1º de Julio de 1806. En usa celda del convento de Santo Domingo, Santiago de Liniers mantiene una secreta conversación con el prior, Fray Gregorio Torres. Liniers acaba de llegar a Buenos Aires, después de solicitar y obtener de Beresford permiso para entrar en la ciudad, En las últimas jornadas, ha permanecido al frente de la batería de la Ensenada, distanciado de los combates que culminaron con la derrota de las fuerzas del Virreinato. Por lo mismo, está libre del compromiso, impuesto a los soldados españoles capturados, de no tomar nuevamente las armas contra los británicos.

Liniers, en consecuencia, está decidido a lanzarse nuevamente a la lucha para liberar a Buenos Aires. Y así lo comunica, con emocionada determinación, al prior de Santo Domingo:

- Estoy resuelto a hacerlo, reverendo padre. Hoy mismo, en el transcurso de la Misa, he hecho ante la imagen sagrada de la Virgen un voto solemne. Le ofreceré las banderas que tome a los británicos si la victoria nos acompaña. Y no dudo que la obtendré si marcho a la lucha con la protección de Nuestra Señora.

La promesa no es vana. Nueve días más tarde, y después de ponerse al tanto de los trabajos de resistencia que organizan en la ciudad los grupos acaudillados por Martín de Alzaga, Liniers se embarca en el puerto de Las Conchas (actual Tigre), y se dirige a la Banda Oriental, para combinar operaciones con el gobernador de Montevideo, brigadier Pascual Ruiz Huidobro, quien también planea ya un ataque para expulsar a los ingleses de Buenos Aires.

Beresford, entre tanto, dicta una serie de medidas liberales de gobierno para ganarse el favor de la población, en la creencia de que esta política tendrá grandes resultados para los intereses británicos, aun en el caso de que sus tropas deban abandonar Buenos Aires y la ciudad sea reintegrada a los españoles. Así lo manifiesta en un informe que envía a Londres, señalando que dichas disposiciones habrán de minar la lealtad de los habitantes del Virreinato, “de manera que si fueran devueltos (aquellos habitantes), le será a España extremadamente difícil gobernarlos”.

Paralelamente, Beresford exige y obtiene que le sea entregado el tesoro que, en el momento del ataque a la, ciudad, fuera conducido por orden de Sobremonte a la villa de Luján. Una partida de soldados británicos se dirige hacia esa localidad y trae de regreso, en un tren de carretas, los caudales reales. El dinero, que suma más de 1.000.000 de pesos fuertes, es entonces embarcado en una de las fragatas de Popham, y conducido inmediatamente a Gran Bretaña. Posteriormente será repartido entre todos los jefes, oficiales y soldados que intervinieron en la expedición.

Buenos Aires bulle ya en actividades conspirativas. Numerosos soldados británicos son inducidos a desertar, hecho que obliga a Beresford a lanzar un bando por el cual amenaza con la pena de muerte a todo aquel que incite a sus tropas a abandonar las filas. Martín de Alzaga, entre tanto, trabaja activamente junto con sus compañeros, decididos a jugarse el todo por el todo para expulsar a los ingleses.

Entre los cabecillas de los grupos que actúan. en la ciudad, se destacan Felipe Sentenach, Gerardo Estevé y Llach, José Fornaguera, Esquiza y Juan de Dios Dozo. Estos son los hombres que ponen en marcha el célebre “plan de las minas”, con el cual pretenden volar los emplazamientos de las tropas británicas: el Fuerte y el cuartel de la Ranchería (este último ubicado en la actual esquina de Perú y Alsina).

Este proyecto no se limita únicamente a una operación contra los ingleses; tiene, también, proyecciones políticas. El 15 de Julio se reúnen los complotados y nombran jefe a Sentenach, quien, de inmediato, toma a su cargo la dirección de los trabajos de excavación de los túneles. En la misma reunión, los miembros del grupo señalan que, si la reconquista tiene éxito, ellos, en nombre del pueblo, convocarán a Cabildo Abierto para elegir los jefes que “supremamente han de gobernar hasta que otra cosa se determine por nuestro monarca”.

La decisión de eliminar a Sobremonte del gobierno del Virreinato surge, pues, con mucha anterioridad a la derrota de las fuerzas británicas. Sobremonte, con su retirada, se ha ganado el repudio de los criollos y españoles de Buenos Aires, quienes, llegado el momento, no vacilarían en derrocarlo designando en su reemplazo al caudillo de la reconquista, Santiago de Liniers.

Este último llega a Montevideo el 16 de Julio. Allí se entrevista con Ruiz Huidobro, ofreciéndole sus servicios para encabezar la expedición contra Buenos Aires. Se encuentra también en esa ciudad, Juan Martín de Pueyrredón, destacado criollo que se manifiesta decidido a jugarse en la empresa.

Después de discutir la situación, los tres hombres acuerdan que Pueyrredón regrese a Buenos Aires y reclute gente en la campaña para apoyar el desembarco de las fuerzas que serán enviadas desde la Banda Oriental.

La acción libertadora se encuentra ya en marcha. Mientras en Montevideo Ruiz Huidobro y Liniers organizan, con el entusiasta apoyo de la población, las fuerzas que habrán de marchar sobre Buenos Aires, Pueyrredón reúne gran cantidad de paisanos de los partidos de San Isidro, Morón, Pilar y Luján. También de la capital llegan centenares de hombres, ansiosos por participar en la lucha. Pueyrredón establece entonces el punto de concentración en la chacra de Perdriel, propiedad del padre de Manuel Belgrano (estaba emplazada en los terrenos actualmente ubicados entre el Colegio Militar de la Nación y la estación Villa Ballester). Allí, el 31 de Julio de 1806, se encuentran reunidos más de 1.000 hombres con sus caballadas.

Esa noche Beresford asiste con sus oficiales a una función en el Teatro de la Comedia. Tiene ya Informes de que la rebelión está gastándose y ha dispuesto que parte de sus fuerzas permanezcan acuarteladas y sobre las armas. Al concluir la representación, los ingleses se retiran al Fuerte. Allí Beresford recibe una sorpresivo noticia, que le comunica uno de sus espías. En la chacra de Perdriel, a menos de 30 Km. de Buenos Aires, hay una multitud de hombres armados que, bajo las órdenes de Pueyrredón, están dispuestos a luchar contra la dominación inglesa.

La reacción de Beresford es inmediata. Manda llamar al coronel Sir Denis Pack, jefe del regimiento 71, y le ordena que de inmediato 500 soldados de su unidad y 50 del batallón de Santa Elena se apresten a marchar sobre la chacra de Perdriel. En las primeras horas del 1º de Agosto, la columna británica, encabezada por el mismo Beresford, abandona Buenos Aires y parte al encuentro de las fuerzas de Pueyrredón.

A las 8 de la mañana, y después de una marcha agotadora, los británicos irrumpen sorpresivamente en el campamento de Perdriel. La gente de Pueyrredón intenta resistir, pero no tarda en desbandarse ante el arrollador asalto de los infantes del 71. Pueyrredón, empero, seguido por unos diez paisanos, se lanza al galope contra las líneas inglesas. Su intención es apoderarse de la artillería de Beresford, y logra, con audaz maniobra, sorprender a los británicos, franqueando su retaguardia. Un piquete del 71, sin embargo, enfrenta a los atacantes y los rechaza con una descarga cerrada. El caballo de Pueyrredón rueda muerto, alcanzado de lleno por un proyectil. En ese dramático instante, surge imprevistamente un paisano, Lorenzo López, quien, aproximándose al galope, levanta a Pueyrredón en ancas de su propia cabalgadura, y le salva la vida.

La desesperada carga de Pueyrredón no altera el resultado del combate, En menos de veinte minutos Beresford queda dueño del campo, con la única pérdida de cinco hombres heridos. A pesar de ello, Pueyrredón y sus paisanos volverán a agruparse y se incorporarán más tarde a las fuerzas que manda Liniers.

Después de permanecer en Perdriel un par de horas, Beresford emprende el regreso a Buenos Aires con la artillería capturada y cinco prisioneros. Entre estos últimos se encuentra un desertor de su propio ejército, un soldado alemán, católico, que se pasó a las filas españolas. Para sentar ejemplo, Beresford lo hace fusilar, pocos días después, frente a todo el regimiento 71 formado en cuadro.

4 de Agosto de 1806. Son las nueve de la mañana. En el fondeadero del río Las Conchas reina un movimiento extraordinario. Decenas de embarcaciones se aproximan a la ribera, y de ellas descienden los soldados de la fuerza expedicionaria de Liniers. El marino francés, que hace ya más de treinta años sirve a la corona de España, da así principio a la marcha que culminará con la reconquista de Buenos Aires.

En menos de una hora las tropas terminan la operación de desembarco. Bajan también a tierra más de 300 marineros de la flotilla y, al mando de su jefe, Brigadier Juan Gutiérrez de la Concha, pasan a engrosar los efectivos de Liniers. Este resuelve pernoctar en el lugar para iniciar el avance al día siguiente. Los soldados deben soportar esa noche una violenta lluvia que, con breves interrupciones, habrá de prolongarse hasta el día 8 de Agosto. Ese temporal tiene decisiva influencia en el desarrollo de las operaciones, pues Beresford, que se propone salir de Buenos Aires para enfrentar a campo abierto a las columnas de Liniers, se ve obligado a permanecer en la capital. Desprovisto de tropas de caballería, el General inglés considera imposible marchar a pie con sus soldados por los caminos que la lluvia ha convertido en ríos de barro.

Las tropas españolas y criollas acometen, sin embargo, la dura travesía por el lodazal. Salvo una compañía de Dragones, y la caballería voluntaria que comanda Pueyrredón, el resto de la fuerza debe marchar a pie. El avance, finalmente, se interrumpe en San Isidro. En la mañana del 9 de Agosto las condiciones del tiempo mejoran, y Liniers da nuevamente la orden de marcha. Al otro día el ejército se encuentra en los Corrales de Miserere (actual Plaza Once), a pocos kilómetros al oeste de Buenos Aires.

En la ciudad, Beresford verifica con alarma la creciente hostilidad de la población. La provisión de víveres se interrumpe y los negocios y pulperías cierran sus puertas. El jefe inglés comprende entonces que no podrá mantenerse por mucho tiempo en la plaza, donde sus tropas corren el peligro de quedar atrapadas y sin posibilidad alguna de escapatoria. Piensa ya retirarse a través del Riachuelo hasta el puerto de la Ensenada, para reembarcarse allí en la flota de Popham.

Al
caer la tarde, arriba al fuerte un emisario de Liniers, el capitán Hilarión de la Quintana, quien presenta a Beresford una intimación de rendición, Este último la rechaza en caballeresco mensaje y, temiendo un sorpresivo ataque nocturno, atrinchera sus fuerzas en torno de la Plaza Mayor. Hombres y cañones son emplazados en el Fuerte, la Recova y los edificios y calles que rodean la plaza. El temido asalto, sin embargo, no se produce.

Esa misma noche, mientras los ingleses montan nerviosa guardia en el centro de Buenos Aires, las tropas de Liniers se desplazan en una marcha de flanco sobre el Retiro. En el transcurso del avance comienza la incorporación masiva y entusiasta de la población de la capital a la fuerza reconquistadora. Centenares de hombres y niños se pliegan a las filas de Liniers, reclamando armas para participar en la lucha. Los cañones son arrastrados a pulso, a través del barro, por cuadrillas de muchachos, hecho que permite a Liniers alcanzar su objetivo en la madrugada del 11 de Agosto.

Toda la ciudad está ya en rebelión. Desde las azoteas y balcones se hace fuego de fusilaría sobre las tropas inglesas que intentan abandonar la plaza para salvar al destacamento del Retiro. Allí los hombres de Liniers consiguen aplastar rápidamente la resistencia de los británicos. De los 15 soldados que defienden el arsenal, ocho son muertos, cinco heridos y dos caen prisioneros.

Beresford enfrenta ahora una situación desesperada. Desde todas las direcciones convergen sobre la plaza grupos de la fuerza enemiga, avanzando a través de los techos y azoteas. Uno a uno, los puestos avanzados británicos son aniquilados. Es necesario tomar una decisión antes de que sea demasiado tarde. Esa misma mañana, Popham baja a tierra y sostiene una dramática conferencia con Beresford. Los dos jefes comprenden que la aventura ha terminado, y que es preciso actuar cuando aún queda tiempo para salvar a la tropa. Resuelven entonces embarcar esa misma noche, en el muelle de la ciudad, a todos los heridos y a las mujeres e hijos de los soldados del 71 que, como era común en la época, acompañaban a la tropa en las campañas de larga duración. Las tropas, apenas despunte el día, abandonarán la ciudad y se dirigirán a marcha forzada al puerto de la Ensenada, donde se embarcarán inmediatamente.

Sin embargo, el ejército de Liniers y el pueblo de Buenos Aires impedirán que los británicos concreten su propósito.

12 de agosto de 1806. Por las calles que conducen a la Plaza Mayor, avanzan en tropel las fuerzas de la reconquista, envueltas en el humo de las explosiones y el retumbar de los disparos. Liniers, instalado con sus lugartenientes en el atrio de la iglesia de la Merced, ha perdido el control de las operaciones: sus soldados, mezclados con el pueblo que pelea a mano desnuda, no escuchan ya las voces de los oficiales, y se lanzan en un solo impulso a aniquilar al enemigo. Un diluvio de fuego se desata sobre las posiciones británicas en la plaza.. Allí, al pie del arco central de la Recova, está Beresford, con su espada desenvainada, rodeado de los escoceses del 71. Esta es la última resistencia.

Las descargas incesantes abren sangrientos claros en las filas británicas. A los pies de Beresford cae, ultimado de un balazo, su ayudante, el Capitán Kennet. El jefe inglés comprende que ya no es posible continuar la lucha, pues sus tropas serán aniquiladas hasta el último hombre. Ordena entonces la retirada hacia el Fuerte. Allí, momentos más tarde, iza la bandera de parlamento.

Volcándose como un torrente en la plaza, las tropas y el pueblo llegan hasta los fosos de la fortaleza, dispuestos a continuar la lucha y exterminar a cuchillo a los británicos. En esas circunstancias arriba Hilarión de la Quintana, enviado por Liniers a negociar la rendición. Esta deberá ser sin condiciones. La muchedumbre, terriblemente enardecida, es a duras penas contenida. Se exige a gritos que Beresford arroje la espada. Un capitán británico lanza entonces la suya, en un intento por calmar a la multitud. Pero eso no conforma a la gente, y Beresford debe aceptar, aun antes de que sus soldados hayan depuesto las armas, que una bandera española sea enarbolada sobre la cima del baluarte.

Liniers
está ahora a pocos metros de la entrada de la fortaleza, aguardando la salida de su rival vencido. Beresford, acompañado por Quintana y otros oficiales, marcha hacia Liniers a través de la multitud que le abre paso. El encuentro es breve. Los dos jefes se abrazan y cambian muy pocas palabras. Liniers, después de felicitar a Beresford por su valiente resistencia, le comunica que sus tropas deberán abandonar el Fuerte y depositar sus armas al pie de la galería del Cabildo. Las fuerzas españolas rendirán, como corresponde, los honores de la guerra.

A las 3 de la tarde del 12 de Agosto de 1806, el regimiento 71 desfila por última vez en la Plaza Mayor de Buenos Aires. Con sus banderas desplegadas los británicos marchan entre dos filas de soldados españoles que presentan armas, hasta el Cabildo, y allí arrojan sus fusiles al pie del jefe vencedor.

En ese momento, el Comodoro Popham se dirige, a bordo de la fragata “Leda”, hacia el puerto de la Ensenada. Desde allí, después de inutilizar la batería española, emprende viaje hacia Montevideo, donde se reúne con el resto de su flota. Popham, pese a la derrota, no ha perdido sus esperanzas. Sabe que ya navegan, rumbo al Río de la Plata, nuevas fuerzas británicas.

14 de Agosto de 1806. En Buenos Aires reina una enorme agitación. Se ha difundido la noticia de que el Virrey Sobremonte regresa a la capital, decidido a reasumir el gobierno. Esto, para los porteños, es inaceptable. Grupos de exaltados recorren las calles, exigiendo a gritos la destitución de Sobremonte. Frente al Cabildo, donde se hallan reunidos en asamblea extraordinaria los principales hombres de la ciudad, se concentra una inmensa muchedumbre, dando mueras al virrey y aclamando a Liniers, el héroe de la reconquista.

En el interior del Cabildo la asamblea se desarrolla desordenadamente, bajo la presión de la gritería que llega desde la plaza. Sobremonte debe ser separado del mando, ésa es la opinión multitudinaria. Sin embargo, los funcionarios españoles de la Audiencia, a los que se une el obispo Benito Lué y Riega, tratan de impedir que se concrete esa medida. Para ellos, Sobremonte no puede ser privado en forma alguna de su cargo, pues eso implicaría un atropello contra la autoridad del rey. Contra esos argumentos te levanta la airada respuesta de varios asambleístas. Uno de ellos, el criollo Joaquín Campana, afirma resueltamente:


-¡Es el pueblo, para asegurar su defensa, el que tiene autoridad para decidir quién habrá de gobernarlo!


En la plaza la agitación degenera en tumulto. Juan Martín de Pueyrredón se asoma a los balcones del Cabildo e incita a la multitud a exigir la entrega inmediata del poder a Liniers. La gente se arremolina y atropella contra los guardias que custodian las entradas del edificio. Muchos consiguen irrumpir en el recinto donde se celebra la reunión, y exigen enardecidos que se proceda sin más trámite a acatar la voluntad popular.

En medio del desorden, los miembros de la Audiencia abandonan el Cabildo, paro, provocar, con su ausencia, la disolución de la Asamblea. No logran, empero, su propósito. Los que permanecen en el edificio ponen término a la discusión y designan a Liniers jefe militar de la ciudad. Al tener noticia del nombramiento, la multitud estalla en una ovación ensordecedora. Así, la jornada del 14 de Agosto marca. el fin de toda una época. El pueblo de Buenos Aires, al imponer la designación de Liniers, su caudillo, ha ejercido por primera vez su soberanía.

Se inicia el mes de Septiembre de 1806. El Comodoro Popham se encuentra con sus barcos frente a Montevideo, bloqueando estrechamente el puerto. La permanencia de la fuerza naval británica en el Río de la Plata señala claramente que, a corto plazo, habrá de producirse un nuevo ataque. Buenos Aires, ante la amenaza, se prepara febrilmente para la defensa. El día 6, Liniers lanza una proclama en la que convoca a todos los hombres aptos para empuñar las armas a incorporarse en los batallones que serán organizados para enfrentar la agresión. Estos cuerpos, por decisión de Liniers, se identificarán por el lugar de nacimiento de sus componentes. El caudillo crea así un nuevo ejército que nada tiene que ver con la fuerza profesional que hasta entonces existía en el Virreinato. El suyo será un ejército popular, con sus jefes y oficiales elegidos por la propia tropa.

La razón de esta medida es muy simple: Liniers sabe que no puede esperar ninguna ayuda de España, pues desde la victoria de su escuadra en Trafalgar, los británicos dominan en forma absoluta las comunicaciones oceánicas con la Península. El Virreinato, por lo tanto, está enteramente. librado a su propia suerte. Para enfrentar la nueva invasión inglesa no queda, en consecuencia, más que recurrir a la movilización masiva de los vecinos. Habrá que improvisarlo todo, apelando a la voluntad de lucha del pueblo.

A partir del 10 de Septiembre, y en medio de un entusiasmo extraordinario, se inicia la constitución
de los cuerpos y la elección de los jefes y oficiales. Surgen así los batallones de Patricios, comandados por Cornelio Saavedra, un comerciante transformado en Coronel por el voto de sus soldados. En ese cuerpo, el más poderoso por el número de sus efectivos, se alistan voluntariamente los criollos naturales de Buenos Aires. Suman más de 1.300 hombres y la mayor parte de ellos son, tal como lo señalan las actas del Cabildo, "jornaleros, artesanos y menestrales pobres". De igual forma se organizan los restantes batallones: Montañeses, Catalanes, Andaluces, Asturianos, Arribeños, Migueletes, Cazadores, Gallegos y Húsares. Cada unidad procede a designar sus comandantes, eligiendo a los hombres que se consideran más capaces para ejercer el mando.

El ejército que forma Liniers suma pronto una fuerza de 8.000 soldados. Muchos hombres más desean incorporarse a las filas, pero no hay suficientes armas para equiparlos. En los arsenales sólo existen 4.000 fusiles, de los cuales 1.600 son los capturados a las tropas inglesas de Beresford. Liniers recurre entonces a la población, y requisa todas las armas de fuego de propiedad privada. Así se consigue aumentar en parte el armamento. La falta de pólvora constituye el obstáculo más grave, pues no se puede esperar envío alguno de España. La otra fuente de abastecimiento, Chile, tampoco está en condiciones de proporcionar pólvora a Buenos Aires en forma inmediata, pues los pasos de la cordillera están cerrados por las nieves invernales. En última instancia, este problema también quedará resuelto: los meses corren sin que el ataque británico se produzca y, a principios de Enero de 1807, al llegar el verano, son traídas con toda urgencia desde Chile varias toneladas de pólvora. Buenos Aires queda, entonces, en condiciones de enfrentar la invasión.

Diariamente, desde las seis hasta las ocho de la mañana, los voluntarios se concentran en las plazas y espacios abiertos de la ciudad, y proceden a adiestrarse en el uso de las armas y en la ejecución de marchas y maniobras. El impresionante espectáculo que ofrecen los ejercicios bélicos de esa inmensa masa de soldados acrecienta la fe de la población en la victoria final. Buenos Aires, convertida en plaza de guerra, aguarda así el ataque británico.

12 de Octubre de 1806. En las calles de Montevideo la gente se aglomera para presenciar la entrada del Virrey Sobremonte. El gobernador de la plaza, Ruiz Huidobro, ha hecho todo lo posible para dar un solemne recibimiento al mandatario que, repudiado por el pueblo de Buenos Aires, ha resuelto pasar a la Banda Oriental. Sobre la ruta que sigue la carroza del Virrey han sido tendidos arcos de flores, y las tropas formadas en línea presentan sus armas. Pero la población no tarda en expresar abiertamente su oposición a Sobremonte. Días más tarde, cuando el Virrey recorre la ciudad, grupos de muchachos se abalanzan sobre su carroza y arrojan contra ella piedras y desperdicios.

La escena vuelve a repetirse poco después cuando el Virrey realiza un nuevo paseo en compañía de Ruiz Huidobro y su escolta. Esta vez, el pueblo, desde aceras, ventanas y balcones, vocifera sin contemplación alguna su condena:


-¡Muera el traidor
Sobremonte!

Jamás, hasta ese momento, gobernante alguno del Virreinato ha sido objeto de un atropello semejante. La violenta reacción popular señala así el resquebrajamiento de una subordinación que, durante siglos, permaneció inalterada. Sobremonte percibe claramente este hecho, y comprende que la rebelión que se produce en Montevideo y Buenos Aires contra su persona representa una gravísima amenaza contra la perpetuación del orden colonial. Decide entonces informar sin tardanza a la Corte, para justificar su conducta y comunicar los acontecimientos que han culminado con su virtual separación del poder. El 27 de Octubre redacta una larga carta dirigida al primer ministro Godoy, en la que expone el cambio revolucionario que ha tenido lugar en el Virreinato a raíz de la designación de Liniers por el Cabildo Abierto del 14 de Agosto de 1806. Estas son sus declaraciones:


"El abogado Joaquín Campana y dos o tres más de la misma facultad, mozuelos despreciables que le siguieron, fueron los que tomaron la voz en tal Congreso, y con una furia escandalosa intentaron probar que el pueblo tiene autoridad para elegir quién le mandase a pretexto de asegurar su defensa. Los autores de tales hechos cuidaron de preconizar su fidelidad al Rey para cohonestar su desacato al verdadero representante, proporcionándose así un gobierno popular. Liniers, unas veces con apariencia de sumiso y otras con las de independiente, dispone de la imprenta para publicar con ella los papeles que se le antoja, y los que quiere cualquiera, pero lo que es más, los oficios que dirige a Vuestra Excelencia, sin consultar al Virrey, y por congratularse con el pueblo que es el que manda y a quien se somete... crea los empleos que se le presentan a su idea, y ve con la mayor indiferencia los excesos de su gente... junta sus voluntarios urbanos que han substituido a la Milicia, y
por ellos y los veteranos (aunque parece que éstos se le resistieron) se hace hacer los honores de Teniente General, y se torna todo el aire de superioridad y de preeminencia en los actos públicos."

Simultáneamente, en Buenos Aires, el fiscal de la Audiencia, Antonio Caspe y Rodríguez, envía un informe en términos similares al gobierno de España:

"No se puede confiar con las tropas de aquí, ni con las que se trata de levantar: vengan españoles, venga Virrey, hombre acreditado y sin relaciones con el país, vengan oficiales y no se permitan extranjeros con ningún motivo, y esto aunque se verifique la paz, pues lo que menos temo son los enemigos de fuera... es un malísimo ejemplo que Liniers continúe en el mando porque no debe tolerarse que el pueblo imponga su voluntad.”

Sobremonte
y Caspe y Rodríguez alertan de esta forma a la autoridad metropolitana acerca de la grave crisis que se ha desencadenado en el Virreinato, y señalan los peligros que la intervención directa del pueblo en los asuntos públicos implica para la estabilidad y preservación de las instituciones coloniales.

A mediados de Octubre se presentan en el río de la Plata naves británicas, conduciendo a bordo un contingente de 2.000 soldados. Esas tropas, comandadas por el coronel T. J. Backhouse, constituyen el refuerzo que, cuatro meses atrás, solicitara Beresford a su superior, el General Baird, después de concretar la conquista de Buenos Aires. Los soldados han zarpado de Cabo de Buena, Esperanza a fines de Agosto, sin tener noticias de que, en ese momento, Beresford ya ha sido derrotado y capturado junto con sus hombres por las fuerzas de Liniers. El auxilio, por lo tanto, llega demasiado tarde. Pese a ello, Popham, al entrevistarse con Backhouse y discutir con él la situación, resuelve realizar un nuevo ataque. Esta vez el objetivo será la ciudad de Montevideo.

El 28 de Octubre los barcos británicos se aproximan a la costa, e inician un violento cañoneo contra las fortificaciones de Montevideo. Mientras los proyectiles caen sobre la plaza, en las cubiertas de las naves los soldados aguardan con sus armas listas, esperando la orden de embarcar en los botes para lanzarse al asalto. La operación, sin embargo, no se realiza. Una pronunciada bajante en las aguas del río impide a las naves acercarse suficientemente a tierra para apoyar el ataque. Popham, ante la dificultad, resuelve poner término al bombardeo y se dirige con sus barcos río afuera. A la mañana siguiente la flota inglesa echa anclas frente a la localidad de Maldonado, y 400 soldados son bajados a tierra como primera fuerza de choque. En Maldonado, un reducido contingente español intenta oponer resistencia, pero es fácilmente derrotado. La ciudad queda, así en manos de los británicos, y Popham y Backhouse deciden aguardar allí la llegada de nuevos refuerzos para llevar adelante la conquista de Montevideo.

En esta ciudad, la noticia del desembarco de los ingleses y de la ocupación de Maldonado provoca tremenda consternación. Se aceleran los preparativos de la defensa, pues se espera que de un momento a otro aparezcan los británicos y realicen un doble asalto por agua y tierra. El Gobernador Ruiz Huidobro lanza una proclama en la que ordena la movilización de hombres, mujeres y niños para enfrentar el ataque. El documento, cuyo texto es pregonado por todas las calles y plazas, concluye con una dramática exhortación:


“Ha llegado el momento de desplegar la energía de vuestro valor. Decídase el ánimo de los habitantes de Montevideo a morir con honor antes que rendirse.”

La resuelta actitud de Ruiz Huidobro no es, sin embargo, respaldada por el Virrey Sobremonte, quien se niega a marchar al encuentro de las fuerzas británicas atrincheradas en Maldonado. El 1º de Noviembre, el Virrey celebra una junta de guerra con sus principales lugartenientes para trazar un plan defensivo. Ruiz Huidobro llega tarde a la reunión y, ante la discusión que tiene lugar, se abstiene de expresar opinión alguna. Sobremonte, molesto, le requiere finalmente su parecer. El gobernador de Montevideo responde con dureza:


-Puesto que usted tiene el mando, Excelencia, resuelva usted lo que le parezca.

Atónito ante la inesperada afrenta, Sobremonte sólo atina a manifestar:


-¡Señor gobernador, su respuesta ofende mi autoridad!

A esto, Ruiz Huidobro replica encolerizado:

-Dudo que le reste autoridad alguna, pues usted ha perdido a Buenos Aires, la plaza cuyo destino el Rey puso en sus manos!

Mientras en Montevideo el Virrey Sobremonte ve desaparecer los últimos vestigios de su poder, en Londres se desarrollan los acontecimientos que darán origen a la segunda invasión. Un clima de euforia reina en los círculos políticos y comerciales de la capital inglesa, ante la posibilidad de asegurar la conquista de los vastos dominios de España en América mediante una serie de audaces incursiones similares a la realizada por Popham y Beresford contra Buenos Aires. Dos expediciones se han hecho ya a la mar; una comandada por el General Samuel Auchmuty, quien tiene por misión reforzar a Beresford (en ese momento todavía no ha llegado a Inglaterra la noticia de la reconquista de Buenos Aires), y otra comandada por el General Robert Craufurd, quien debe llevar a cabo la ocupación de Chile. Se contempla, simultáneamente, la posibilidad de realizar un ataque contra México, y se encarga el estudio de dicho proyecto al General Arthur Colley Wellesley futuro duque de Wellington.

La puesta en marcha de estas empresas ha sido decidida por el gabinete presidido por Lord William Wyndham Grenville, quien, a raíz de la muerte del primer ministro Pitt, asumió la Jefatura de un nuevo gabinete. Grenville, a diferencia de Pitt, que propugnaba la emancipación de las colonias españolas, está resuelto a llevar a cabo la conquista en firme de los principales puertos y territorios de América. De esta forma se propone contrarrestar la expansión francesa en Europa y, al mismo tiempo, abrir a las exportaciones británicas los inmensos e inexplotados mercados americanos. El bloqueo económico que Napoleón amenaza imponer a Inglaterra quedará, así, frustrado.

Los temores del gobierno inglés pronto quedan confirmados. Napoleón, en fulminante campaña, invade y derrota a Prusia y, el 22 de Noviembre de 1806, firma en Berlín un decreto por el cual ordena el cierre de las costas de Europa al comercio británico. El documento expresa claramente la voluntad del emperador de aniquilar económicamente a los ingleses: “
Las Islas Británicas son declaradas en estado de bloqueo. Todo comercio y todo intercambio con las Islas Británicas queda prohibido”.

Este hecho viene a acelerar los planes de invasión a la América del Sur. Para los británicos la apertura de los mercados de las colonias españolas se ha convertido ahora en una cuestión vital.

A fines de Diciembre de 1806 llegan a Londres los primeros rumores de la derrota de Beresford en Buenos Aires. La inesperada noticia queda confirmada un mes más tarde, y provoca extrema alarma en los círculos comerciales, pues ya han zarpado.

Brigadier General de puertos ingleses, rumbo al Río de la Plata, más de 100 barcos abarrotados con toda clase de mercancías. Los planes de conquista cobran nuevo vigor, y Grenville decide lanzar sin tardanza un nuevo ataque contra Buenos Aires.

Un raudo velero parte inmediatamente hacia el cabo de Buena Esperanza, portando un mensaje para el General Craufurd, por el cual se le ordena abandonar la expedición contra Chile y dirigirse con sus fuerzas al Río de la Plata para unirse allí con las tropas del General Auchmuty. El 24 de Febrero de 1807, el ministro de guerra designa al General John Whitelocke Comandante en jefe de todas las fuerzas que operarán en la América del Sur. Whitelocke dispondrá de un ejército de más de 12.000 soldados para cumplir su misión (2.000 del Coronel Backhouse, 3.800 del General Auchmuty, 4.700 de Craufurd, y 1.800 hombres más que partirán de Inglaterra). Con esa poderosa fuerza la victoria debe, inevitablemente, ser alcanzada.

El 9 de Marzo se hace a la vela la fragata "Thisbe", que conduce a bordo al General Whitelocke y su estado mayor. Tres días antes, Whitelocke ha recibido del rey la designación de Gobernador de los territorios que serán conquistados, con un sueldo adicional de 4.000 libras esterlinas anuales. Ese nombramiento constituye la prueba de la absoluta certeza que los ingleses tienen en el triunfo de la expedición. A su juicio, el Río de la Plata, al que los diarios de Londres califican ya como el “futuro granero de Sudamérica”, pronto habrá de convertirse en un dominio más de la corona británica.