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Mayo
de 1930. En la provincia de Entre Ríos se hacen los preparativos
proselitistas para la elección del nuevo Gobernador, pues llega a su término
el mandato del doctor Eduardo Laurencena, de afiliación antipersonalista.
El periodismo oficialista acusa al Ejecutivo nacional de procurar el
arrasamiento de las autonomías provinciales, e invita a apretar filas
contra “el nuevo Rosas”. En Buenos Aires, a propuesta del doctor Leopoldo Melo, se auspicia
que el comité antipersonalista sea presidido “por la bandera de
Entre Ríos”.
En el Congreso nacional un Senador afirma que “el
estandarte de Urquiza volverá a flamear victorioso en los campos
de Caseros”. Una comisión especial conduce a Buenos Aires la
bandera entrerriana, que no es la de Urquiza sino la enarbolada por
Francisco Ramírez durante la campaña de Cepeda. Algunos diarios ponderan
este “grito de Entre Ríos”
y lo comparan con el pronunciamiento de Urquiza contra “el
tirano porteño”. En Junio, las elecciones realizadas en Entre Ríos
vuelven a dar el triunfo al antipersonalismo,
y a partir de entonces se intensifica la propaganda contra Hipólito
Yrigoyen y su gobierno. Los antipersonalistas, unidos a los
conservadores y a los socialistas independientes, realizan actos públicos
le repudio en la Capital Federal, La Plata y Córdoba.
En
esos mismos días el Teniente General José Félix Uriburu activa
los planes revolucionarios con el apoyo decidido de los conservadores y
las agrupaciones nacionalistas. Este jefe militar manifiesta a sus compañeros
de conspiración que se propone “hacer
una revolución verdadera, que cambie muchos aspectos de nuestro régimen
institucional, modifique la Constitución y evite que se repita el imperio
de la demagogia que hoy nos desquicia. No haré – agrega - un motín
en beneficio de los políticos, sino un levantamiento trascendental y
constructivo con prescindencia de los partidos”.
Pero otro sector de conspiradores, dirigido por el General Agustín
P. Justo, sostiene la tesis de que la revolución debe limitarse a
desalojar del poder al yrigoyenismo, manteniendo el régimen institucional
establecido por la Constitución; este sector cuenta con el apoyo de los
partidos políticos opositores.
El
9 de Agosto los diputados representantes de las fuerzas conservadoras de
Salta, Tucumán, Córdoba, San Luis, Corrientes y Buenos Aires, junto con
los socialistas independientes, publican una declaración - conocida como Manifiesto
de los 44 por el número de firmantes - por la que “resuelven
coordinar en las Cámaras la acción parlamentaria para exigir al Poder
Ejecutivo el cumplimiento de la Constitución Nacional y la correcta
inversión de los dineros públicos”, al tiempo que declaran
coordinar la acción opositora extraparlamentaria “para difundir en
el pueblo y ante el electorado de los respectivos partidos el conocimiento
de los actos ilegales del Poder Ejecutivo y del oficialismo y crear un espíritu
cívico de resistencia a esos abusos y desmanes”; no declaran
abiertamente estar en connivencia con la conjuración de Uriburu,
pero expresan la decisión de “proyectar un plan de acción
encaminado al logro de los propósitos enunciados”, invitando a la “adhesión de todos los
ciudadanos que quieran para la República un gobierno constitucional y
democrático”. En términos similares se pronuncian las Derechas en un manifiesto publicado en La Nación el 10 de
Agosto, y en otro aparecido el 20 los antipersonalistas postulan la “defensa
de la democracia amenazada”. El 21 organiza Uriburu la Legión
de Mayo, que de inmediato se
lanza a la calle y promueve disturbios, proliferando los choques con el Clan
Radical. El mismo día, 6 senadores y todo el bloque de diputados
antipersonalistas lanzan otro manifiesto en el cual se condena duramente
al gobierno de Yrigoyen. El 22, en los teatros Nuevo, Boedo,
Pueyrredón y Mitre, sendas asambleas de elementos opositores al gobierno
reiteran las condenas contra Yrigoyen. El último -domingo de Agosto se
inaugura la Exposición Nacional de Ganadería en las instalaciones de la
Sociedad Rural Argentina, y en ese acto el Ministro de Agricultura, Juan
B. Fleitas, es recibido con una ensordecedora rechifla.
Hasta
el momento los demócratas progresistas y los socialistas se mantienen a
la expectativa. El 26 de Agosto el General Uriburu visita a
Lisandro
de la Torre, a quien invita a participar de la revolución que prepara
“con el fin de deponer al Presidente Yrigoyen, reformar la Constitución,
reemplazar al Congreso por una entidad gremial y derogar la ley Sáenz
Peña”.
Espera el General culminar la operación “sin derramar una sola
gota de sangre”, y ofrece al político santafecino “una cartera en su futuro
gabinete”. Los demócratas progresistas, sin embargo, postulan la
consigna “votos
sí, armas no”; al mismo tiempo, el diputado socialista Nicolás
Repetto enjuicia muy severamente al radicalismo yrigoyenista y auspicia la
tranquilidad en los espíritus ante los cada vez más vehementes rumores
de revolución.
Por
esos días, Yrigoyen cae enfermo de gripe y los accesos febriles le
obligan a guardar cama. Su Ministro de Guerra, General Luis J.
Dellepiane,
le denuncia el inminente estallido de una revolución, pero inútiles
resultan sus esfuerzos para sofocar el movimiento, pues Yrigoyen
desautoriza las medidas represivas que dispone el Ministro. El Presidente,
apoyado por su Ministro del Interior, Elpidio González, considera
también inoportuno decretar el estado de sitio como propone Dellepiane.
El 19 de Septiembre la Juventud Universitaria se pronuncia contra Yrigoyen,
y anuncia que “el
desquicio instituciones ha de acabar pronto”. En todas partes se
habla de revolución, y el diario opositor La Fronda incita
continuamente a precipitar el fin de “la tiranía sangrienta”.
El enviado del Paraguay, Vicente Rivarola, expresa al Ministro de
Relaciones Exteriores, Horacio Oyhanarte, sus temores ante la
impasibilidad del Presidente, y el Canciller le responde: “¿Y cree usted que yo no lo sé, que estoy ciego, que no me doy cuenta
de ello? Desgraciadamente nada puedo hacer, y como yo, los demás amigos
del doctor Yrigoyen, que se resiste obstinadamente a ordenar
medidas de defensa”.
Según Oyhanarte, el Presidente responde a sus colaboradores: “Nada
ocurrirá; son agitaciones políticas pasajeras, consecuencia de las
luchas electorales últimas, que ya pasarán”. A pesar de la
negativa presidencial, la policía ejerce vigilancia sobre los
sospechosos, y ello impide que éstos realicen los contactos necesarios
para el estallido de la revolución el 30 de Agosto, como estaba previsto.
La evidencia de la conspiración, junto con la negativa, de Yrigoyen
a asumir medidas de represión, hacen que el Ministro Dellepiane renuncie
a su cartera, que Yrigoyen confía provisionalmente a
Elpidio
González (3 de Septiembre). Durante los días 3, 4 y 5 de Septiembre.
se producen manifestaciones estudiantiles que son reprimidas por la policía;
en ellas mutre un individuo y esta circunstancia es aprovechada para
resaltar el martirologio estudiantil, aunque el occiso es un empleado
bancario a quien sorprende una bala perdida y nada tiene que ver con el
estudiantado. La exaltación juvenil rebasa las fuerzas policiales, y un
cosaco (agente de la policía montada) es desvestido en Palermo y colgado
de los brazos a un árbol en paños menores. A estas agitaciones
callejeras se suma el 4 de Septiembre la grave denuncia del diario La
Nación, según la cual el gobierno ha sustraído ilegalmente del
Banco de la Nación la suma de 140 millones de pesos.
La
enfermedad del Presidente no cede. A la fiebre se suma un ictus congestivo
que aumenta su malestar, y por consejo de sus partidarios el 5 de
Septiembre delega el mando, por decreto, en el Vicepresidente, doctor
Enrique Martínez. Ya los estudiantes resultan incontenibles; el decano de
Derecho, doctor Alfredo Palacios, pide, la renuncia del Presidente, al
tiempo que en toda la Universidad se suspenden las clases. El
Vicepresidente en ejercicio ensaya un cambio total de gabinete, y designa
Presidente de la Corte Suprema de Justicia al doctor José Figueroa
Alcorta. Ya nadie duda de que la revolución estallará de un momento
a otro, aunque el Ministro González recibe seguridades de apoyo por parte
de varias guarniciones, entre ellas la de Campo de Mayo, a cargo del
General Elías Alvarez. Con la esperanza de calmar los ánimos, Martínez
decreta la suspensión de las elecciones a realizarse en Cuyo el 7. Llama
a su despacho a los doctores Enrique Larreta y Honorio Pueyrredón, a
quienes les ofrece los ministerios de Relaciones Exteriores y Hacienda;
luego ofrece también la cartera de Marina al Almirante Segundo R. Storni.
El Vicepresidente se dispone a presentarse personalmente en Campo de Mayo,
pero el General Alvarez y el Ministro González lo disuaden, dándole
seguridades de que esa guarnición está tranquila. En previsión de
nuevos incidentes callejeros, a las 10 de la noche decreta Martínez el
estado de sitio en la Capital Federal. Pocas horas después se producen
violentísimos disturbios promovidos por los estudiantes de la Facultad de
Medicina, que exigen el fin del gobierno yrigoyenista.
ESTALLA LA SUBLEVACIÓN
En
la tarde del 5 se ha acordado modificar el manifiesto revolucionario
redactado por Leopoldo Lugones, después de discusiones donde los
tenientes coroneles José M. Sarobe y Bartolomé Descalzo imponen el
criterio de que debe asegurarse el imperio de la Constitución y la
vigencia de la Ley Sáenz Peña. Uriburu ensaya entretanto
nuevos contactos con jefes militares, y recibe la repulsa del jefe del 8º
de Caballería, Teniente Coronel Francisco Bosch. A la noche, en un salón
del diario Crítica se reúne el Teniente Coronel Descalzo con los
dirigentes civiles de entidades revolucionarias, a quienes da
instrucciones para asegurar la eficacia de su participación en el
levantamiento que debe producirse al día siguiente. Hacia la medianoche,
una caravana de automóviles con civiles armados se interna en la
Provincia de Buenos Aires, rumbo a Campo de Mayo. Las primeras horas del 6
son de fecunda actividad por parte de los revolucionarios, que consiguen
la adhesión del director del Colegio Militar, Coronel Francisco Reynolds,
quien se pliega a. la revolución después de superar algunas dificultades
con sus oficiales.
6
de Septiembre de 1930. Amanece. El General Uriburu llega al
Colegio Militar con un grupo de partidarios, mientras el Ministro González
se instala en la Casa de Gobierno. Pequeños destacamentos militares de la
Capital se declaran en rebelión y se concentran en Colegiales, mientras
en Belgrano y en Flores se reúnen grupos de civiles. Un avión, salido de
El Palomar, sobrevuela la Capital y arroja propaganda revolucionaria. Muy
pronto le siguen otras máquinas aéreas, que en número de 24 recorren
distintas zonas de la ciudad, y amenazan con bombardear los regimientos de
infantería de Palermo si no se pliegan a la revolución. La policía, a
órdenes del Coronel Juan J. Graneros, realiza detenciones de civiles y
militares sorprendidos con armas en concentraciones.
También
a Campo de Mayo ha arribado una pequeña caravana de automóviles, en los
que llegan numerosos dirigentes políticos que son detenidos. El General
Alvarez ratifica la detención, pero después de conversar con ellos se
pone en comunicación con Uriburu y
resuelve plegarse al levantamiento con toda la guarnición. El
Coronel Avelino Alvarez y el
Teniente Coronel Atilio Cattáneo logran restablecer la fidelidad al
gobierno, y ordenan la detención de 70 oficiales mientras los civiles
huyen y buscan refugio en Tigre. A las 10 de la mañana cruza la ciudad el
estridente sonido de la sirena de Crítica,
con el anuncio de la revolución. En esos momentos se pone en marcha sobre
la Capital el Colegio Militar. A la cabeza va el General Uriburu,
quien cursa el siguiente mensaje al vicepresidente Martínez: “En
este momento marcho sobre, la Capital a la cabeza de las tropas de la
primera, segunda y tercera división de ejército. Esperamos encontrar a
nuestra llegada su renuncia de vicepresidente, como también la del
presidente titular. Los hacemos a los dos responsables por cualquier
derramamiento de sangre para sostener un gobierno unánimemente repudiado
por la opinión pública”.
LA
RESISTENCIA
A
mediodía la revolución está en la calle. Dos escuadrones de caballería
marchan sobre Buenos Aires, desde Campo de Mayo, a pesar de haberse
abortado allí el movimiento. Aviones amenazantes cortan el cielo de la
ciudad, mientras una manifestación de civiles recorre la avenida de Mayo
con exteriorizaciones de repudio contra el Presidente Yrigoyen y su
gobierno. El General José Pedro Marcilese, jefe de la 1º División,
dispone el despliegue de efectivos de caballería para oponer a las tropas
sublevadas, al tiempo que Yrigoyen, por conducto de su médico,
doctor Raimundo Meabe, aprueba la resistencia. La policía carga, contra
los manifestantes en las calles céntricas, donde se producen algunos
tiroteos. Las fuerzas policiales quedan al mando del Coronel Pedro Grosso
Soto, quien dispone algunos allanamientos en busca de armas, entre ellos
la sede de la Liga Patriótica Argentina. Algunos piquetes de la policía
desertan y se dispersan, y las autoridades encargadas de la defensa
resuelven abandonar la Casa de Gobierno y establecer el comando en el
regimiento 3º de Infantería, vecino al Arsenal de Guerra.
Los
revolucionarios se aproximan a la Capital por Villa Urquiza y Liniers, y a
su paso copan las comisarías. Se sabe que la guarnición aérea de Paraná
se ha sublevado, en momentos en que el General Severo Toranzo, inspector
General del Ejército, regresa de una gira por el interior y toma el mando
en jefe de las fuerzas leales para la defensa de la ciudad. Mientras los
suburbios comienzan a ser ocupados por tropas sublevadas, se pliega a la
revolución el regimiento de Granaderos y por vía aérea se gestiona el
levantamiento de la guarnición de Mercedes. Algunos tiroteos suburbanos
son el único índice de resistencia por el momento, y la aviación
rebelde cobra su primera víctima al estrellarse un aparato piloteado por
el Capitán Claudio H. Rosales.
Poco
después de las 3 de la tarde el Almirante Abel Renard se presenta a bordo
de la cañonera Rosario con el
objeto de sublevar la Marina. Una hora más tarde es detenido por orden
del Capitán de navío Andrés M. Laprade, y se ordena el desembarco de
tropas navales que se despliegan por Puerto Nuevo, mientras efectivos
militares dominan el Arsenal Naval de Zárate. Las tropas revolucionarias
siguen su avance, engrosadas por elementos civiles armados que comanda el
Coronel Francisco Fassola Castaño. En el comando de las tropas leales
circulan versiones confusas; y mientras el Teniente Coronel Gregorio Pomar
da seguridades respecto de la lealtad de los principales efectivos de
Campo de Mayo, el Ministro de Marina discute con el Vicepresidente y se
retira disgustado de la Casa de Gobierno ordenando el retiro de las
fuerzas de marinería que guarnecen ese edificio; poco después, los jefes
navales se pliegan a la revolución. La Casa de Gobierno es abandonada por
los efectivos militares, y el Vicepresidente ordena colocar bandera de
parlamento. El edificio es parcialmente ocupado por civiles
revolucionarios, al tiempo que el regimiento de Granaderos aparece en la
plaza de Mayo y Uriburu, con el Colegio Militar, llega a las
proximidades del Congreso. Desde el diario La Epoca se ataca a
tiros a los revolucionarios, y otro tanto ocurre en torno del Congreso,
desde el café La Sonámbula. La bandera de parlamento aparece
también en el Cuartel de Policía, e Yrigoyen, cediendo a
instancias de sus íntimos, abandona su domicilio de la calle Brasil y,
acompañado del Ministro Oyhanarte, se dirige a La Plata.
En
Campo de Mayo, sin embargo, la situación es favorable al gobierno, y todo
se halla preparado para iniciar la contraofensiva asaltando El Palomar a
las 4 de la mañana del día siguiente. El Coronel Avelino Alvarez, con la
colaboración inmediata del Coronel Sisterna y el Teniente Coronel Cattáneo,
ha organizado una poderosa fuerza con los efectivos de las escuelas de
infantería, caballería, artillería y suboficiales, el regimiento 2º de
Artillería, el 10º de Caballería, un grupo de artillería a caballo y
otro de infantería montada, el batallón de ferrocarrileros y las tropas
de los servicios Generales.
CAE
EL GOBIERNO RADICAL
Son
las 6 de la tarde. Por la avenida de Mayo y la calle Victoria avanzan las
tropas revolucionarias, después de silenciar la resistencia en el
Congreso. El edificio del diario La Epoca arde en llamas. Los
Generales Uriburu y Justo entran en la Casa de Gobierno, donde
permanece aún el Vicepresidente Martínez, en el comedor de la
presidencia. Allí se presenta Uriburu y le exige perentoriamente
la renuncia, que éste entrega al jefe victorioso y luego se retira. Poros
minutos después el Coronel Graneros entrega a los revolucionarios el
Cuartel de Policía, mientras grupos civiles incendian el diario La
Calle y tropas militares, se apoderan del Correo. Una manifestación
ruidosa asalta el Comité Nacional de la Unión Cívica Radical, situado
en Avenida de Mayo y Santiago del Estero. En esos momentos Yrigoyen,
llegado a La Plata, y después de comprobar que los jefes militares no le
responden, se presenta al cuartel del 7º de Infantería en calidad de
detenido y suscribe su renuncia, concebida en los siguientes términos: “Ante
los sucesos ocurridos, presento en absoluto la renuncia del cargo de
Presidente de la Nación Argentina. Dios guarde a d. V. H. Yrigoyen. Al señor
Jefe de las fuerzas militares de La Plata. La Plata, Septiembre 6 de 1930”.
El reloj marca las 19:50. Ha terminado el gobierno radical.
Todavía
en el Arsenal de Guerra siguen reunidos los jefes leales, Generales Severo
Toranzo, Félix Adalid, Martínez y Enrique C. A.
Mosconi, con el Ministro
González. A las 8 de la noche los Generales Justo e Isidro Arroyo
informan a dichos jefes que Martínez ha renunciado; éstos encomiendan a
Mosconi que confirme la noticia y pregunte a Martínez si su renuncia es
“auténtica y espontánea, u obtenida por la presión de la fuerza”,
en tanto están, dispuestos a resistir con los efectivos leales
disponibles. Una hora después Mosconi informa a sus compañeros, después
de entrevistar a Martínez, que la renuncia de éste ha sido “espontánea
y definitiva”, que desea “evitar que se derrame una sola gota
de sangre”, y que pide a los
jefes leales que se retiren a sus casas “porque todo ha terminado”.
El Arsenal es entregado, y poco más tarde de la rendición llega al lugar el comisario Orestes Cansanello, con
la orden de resistir impartida por Yrigoyen desde La Plata poco
antes de su renuncia, pero ya los revolucionarios dominan completamente la
situación.
El
General Uriburu, instalado en la Casa de Gobierno, toma contacto telefónico
con las guarniciones del interior, que acatan la autoridad del jefe
revolucionario. Desde otro teléfono, el Teniente Coronel Santos V. Rossi
se comunica con el jefe de Campo de Mayo, General Elías Alvarez, a quien
hace saber la renuncia de Martínez; éste confirma la noticia mediante un
llamado a Elpidio González, y da por terminada la resistencia. Son
las 10 de la noche. En esos momentos una multitud asalta el domicilio
particular de Hipólito Yrigoyen, destruye el moblaje, quema los
papeles particulares, arroja al pavimento un busto del depuesto
Presidente, y lo arrastra luego con sogas a lo largo de la calle Brasil.
Esa misma noche hay un banquete en el Círculo de Armas para festejar la
victoria, donde habla el doctor Julio A. Roca: “Hoy –
dice - he vivido uno de los momentos más emocionantes de mi vida,
solo, en un profundo recogimiento, frente al espectro de mis mayores, que
parecían vindicarse del caudillo oscuro que les infirió el agravio de su
barbarie”.
LA
TOMA DEL PODER
Desde
el anochecer las calles están sembradas de volantes con el Manifiesto del General Uriburu, que reproducen también los diarios
en ediciones extraordinarias: “Respondiendo
al clamor del pueblo - dice el jefe
de la revolución - y
con el patriótico apoyo del Ejército y de la Armada, hemos asumido el
gobierno de la Nación”. Siguen luego acusaciones contra el gobierno
de Yrigoyen y puntos de vista de los revolucionarios, con la
expresa declaración de que no se han “contraído compromisos con
partidos o tendencias”;
luego se puntualiza el “respeto
a la Constitución y a las leyes fundamentales vigentes”,
se prometen elecciones próximas y se señala que ninguno de los miembros
del gobierno provisional podrá “presentar
ni aceptar el auspicio de su candidatura a la presidencia de la República”.
El manifiesto anticipa también la clausura del Congreso, que se establece
de inmediato por decreto del “Presidente del Gobierno Provisional”,
que firma Uriburu. Por otro decreto, se designa Vicepresidente al doctor Enrique
Santamarina, y se integra, el gabinete con los siguientes ministros:
doctor Matías O. Sánchez Sorondo, en Interior; doctor Ernesto Bosch, en
Relaciones Exteriores y Culto; doctor Enrique S. Pérez, en Hacienda;
doctor Ernesto E. Padilla, en Justicia e Instrucción Pública; General
Francisco Medina, en Guerra; Contralmirante Abel Renard, en Marina; doctor
Horacio Beccar Varela, en Agricultura, e ingeniero Octavio S. Pico, en
Obras Públicas.
Un mes y medio más tarde, el 20 de Octubre, renuncia
el Vicepresidente Santamarina, en razón de su delicada salud, y el cargo
no vuelve a ser provisto. El gabinete se mantiene invariable hasta el 16
de Abril de 1931, en que renuncia Sánchez Sorondo tras los
resultados electorales en la provincia de Buenos Aires, a quien acompañan
también los ministros Padilla, Pérez, Beccar Varela y Renard. El
ingeniero Pico pasa entonces al Ministerio del Interior, mientras Medina
permanece en Guerra; las carteras vacantes se cubren con el doctor Enrique
Uriburu, para Hacienda; doctor Guillermo Rothe, para Justicia e Instrucción
Pública; doctor David Arias; para Agricultura; doctor Pablo Calatayud,
para Obras Públicas; Contralmirante Carlos Daireaux para, Marina, y
doctor Ernesto Bosch, para Relaciones Exteriores y Culto; este último
renuncia, el 10 de Octubre de 1931, y Uriburu designa en su reemplazo al doctor Adolfo Bioy.
En la tarde del 8 de Septiembre de 1930 el gobierno provisional presta juramento los balcones de la Casa de Gobierno, ante una multitud que colma la plaza
de Mayo y las calles circunvecinas: “Ante vosotros, soldados de
nuestra Patria, y ante el pueblo soberano, voy a prestar juramento -dice
Uriburu-. Juro por Dios y por la Patria desempeñar con honor el cargo
de Presidente del Gobierno Provisional que he asumido por vuestra
voluntad. Juro mantenerme solidario con el pueblo, con el Ejército y con
la Armada, y bregar por el restablecimiento de las instituciones, por el
imperio de la Constitución y por la concordia y la unión de todos los
argentinos. Si así no lo hiciere, Dios y la Patria me lo demande”.
Acallada la ovación siguiente, Uriburu se dirige a la multitud: “¿Juráis -pregunta-
por Dios y la Patria ser fieles a
las autoridades que vosotros mismos os habéis impuesto?”. Un “¡sí!”
clamoroso se levanta de la plaza, y enseguida juran ante Uriburu
los
nuevos ministros.
REPERCUSIONES
En la madrugada del 7 de Septiembre los diarios
matutinos informan detalladamente sobre la jornada anterior: “Ayer -dice
La Prensa-, en
un movimiento popular, verdadera apoteosis cívica, Buenos Aires ha
enterrado para siempre el régimen instaurado por el señor Yrigoyen”.
En la Casa de Gobierno recibe Uriburu un telegrama del nuevo gobernador de Entre Ríos,
Herminio Juan Quirós: “Ha librado Ud. al país de un gobierno
desastroso”.
El diario vespertino Crítica agota los adjetivos en la
ponderación del movimiento revolucionario e informa que la junta
provisional de gobierno ha acordado intervenir todas las provincias, con
excepción de Entre Ríos y San Luis, y poner en comisión a los
magistrados judiciales, incluso los ministros de la Suprema Corte.
En los días siguientes el periodismo se hace eco de
la resonancia que la revolución triunfante ha tenido en el exterior, y
reproduce comentarios del New York
Times, The Sun y otros diarios estadounidenses que declaran su
satisfacción por el cambio producido en la dirección política de la
Argentina. Por el contrario, el diario católico italiano Il Corriere lamenta
que haya sido derrocado el único gobierno de la América del Sur “que
estaba en condiciones de ponerse a la cabeza de las repúblicas
latinoamericanas para contrarrestar las ambiciones de hegemonía de los
Estados Unidos”.
El 9 de Septiembre comunica Uriburu a la Corte
Suprema la constitución del gobierno provisional. Tres días después los
miembros del supremo tribunal entrevistan al Presidente, y le hacen saber
que por acordada del 10, ha sido reconocido el gobierno surgido de la
revolución: “El gobierno – contesta Uriburu- tiene el mayor
deseo de mantener la integridad de la justicia”.
El 18, los embajadores de los Estados Unidos e Inglaterra hacen saber a
Uriburu que las potencias por ellos representadas han reconocido también
al gobierno provisional.
Los radicales antipersonalistas expresan categóricamente
a su apoyo al gobierno provisional, mediante un manifiesto expedido el 25
de Septiembre con la firma de los principales dirigentes, encabezados por
los doctores Vicente C. Gallo, José Camilo Crotto y Enrique M. Mosca.
También la Federación Agraria Argentina resuelve adherir al gobierno
revolucionario y prestarle su apoyo a través de un Partido Agrario. Las
organizaciones sindicales, entretanto, resuelven mantenerse a la expectativa ante la nueva situación,
fortaleciendo la unidad a través de la creación de la confederación
General del Trabajo, fundada el 27 de Septiembre, con el propósito de
mantenerse “independiente de todos los partidos y agrupaciones ideológicas”.
En esos días el doctor
Marcelo T. de Alvear se halla en París, y al enterarse de los sucesos
del 6 de Septiembre declara: “Yrigoyen
ha jugado con el país. Socavó su propia estatua y deshizo al Partido
Radical, lo que explica que los enemigos más encarnizados del jefe inepto
sean los verdaderos radicales”;
y con relación al gobierno provisional expresa: “Los
argentinos deben tener eterna gratitud a los hombres que en un momento
dado se jugaron para ponerse al frente de la reacción y producir lo que
era un anhelo general y casi unánime”. El 7 de Noviembre el doctor Roberto M. Ortiz
escribe a Alvear y le relata los detalles de la revolución,
al tiempo que le pide su regreso para llevar a cabo la “reconstrucción
nacional del radicalismo”;
allí le aconseja pasar previamente por los Estados Unidos, para
promover en ese país “una corriente de amistad cordial que
repercutiría gradualmente entre nosotros”.
Por su parte, los elementos
yrigoyenistas provocan un serio incidente el 8 de Septiembre, apenas
terminada la ceremonia del juramento. Varios camiones con gente armada
irrumpen en el centro de la ciudad y efectúan disparos contra el edificio
del Correo y la Casa de Gobierno, mientras se producen interferencias
telefónicas que dan cuenta del levantamiento de algunos cuerpos de ejército
del interior. Fuerzas militares, auxiliadas por numerosos civiles, se
lanzan en persecución de los camiones, y en la confusión se producen
algunas víctimas entre la multitud aún no dispersa que se halla en las
proximidades de la plaza de Mayo.
LA IDEOLOGÍA REVOLUCIONARIA
19 de Octubre de
1930. El Presidente provisional lanza un manifiesto en el que puntualiza su
criterio respecto del orden institucional. Niega allí que su gobierno
haya adquirido compromiso alguno con los partidos políticos, fuera de
garantizar la vigencia de la Constitución y las leyes y de mantener
absoluta prescindencia en materia electoral. Por eso mismo, entiende que
es preciso compulsar “toda la opinión de la República” y no sólo
la de los partidos, pues si la Constitución y las leyes deben ser
respetadas, ello no supone que sean “perfectas
ni intangibles”. Cree su gobierno que la Constitución debe ser
reformada, porque si se quieren cortar los vicios institucionales no basta
la representación de comités, sino también la de los “obreros, ganaderos,
agricultores, profesionales, industriales, etc.”, para que la
democracia llegue a ser “algo
más que una bella palabra”. Sin perjuicio de estas convicciones,
aclara también que “será el Congreso
elegido por la Ley Sáenz Peña quien declarará la
necesidad y extensión de la reforma de acuerdo con lo preceptuado por el
artículo 30º de la Constitución Nacional”,
y deja constancia de que
“el Gobierno Provisional acatará todas las resoluciones del Congreso
porque lo considerará el depositario de la soberanía nacional”.
El 8 de Noviembre aparece en La Nación una carta abierta del Teniente Coronel Pedro Pablo Ramírez
al Teniente Coronel Enrique Inocencio Rottjer, en donde puntualiza otros
aspectos de la ideología de los revolucionarios: “No es nuestro propósito
primordial – afirma - derribar un gobierno despótico o incapaz;
lo necesario, lo fundamental, es cambiar el sistema; debemos evitar la
repetición del actual caos administrativo y suprimir en lo posible el
profesionalismo político. (... ). La Ley Sáenz Peña, con ser excelente, parece no ser la que mejor se
adapte a una población de un 40 por ciento de analfabetos”.
El 15 de Diciembre, en un
discurso pronunciado en la Escuela de Guerra, Uriburu especifica su concepto de la verticalidad de mandos
para cumplir los objetivos de la revolución: “Yo – dice - que
no he sido, que no he deseado ser, y que no quiero ser hombre político,
comprendí que para que la acción militar tuviera éxito, es necesario
llevarla a cabo militarmente, es decir, que uno mandara y los demás
obedecieran”. Fiel a, esos principios, piensa Uriburu
en la necesidad de crear un organismo cívico-militar para el sostén
ideológico de la revolución, y el 20 de Mayo de 1931 declara constituida, por decreto, la Legión
Cívica Argentina, con “carácter
de Asociación de hombres patriotas que moral y materialmente están
dispuestos a cooperar en la reconstrucción institucional del país”.
Cinco días más tarde, al conmemorar la fecha patria, arenga a los
miembros de esa entidad: “Legionarios: como jefe de la revolución,
soy vuestro jefe”.
El 7 de Julio, en oportunidad de pronunciar el discurso anual en la
comida de camaradería de las fuerzas armadas, Uriburu puntualiza ante sus camaradas las
finalidades perseguidas con esa institución: “Una considerable fuerza
cooperadora del Ejército se está formando en toda la República -afirma-.
Es ella hija y sostenedora de la Revolución, que actuará decisiva y
patrióticamente para cumplir su programa. La Legión Cívica, que tanto
ha alarmado a los demagogos, es fuerza apolítica y de orden, es columna
popular instruida y disciplinada por oficiales, que constituyen una
reserva de emergencia, ya que por razones de economía financiera no es
posible el llamamiento anual de las reservas de la ley”.
LA PACIFICACIÓN INTERNA
Dos problemas de agitación interna afligen al
gobierno provisional: de un lado, el anarquismo militante; del otro, los
levantamientos yrigoyenistas. El primero de esos problemas se halla
agravado desde el 6 de Junio de 1925, cuando un grupo de
anarquistas, interrumpiendo la marcha real italiana en la velada del
Teatro Colón en homenaje a Víctor Manuel III, lanzan gritos de “¡Ladri! ¡Assassini! Evviva l'anarchia!”, y poco después, desde
el paraíso, un mocetón condena, en lengua italiana, la dictadura de
Mussolini. A ese escándalo ocurrido en presencia del Presidente Alvear siguen múltiples atentados cuyo jefe, según
constancias policiales, es el audaz orador del Colón: Severino Di
Giovanni, escurridizo personaje que las autoridades policiales no pueden
localizar.
El General Uriburu, en previsión de incidentes y dispuesto a aplicar
la más rigurosa represión a todo cuanto altere el orden público, lanza
un bando por el que establece la ley marcial. A fines de 1930 ya ha habido varios fusilamientos: Joaquín Penina en Rosario, Pedro
Izeazatti en Mendoza, José Gatti y Gregorio Galeano en La Plata, dos
ladrones anónimos en Avellaneda; otros han sido condenados a muerte e
indultados a último momento, y muchos condenados a prisión en Ushuaia.
La búsqueda de Di Giovanni no tiene descanso, y por fin es apresado,
desfalleciente, el 30 de Enero de 1931. Esa misma noche se constituye un tribunal
militar que lo condena a muerte, a pesar de la defensa vibrante del
Teniente primero Juan Carlos Franco, quien paga su temeridad con la baja
del Ejército y la fuga del país. Al día siguiente se logra, la captura
del segundo de Di Giovanni, Paulino Scarfó, también condenado por un
tribunal castrense. El 19 de Febrero cae Di Giovanni ante un pelotón de
fusilamiento, y el 2 corre la misma suerte Scarfó. Enseguida se suceden
los allanamientos a locales anarquistas, y proliferan las detenciones. El
22 de Julio una partida policial pone fin a, la vida del jefe anarquista
Jorge Tamayo Gavilán, cuyo cadáver presenta un solo balazo y en la nuca.
El terror se impone, y los anarquistas, faltos de líderes activos, se
aquietan.
Además de los disturbios producidos el 8 de
Septiembre de 1930 - que algunos diarios han llamado
contrarrevolución - el gobierno provisional debe sofocar, durante el período
de su mandato, cinco importantes levantamientos. El 31 de Diciembre de ese
año se sublevan los suboficiales de la guarnición de Córdoba, y son
dominados a pesar de las ramificaciones descubiertas en Rosario, Buenos
Aires, San Luis, Mendoza, Tucumán, Salta y Jujuy. En Febrero de 1931 se produce otra sublevación de suboficiales, dirigida por el general
Toranzo. A fines de Mayo se descubre una conjura inspirada, según algunas
versiones, por el General Justo, tendiente a desalojar a Uriburu y entregar el poder a la Corte Suprema para
que llame a elecciones de Presidente. El 20 de Julio estalla en el Litoral
una sublevación dirigida por el Teniente Coronel Gregorio Pomar con el
mismo fin de entregar el poder a la Corte. La gravedad de este movimiento,
y las presiones ejercidas por Justo y algunos políticos, hace que Uriburu se comprometa a llamar a elecciones para el 8 de
Noviembre. El último ensayo de revolución se produce en Enero de 1932 y estalla en La Paz, Entre Ríos, con la
dirección militar del Seneral Toranzo y en Concordia por el Teniente
Coronel Gregorio Pomar, y la colaboración civil del doctor José Benjamín
Abalos, los hermanos Kennedy y los hermanos Soler. Todos estos movimientos
subversivos son dominados, y detenidos algunos de sus jefes.
DISIDENCIAS Y ELECCIONES
En Enero de
1931 se ha roto la armonía entre los revolucionarios. El partido Conservador
lanza un manifiesto invitando a formar la Federación Nacional Democrática,
y anuncia un “viraje hacia la izquierda”; de allí en adelante,
el partido se denominará Demócrata Nacional. El 5 de Abril se producen
elecciones en la provincia de Buenos Aires, mientras Yrigoyen
sigue preso en Martín Garcia. Triunfa la fórmula Honorio Pueyrredón-Mario M. Guido, de tendencia yrigoyenista. Este
resultado provoca la renuncia del Ministro del Interior y otros miembros
del gabinete. Posteriormente, el gobierno Provisional resuelve anular esos
comicios. El 24 de Julio, un acuerdo de gabinete resuelve eliminar como
candidatos posibles a todos los implicados directa o indirectamente en la
revolución litoraleña del día 20, y a raíz de ello Alvear se exilia en el Brasil. Además se suspenden las
elecciones convocadas en Santa Fe, Corrientes y Córdoba. El 31 de Agosto
se produce una alianza entre los partidos Demócrata Progresista y
Socialista, que proclama la fórmula Presidencial Lisandro de la Torre-Nicolás Repetto; un sector de Entre Ríos rechaza el primer término y
elige a Francisco Barroetaveña. En un discurso proselitista de la Torre
dice: “Queremos realizar la obra que el Pueblo esperó el 6 de
Septiembre”. Entretanto, los radicales se afirman, especialmente
después de que la Comisión investigadora comprueba la falsedad de las
denuncias sobre extracciones ilegales de dinero del Banco de la Nación;
juntan filas en torno de Alvear, y el 28 de Septiembre la Convención Nacional del
Radicalismo proclama la fórmula Marcelo T. de Alvear - Adolfo Güemes. El gobierno provisional inhabilita a los candidatos y
señala que respecto de Alvear
aún no han transcurrido los 6 años exigidos por la Constitución para la
reelección de Presidente (6 de Octubre). En
razón de ello, el 27 de Octubre el radicalismo resuelve la
abstención partidaria en las el del 8 de Noviembre. Entretanto, la
Concordancia - formada por los partidos Demócrata Nacional, Radical
Antipersonalista y Socialista Independiente - proclama la candidatura
presidencial de Agustín P. Justo; el segundo término de la fórmula es Julio A. Roca para los demócratas y José Nicolás
Matienzo para los antipersonalistas; los socialistas independientes darán
su voto al candidato a Vicepresidente que obtenga más sufragios.
Realizadas las elecciones el 8 de Noviembre de 1931, el doctor de la Torre vence en la Capital
Federal y Santa Fe, Barroetaveña en Entre Ríos, y Justo en el resto del
país. El Colegio Electoral, reunido el 16 de Febrero de 1932, proclama la
victoria de la fórmula Justo-Roca; el primero obtiene
237 votos sobre 371, y el segundo 196. El 20 de Febrero, recibe Justo de
manos de Uriburu los símbolos del poder ante la Asamblea
Legislativa presidida por el doctor Robustiano Patrón Costas.
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