila,
esposa del segundo jefe de la flotilla española, capitán Diego de Alvear.
Este último, que viaja en la fragata “Clara”, salva su vida junto a su
hijo, Carlos María, el futuro general Alvear, guerrero de la independencia
argentina.
La
lucha finaliza con la rendición de los tres barcos españoles que escapan a
la destrucción. Estas naves, cargadas con más de 2.000.000 de libras en
barras de oro y plata, son conducidas al puerto de Plymouth. Este es el primer
golpe de los ingleses, y provoca una violenta reacción en España. En la
misma Gran Bretaña, el inesperado ataque da lugar a una terminante condena
por parte de Lord William Wyndham Grenville, quien no vacila en declarar:
-¡Trescientas víctimas
asesinadas en plena paz! Los franceses nos califican de nación mercantil,
ellos pretenden que la sed del oro es nuestra única pasión; ¿no tienen
acaso el derecho de considerar que este ataque es el resultado de nuestra
avidez por el oro español?"
El
golpe de mano contra las fragatas, empero, no es más que el principio de una
serie de ataques que se suceden rápidamente. Frente a Barcelona, el almirante
Nelson captura a otros tres barcos españoles; y en las aguas de las islas
Baleares, naves inglesas asaltan a un convoy militar y apresan a todo un
regimiento de soldados españoles que se dirige a reforzar la guarnición de
Mallorca. Frente a la agresión, España no puede dejar de responder con la
guerra. Eso es, precisamente, lo que Pitt pretende.
12
de octubre de 1804. En una lujosa mansión de campo situada en las afueras de
Londres, se realiza una entrevista que tendrá decisivas consecuencias para el
futuro del Río de la Plata. Allí se encuentran reunidos el primer ministro
William Pitt, Henry Melville, primer Lord del Almirantazgo, y el Comodoro Home
Popham.
La
lucha contra España es ya, para los dirigentes británicos, una realidad, aun
cuando no se haya todavía concretado la ruptura de las hostilidades. La reunión,
por lo tanto, tiene por fin analizar los posibles planes de acción contra las
posesiones españolas en América. Por ello allí se encuentra Popham. Este,
junto con Francisco Miranda, ha trabajado intensamente en la elaboración de
proyectos destinados a operar militarmente en tierras americanas para separar
a las colonias españolas de la metrópoli. Pitt y Melville escuchan
atentamente los informes de Popham y se muestran de acuerdo con sus propósitos.
Un punto, sin embargo, preocupa a Pitt. Desea tener la seguridad de que, en
caso de que la guerra prevista contra España no llegue a estallar, Miranda no
llevará adelante la operación. Popham responde categóricamente:
-Mirando,
a quien conozco muy bien, no violará jamás su compromiso. Respetará hasta
el fin la palabra empeñada.
En
esta forma concluyó la discusión. Popham recibió de sus superiores la orden
de redactar detalladamente el proyecto y presentarlo en el término de cuatro
días a Lord Melville.
Así
nació el célebre “Memorial de Popham”, punto de partida del ataque británico
a Buenos Aires en Junio de 1806. Al recibir la noticia, Miranda se reunió con
Popham y, valiéndose de documentos y mapas, procedió junto con él a
completar el memorial. El objetivo principal eran Venezuela, y Nueva Granada,,
en donde Miranda se proponía desembarcar y lanzar el grito de independencia.
Popham a su vez, introdujo en el proyecto una operación secundaria, dirigida
contra el Virreinato del Río de la Plata, al que atacarla utilizando una
fuerza de 3.000 hombres. Propuso también que tropas traídas de la India y
Australia actuasen en el Pacífico contra Valparaíso, Lima y Panamá. Miranda
ejercería el mando de las fuerzas que operarlas en Venezuela, y Popham tomaría
a su cargo la jefatura de la expedición contra Buenos Aires.
Los
propósitos del plan estaban claramente definidos: la idea de conquistar a América
del Sur quedaba completamente descartada, pues el objetivo era promover su
emancipación. Se contemplaba, sin embargo, “la posibilidad de ganar
todos sus puntos prominentes, estableciendo
algunas posesiones militares". El mercado americano, a su vez, sería
abierto al comercio británico.
El;
16 de Octubre, puntualmente, Popham y Miranda hicieron entrega al Vizconde de
Melville del memorial. Este lo halló satisfactorio, pero se abstuvo de
expresar una opinión definitiva acerca de la realización del proyecto, ya
que Inglaterra enfrentaba en ese momento una gravísima amenaza, que la
obligaba a concentrar todas sus fuerzas. En la otra orilla del Canal de la
Mancha, en el campo militar de Boulogne, Napoleón había alistado un ejército
de casi 200.000 soldados. El emperador estaba decidido a realizar lo que parecía
Irrealizable: la invasión a las Islas Británicas. “Puesto que puede
hacerse... ¡debe hacerse!”, había
manifestado, en orden categórica, a su Ministro de Marina. Al conjuro de esa
directiva, en todos los puertos de la costa francesa los astilleros trabajaban
febrilmente en la construcción de miles de embarcaciones destinadas a
asegurar el paso del ejército a través del canal. En uno de sus despachos,
Napoleón definió claramente su inconmovible resolución: “¡Seamos
dueños del canal durante seis horas, y seremos dueños del mundo!”
El
peligro de un desembarco francés era, por lo tanto, inminente.
Dentro
del clima de extrema alarma creado por esa situación, era inevitable que los
planes de Popham y Miranda
fuesen dejados de lado. Otro hecho no menos importante vino a sumarse para
contribuir al definitivo aplazamiento de las expediciones proyectadas. Rusia,
inició gestiones ante el gobierno británico para formar una nueva coalición
de las potencias europeos contra Napoleón. Sin embargo, como condición de
esa alianza, el Zar Alejandro I exigió que se intentase atraer también a
España a la coalición. Pitt se vio así obligado a suspender toda acción
contra las colonias de América.
Esa
actitud fue mantenida aún después de que España hubo declarado formalmente,
el 12 de Diciembre de 1804, la
guerra a Gran Bretaña. De nada valieron los insistentes reclamos que Miranda
hizo llegar a Pitt. Este se mantuvo imperturbable, y comunicó al general
venezolano que la situación política de Europa no había alcanzado todavía
el grado de madurez necesaria para iniciar la empresa.
Corre
el mes de Julio de 1805. Miranda, completamente desilusionado ante el fracaso
de sus gestiones, resuelve abandonar Gran Bretaña y dirigirse a EE.UU., donde
confía en que habrá de recibir ayuda para llevar adelante la cruzada
emancipadora. Popham, a su vez, ha perdido toda esperanza. Se encuentra
prestando servicios en el puerto de Plymouth, alejado de Londres y de sus
contactos con los altos dirigentes de la política, inglesa. Para ese hombre
aventurero, la inacción, sin embargo, no puede prolongarse.
Llegan
así a su conocimiento secretos informes acerca de la debilidad de las fuerzas
que defienden a la colonia holandesa de Cabo de Buena Esperanza, en el extremo
sur del continente africano. Esas noticias bastan para que el marino conciba
una nueva y audaz empresa. Sin tardanza se dirige a Londres, y allí se
entrevista con uno de los miembros del gabinete. Para Popham es necesario, y
así lo manifiesta, aprovechar la extraordinaria oportunidad que se presenta
y, mediante un sorpresivo ataque, adueñarse de la colonia mencionada.
Enterado,
Pitt resuelve poner inmediatamente en marcha la operación. Esta vez, a
diferencia de lo acaecido con los proyectos americanos, el primer ministro no
muestra vacilación alguna. Sin duda, Cabo de Buena Esperanza constituye un
punto vital para Gran Bretaña, pues domina la ruta de comunicación marítima
con sus posesiones en la India. Para los ingleses es imprescindible que esa
posición estratégica no caiga en manos de los franceses que, se sabe, han
destacado fuerzas navales en el Atlántico sur.
El
25 de Julio de 1805 son cursadas, bajo el rótulo de “muy secretas”,
las instrucciones pertinentes al general David Baird, quien ha sido
designado jefe de las fuerzas de ataque. Seis regimientos de infantería y uno
de caballería, con un total de casi 6.000 soldados, son destinados a la
expedición. Popham recibe el mando de la flotilla de escolta, integrada por
cinco naves de guerra.
Cuatro
días más tarde, Popham sostiene una última entrevista con Pitt. El marino
ha recibido, entretanto, nuevos y confidenciales informes. Un poderoso
comerciante de Londres, Thomas Wilson, le comunica que tiene positivas
noticias de que Montevideo y Buenos Aires se hallan prácticamente
desguarnecidas, y que bastará una fuerza de mil soldados para concretar la
conquista de ambas plazas.
En
la conversación que mantiene con Pitt, Popham lo pone al tanto de los datos
señalados. El primer ministro, empero, manifiesta al comodoro que, en vista
de la posición adoptada por Rusia, que exige que España sea atraída a las
filas de la coalición contra Napoleón, no puede autorizar ninguna acción
hostil contra las colonias de América. Concluye, sin embargo, con una
declaración que tendrá decisiva influencia en la conducta posterior de Popham. Estas fueron las palabras de Pitt:
-Pese
a ello, Popham, y en caso de que fracasen las gestiones que estamos realizando
con España, estoy resuelto a volver a adoptar su proyecto.
Así,
el Comodoro partió a unirse con sus barcos, convencido de que no pasaría
mucho tiempo antes de que Pitt le hiciese llegar la orden de atacar a Buenos
Aires. Al embarcarse en Portsmouth en su buque insignia, el “Diadem”,
Popham lleva en su equipaje una copia del memorial que, en Octubre de 1804,
redactara junto con Francisco Miranda. El plan, después de todo, habrá de
realizarse en cuanto surja la oportunidad favorable.
11
de Noviembre de 1805. La población del puerto brasileño de Bahía se
congrega en los muelles y presencia el inesperado arribo de la fuerza
expedicionaria británica. Popham desciende a tierra y obtiene allí, además
del agua y los alimentos que necesita para su escuadra, nuevos informes que
confirman los que ya ha recibido en Londres. El Río de la Plata carece de
fuerzas militares suficientes para resistir un asalto llevado con decisión y
audacia. Un inglés que acaba de arribar a Bahía, procedente de Montevideo,
no vacila en declarar a Popham: "Si
se realiza el ataque, los mismos habitantes de la ciudad obligarán a la
guarnición española a capitular sin disparar un solo tiro ...”
Cuando
Popham abandona la costa brasileña y enfila hacia Cabo de Buena Esperanza, ya
ha decidido, prácticamente, intentar la empresa. Sólo falta ahora que la
situación en Europa dé el giro necesario para que las autoridades de Londres
depongan su negativa a la realización del ataque.
La
noticia de la recalada de la flota inglesa en Bahía no tarda en difundirse.
En Buenos Aires cunde la alarma, y el Virrey Rafael de Sobremonte moviliza a
todas las fuerzas para enfrentar la invasión, que considera inminente. En
EE.UU., a su vez, los diarios, basándose en rumores y erróneos informes, se
adelantan a los acontecimientos y, cuatro meses antes de que las tropas británicas
desembarquen en el Río de la Plata, publican la noticia de que Buenos Aires
ya ha sido conquistada por Popham y Baird.
La
agresión, no obstante, todavía no habría de producirse. Desviándose de las
costas americanas, los ingleses se dirigieron a Cabo de Buena Esperanza, donde
arribaron en los primeros días de enero de 1806. La conquista de la colonia
se obtuvo fácilmente, tras derrotar a las fuerzas holandesas en corto
combate. Quedaba así cumplida la misión. Popham, impaciente, se mantiene
entonces a la espera de los informes de Europa, dispuesto a lanzarse sobre el
Río de la Plata apenas las circunstancias se lo permitan.
En
el mes de Febrero llegan a manos del comodoro los partes de la extraordinaria
victoria obtenida por el Almirante Nelson en Trafalgar. Las flotas de Francia
y de España han sido eliminadas como fuerzas combativas, en una jornada de
lucha que asegura, en forma definitiva, la supremacía de Gran Bretaña en
todos los mares. Pero ese triunfo se ve contrarrestado, poco después, por la
aplastante derrota que, en Austerlitz Napoleón inflige a los ejércitos
austriacos y rusos. La nueva de esta última batalla la obtiene Popham el 4 de
Marzo de 1806, a través de la tripulación de una fragata francesa que los
ingleses capturan frente a Cabo de Buena Esperanza.
Un
hecho concreto se deriva, sin embargo, de estos dos acontecimientos. España
ha quedado definitivamente ligada a su alianza con Napoleón, y ya no existe
posibilidad alguno, de atraerla a las filas de la coalición que, prácticamente,
ha dejado de existir. Popham, por lo tanto, está en libertad de acción para
llevar adelante sus planes.
El
comodoro resuelve entonces obrar. Thomas Waine, capitán del “Elizabeth”,
un buque negrero norteamericano que ha realizado varios viajes a Buenos Aires
y Montevideo, le confirma las noticias sobre la debilidad de las fuerzas que
defienden ambas plazas. No hay, en consecuencia, que perder más tiempo. El 9
de Abril Popham envía una carta al almirantazgo en la que comunica que ha
decidido no permanecer inactivo en Cabo, pues allí ya ha desaparecido todo
peligro, y que parte con sus naves a operar sobre las costas del Río de la
Plata.
Al
día siguiente Popham se hace a la vela, pero poco después debe interrumpir
la navegación al amainar el viento. Aprovecha entonces la circunstancia para
exigir resueltamente al general Baird que secunde sus planes, facilitándole
un contingente de tropas. Los informes del capitán norteamericano y los que
obtiene de un marinero inglés que ha vivido ocho años en Buenos Aires le
sirven como poderoso argumento en la discusión que mantiene con su colega.
Finalmente, Baird, convencido de que ya nada detendrá a Popham en su
aventura, decide darle el apoyo que solicita.
Queda así
resuelto el ataque a Buenos Aires. El 14 de Abril de 1806 zarpan de Ciudad del
Cabo los barcos de Popham, escoltando a cinco transportes en los que viajan más
de 1.000 soldados, comandados por el general Guillermo Carr Beresford.
Veterano de muchas campañas, Beresford es, por su resolución y coraje, el
hombre indicado para intentar el plan. Como principal fuerza de asalto, el
jefe británico cuenta con los efectivos del aguerrido regimiento escocés 71.
Durante
seis jornadas la flota navega sin inconvenientes, rumbo al oeste. El 20 de
Abril, sin embargo, se desencadena un violento vendaval y los barcos se
dispersan, perdiéndose contacto con uno de los transportes de tropas. Popham,
para cubrir la pérdida, se dirige a la isla Santa Elena, donde solicita y
obtiene del gobernador británico un refuerzo de casi 300 hombres. Antes de
abandonar la isla, el marino envía una última carta al almirantazgo para
justificar, nuevamente, su conducta. A esa nota adjunta el célebre memorial
que, en 1804, presentara a Pitt. Esa es la prueba de que la expedición no
responde a una decisión improvisada, sino que es el resultado de un plan ya
estudiado por el gobierno británico. La conquista de Buenos Aires, señala Popham, dará a los ingleses la posesión del "centro comercial más
importante de toda Sud América".
Se
inicia entonces la larga travesía. Una fragata, la “Leda”, se adelanta al
grueso de la flota y navega velozmente hacia las costas americanas, con la
misión de reconocer el terreno. La aparición de esa nave, que se presenta
ante la fortaleza de Santa Teresa, en la Banda Oriental, el 20 de Mayo de
1806, da la primera alarma a las autoridades del Virreinato.
13
de Junio de 1806. Desde hace cinco jornadas la flota británica se encuentra
en las aguas del Río de la Plata. Popham y Beresford están ahora reunidos a
bordo de la fragata “Narcissus”, junto con sus principales lugartenientes.
Los dos jefes británicos han convocado a una junta de guerra, para tomar la
resolución definitiva acerca de cuál será el objetivo de ataque. Hasta ese
momento, Beresford ha sostenido la conveniencia de ocupar en primer término a
Montevideo, pues esta plaza cuenta con poderosas fortificaciones que serán de
gran utilidad para la reducida fuerza invasora, si se produce una violenta
reacción de la población del Virreinato. Popham, sin embargo, está resuelto
a atacar directamente a Buenos Aires, y tiene en su favor un argumento
extraordinariamente convincente. Gracias a los informes de un escocés, que
viajaba en un barco capturado por los ingleses pocos días antes, se sabe que
en Buenos Aires se encuentran depositados los caudales reales destinados a ser
enviados a España. La perspectiva de echar mano al tesoro disipa, finalmente,
todas las dudas. Además, la conquista de Buenos Aires, capital del
Virreinato, tendrá, a juicio de Popham, una influencia mucho mayor sobre el
ánimo de la población de la colonia que la captura del puesto secundario de
Montevideo. Con extrema audacia, el marino británico decide así jugarse el
todo por el todo.
22
de Junio de 1806. Al caer la
tarde fondea en el puerto de la Ensenada de Barragán, a pocos kilómetros al
este de Buenos Aires, una embarcación española. El comandante de la nave
trae alarmantes noticias que no tardarán en llegar a conocimiento del Virrey Sobremonte. Los barcos ingleses se dirigen hacia Ensenada, lo que indica que
el ataque será descargado contra la capital del Virreinato. Sobremonte, al
recibir el informe, ordena inmediatamente el envío de refuerzos a la batería
de ocho cañones emplazada en la Ensenada, y designa al oficial de marina
Santiago de Liniers para que se haga cargo de la defensa de la posición.
Liniers parte sin tardanza para asumir el nuevo comando.
A partir de ese momento, los
acontecimientos se precipitan. El 24 de Junio, y ante la llegada de nuevos
informes que señalan la aparición de las naves inglesas frente a la
Ensenada, Sobremonte lanza un bando convocando a todos los hombres aptos para
empuñar las armas a incorporarse en el plazo de tres días a los cuerpos de
milicias. Pese a la gravedad de la situación, esa noche el Virrey asiste,
junto con su familia, a una función que se realiza en el teatro de Comedias. Su aparente serenidad, sin embargo, pronto habrá de
desvanecerse por completo.
En
medio de la representación irrumpe en el palco del Virrey un oficial que trae
urgentes pliegos enviados por Liniers desde la Ensenada. Los ingleses, esa mañana,
acaban de realizar un amago de desembarco, aproximando a tierra ocho lanchas
cargadas de soldados. El ataque, sin embargo, no se concretó, lo que induce a
Liniers a señalar en su despacho que la flota enemiga no está integrada por
unidades de la Marina real inglesa, sino “por despreciables corsarios,
sin el valor y resolución para
atacar, propios de los buques de guerra de toda nación”.
Sobremonte,
sin embargo, no participa del juicio de Liniers. Abandona inmediatamente el
teatro, sin aguardar a que concluya la función, y se dirige rápidamente a su
despacho en el Fuerte. Allí redacta y
firma una orden disponiendo la concentración y el alistamiento de todas las
fuerzas de defensa. Para no provocar la alarma en la ciudad, que duerme ajena
al inminente peligro, dispone que no sean disparados los cañonazos
reglamentarios, y envía partidas de oficiales y soldados a comunicar
verbalmente la orden de movilización a los milicianos.
Llega así la mañana del 25 de Junio. Frente a
Buenos Aires aparecen, en línea de batalla, los barcos ingleses. En el Fuerte
truenan los cañones, dando la alarma, y una extrema confusión se extiende
por toda la ciudad. Centenares de hombres acuden desde todos los barrios hacia
los cuarteles, donde se ha comenzado ya a repartir, en medio de un terrible
desorden, las armas y equipos.
Poco después de las 11, y ante la sorpresa de Sobremonte, las naves enemigas se hacen nuevamente a la vela y ponen rumbo
hacia el sudeste. El Virrey cree que los ingleses han renunciado al ataque.
Pronto, sin embargo, sale de su engaño. Desde Quilmes resuena el cañón de
alarma, anunciando que allí se ha iniciado el desembarco.
Al mediodía del 25 de Junio, ponen pie en tierra, en
la playa de Quilmes, los primeros soldados británicos. La operación de
desembarco continúa sin oposición alguna durante el resto de la jornada.
Hombres y armas son conducidos en un incesante ir y venir a tierra, por veinte
chalupas. Al llegar la noche, Beresford pasa revista a sus hombres bajo una fría
llovizna que no tarda en convertirse en fuerte aguacero. Son sólo 1.600
soldados y oficiales, y cuentan, como único armamento pesado,
con ocho piezas de artillería. Sin embargo, esa reducida fuerza está
integrada por combatientes profesionales, para los cuales la guerra no es más
que un oficio. Veteranos de cien combates, están resueltos, al igual que su
jefe, a tomar por asalto una ciudad cuya población supera los 40.000
habitantes. Esa es la orden, y habrán de cumplirla, enfrentando cualquier
riesgo.
Con
la llegada del día, Beresford ordena a sus tropas aprestarse para el ataque.
A las once los tambores inician su redoble, y las banderas son desplegadas al
viento. Desde lo alto de la barranca que enfrenta la playa, el subinspector
general de las tropas, coronel Pedro de Arce, enviado por Sobremonte a
contener a los ingleses, observa el desplazamiento de las fuerzas enemigas.
Con paso acompasado, y acompañados por los aires marciales de los gaiteros,
los británicos avanzan hacia el bañado que los separa de Arce y sus 600
milicianos. Estos últimos, armados con unas pocas carabinas, espadas y
chuzas, se agrupan detrás de los tres cañones con los cuales se proponen
rechazar el asalto británico.
El
choque, en esas condiciones, no puede tener más que un resultado. Marchando a
través de los pajonales, las compañías del regimiento 71 escalan
resueltamente la barranca y, a pesar de las descargas de los defensores, ganan
la cresta y los arrollan, poniéndolos en fuga.
A
partir de ese momento el caos se desencadena en las fuerzas de la defensa de
Buenos Aires, Integradas en su casi totalidad por unidades de milicianos
carentes de toda instrucción militar. Falla la conducción, en la persona de Sobremonte, quien, abrumado por la derrota de sus vanguardias, sólo atina a
amagar un débil intento de resistencia en las márgenes del Riachuelo.
Concentra allí tropas y hace quemar el Puente de Gálvez (actual puente
Pueyrredón) que, por el sur, da acceso directo a la ciudad. Esa posición,
sin embargo, no será sostenida. Ya en la tarde del mismo día 26 de Junio,
Sobremonte se entrevista con el Coronel Arce, y le manifiesta claramente que
ha resuelto emprender la retirada hacia el interior.
Beresford,
por el contrario, actúa con toda la energía que exigen las circunstancias.
Después del combate de Quilmes sólo da a sus tropas dos horas de descanso,
y, a continuación, emprende con tenacidad la persecución del enemigo
derrotado. No logra, sin embargo, llegar a tiempo para impedir la destrucción
del Puente de Gálvez, pero, el 27 de Junio, somete las posición de los
defensores en la otra orilla a un violento cañoneo, y los obliga a retirarse.
Se arrojan entonces al agua varios marineros y traen de la margen opuesta
botes y balsas, en los cuales cruza la corriente una primera fuerza de asalto.
Así se conquista un
punto de apoyo. Beresford ordena entonces tender inmediatamente un puente
improvisado, valiéndose de las embarcaciones, y el resto de sus tropas cruza
rápidamente el Riachuelo. Ya nada podrá impedir el avance británico sobre
el centro de la ciudad capital del Virreinato.
Sobremonte
ha presenciado, desde la retaguardia, las acciones que culminan con el
abandono de la posición del Puente de Gálvez. En ese momento se encuentra al
frente de las fuerzas de caballería que, con la llegada de refuerzos
provenientes de Olivos, San Isidro y Las Conchas, suman cerca de 2.000
hombres. Rehúye, sin embargo, el combate, y emprende la retirada hacia la
ciudad por la "calle larga de Barracas" (actual avenida Montes de Oca).
Los
que no están al tanto de los planes del Virrey suponen que ese movimiento
tiene por fin organizar una última resistencia en el centro de Buenos Aires.
No obstante, al llegar a la "calle
de las Torres" (actual Rivadavia), en vez de dirigirse hacia el
Fuerte, Sobremonte dobla en sentido contrario y abandona la capital. Su
apresurada marcha, a la que no tarda en incorporarse su familia, continuará
en sucesivas etapas hasta concluir finalmente en la ciudad de Córdoba.
Mientras
tanto, en Buenos Aires reina una espantosa confusión. Desde el Riachuelo
afluyen, en grupos desordenados, las unidades de milicianos que, sin disparar
prácticamente un solo tiro, han sido obligadas a retirarse, después de la
retirada del Virrey.
El
Fuerte se convierte entonces en centro de los acontecimientos que culminarán
con la capitulación. Allí se encuentran reunidos los jefes militares, los
funcionarios de la Audiencia, los miembros del Cabildo y el Obispo Lué.
Totalmente
abatidos, después de recibir la noticia de la retirada de Sobremonte, los
funcionarios españoles aguardan la llegada de Beresford para rendir la plaza.
Tienen la impresión de que, en la hora más difícil, el jefe del Virreinato
y representante del monarca los ha abandonado.
Poco
después de mediodía arriba al Fuerte, con bandera de parlamento, un oficial
británico enviado por Beresford, Este expresa que su jefe exige la entrega
inmediata de la ciudad y que cese la resistencia, comprometiéndose a respetar
la religión y las propiedades de los habitantes.
Los
españoles no vacilan en aceptar la intimación, limitándose a exponer una
serie de condiciones mínimas en un documento de capitulación que envían a
Beresford sin tardanza. Así, Buenos Aires y sus 40.000 habitantes son
entregados a 1.600 Ingleses que sólo han disparado unos pocos tiros.
El
audaz golpe planeado por Popham ha dado pleno resultado. La ciudad está en
sus manos, y los británicos sólo han tenido que pagar, como precio por la
extraordinaria conquista, la pérdida de un marinero muerto. Las restantes
bajas de las fuerzas de Invasión sólo suman trece soldados heridos y uno
desaparecido.
Beresford
marcha ya resueltamente sobre el Fuerte. En el camino recibe las condiciones
escritas de capitulación que le hacen llegar las autoridades españolas. El
general sólo detiene su avance unos minutos, para leer los pliegos, y luego
manifiesta autoritariamente al portador del documento:
-Vaya
y diga a sus superiores que estoy conforme y firmaré la capitulación en
cuanto dé término a la ocupación de la ciudad... ¡Ahora no puedo perder más
tiempo!
A
las 4 de la tarde desembocan en la Plaza Mayor (actual Plaza de Mayo) las
tropas británicas, mientras cae sobre la ciudad una fuerte lluvia. Los
soldados ingleses, a pesar de su agotamiento, desfilan marcialmente, acompañados
por la música de su banda y sus gaiteros. El general Beresford trata de dar
la máxima impresión de fuerza y ha dispuesto que sus hombres marchen en
columnas espaciadas. La improvisada artimaña, empero, no puede ocultar a la
vista de la población el reducido número de las tropas invasoras que se
presentan ante el Fuerte.
El General británico, acompañado por sus ofíciales, hace entonces entrada en
la fortaleza, y recibe la rendición formal de la capital del Virreinato. Al día
siguiente, flamea ya sobre el edificio la bandera inglesa. Durante cuarenta y
seis jornadas, la enseña permanecerá allí como símbolo de un intento de
dominación que, sin embargo, no llegará a concretarse.
Efectivamente.
Ninguno de los dos jefes británicos considera que la empresa ha concluido. A
pesar del acatamiento formal que les prestan las autoridades, saben que la
indignación cunde en el pueblo al verificar que la ciudad ha sido capturada
por un simple puñado de soldados.
La
resistencia, que no tardará en organizarse, sólo podrá ser enfrentada
mediante la llegada de los refuerzos que Beresford y Popham se apresuran a
solicitar al gobierno de Londres.
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William Pitt, primer
Ministro de Gran Bretaña, y Napoleón, Emperador de Francia. se
disputan el dominio del mundo. Grabado de 1805 |
El Embajador británico
en París, Lord Charles Witworth, frente a Napoleón. |
Retrato de William Pitt |
Henry Melville, primer
Lord del Almirantazgo. |
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Avance de las tropas
inglesas sobre Buenos Aires, en momentos de cruzar el Riachuelo. Grabado
inglés de la época. |
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