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"Era
capaz de jugarlo todo a una carta", ha escrito un biógrafo de
Saturnino José Rodríquez Peña, señalando así su espíritu inquieto e
impulsivo, todo lo contrario de su hermano Nicolás, un hombro reposado.
Saturnino
Rodríquez Peña se convirtió en uno de los personajes más
controvertidos por sus contemporáneos - y por la posteridad -, desde que
a principios de 1807, en complicidad con el cochabambino Manuel Anicato
Padilla, planeó y ejecutó metódicamente la fuga del General Beresford y
el
coronel Pack, jefes de la primera invasión inglesa a Buenos
Aires.
Había
nacido en Buenos Aires el 19 de Enero de 1765. Era hijo de Alonso Isidoro
Rodríguez de la Peña - Comandante general de la frontera norte de San
Juan, donde
fundó un Fuerte y una colonia militar -
y de Doña Damiana Funes y Quiroga.
En
Córdoba, fue alumno del Colegio de Montserrat y estudió teología en la
famosa universidad mediterránea. Saturnino Rodríquez Peña formó parte
del primer grupo de criollos que, varios años antes de 1810, alentaron
:la idea de la independencia y, como Miranda, buscaron el apoyo inglés
para lograrla. De ahí su tan discutida actitud en el episodio de la fuga
de Beresford, orientada a cimentar la buena voluntad británica hacia los
"independentistas".
Después
de permanecer en Montevideo hasta la evacuación de las fuerzas británicas
- tras el fracaso de la segunda invasión -, sé traslada a Río de
Janeiro. Allí se encuentra en Octubre de 1808, cuando decide colaborar en
el plan "carlotista", dirigido a coronar a la infanta Carlota
Joaquina de Bórbón como regente del Río de la Plata. Por intermedio del
médico inglés Diego Paroissien
envía masivas a varios personajes de Buenos Aires, entre ellos su hermano
Nicolás, para comprometerlos en la operación. El emisario, sin embargo,
es detenido en Montevideo y las masivas que lleva en su poder son
secuestradas. En Buenos Aires, este incidente cuesta la prisión, proceso
y embargo a Nicolás Rodríguez Peña, quien es defendido vigorosamente
por Juan José Castelli, hasta que la revolución
de Mayo de 1810 clausura el juicio.
De
todas maneras, el exilio brasileño de Saturnino Rodríguez Peña
representa una etapa ingrata para su vida, porque a su mala salud le añaden
penurias económicas. El gobierno inglés había dispuesto otorgarle una
pensión diaria de 10 chelines que luego, por gestiones del General Whitelocke, aumentó a 300 libras anuales (la ayuda pecuniaria de
Inglaterra fue otro de los argumentos utilizados por sus adversarios para
acusarlo de estar al servicio del extranjero). Sin embargo,
el dinero inglés jamás llegó a su destinatario, porque Padilla, su
apoderado en Londres, se lo embolsaba totalmente. Mejor suerte corrió
Rodríguez Peña con otra pensión, de 500 pesos anuales, que le otorgó
el príncipe portugués Don Juan.
Tantas
desventuras, atenuadas en parte porque había podido reunirse con su
familia en Río de Janeiro, concluyeron con su muerte, el 22 de Abril de
1819. De su correspondencia con Buenos Aires surge que una de las mayores
preocupaciones de sus últimos años consistió en justificar su discutida
conducta. Tal preocupación fue compartida por su madre, quien en una de
sus cartas a Nicolás le decía que supiera que Saturnino "jamás
se ha envilecido".
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