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INTRODUCCION
Octubre
de 1811. Las tropas regulares del ejército del norte han quedado reducidasa
a
la división de Eustaquio Díaz Vélez.
Hambrientos,
sin ropas ni municiones, los soldados llegan a Tupiza. Apenas si cuentan con
el auxilio de las milicias montadas de Güemes, que han protegido a Pueyrredón
a través de su marcha por Orán, llevando el tesoro de Potosí.
Mientras
Goyeneche se dedica a sofocar la rebelión de Cochabamba - ciudad que en este
mes ha vuelto a sublevarse -, el Primer Triunvirato asciende a Pueyrredón y
le entrega el comando en jefe del ejército. Pueyrredón auxilia a los
cochabambinos con 800 hombres al mando de Díaz Vélez, quien ataca a
los
realistas desde Tupiza y, después de dos combates librados en Nazareno (Enero
y Febrero de 1812), logra aliviar la presión sobre Cochabamba.
Pero en tanto se suceden estos episodios, el gobierno acepta la
reiterada renuncia presentada por Pueyrredón, reemplazándolo por Manuel
Belgrano. Ambos se encuentran en
Yatasto, el 26 de Marzo, donde este último asume el mando.
Informado
de la desmoralización que en parte ha invadido a los oficiales, Belgrano
prefiere hablarles en privado y los recibe de pie,
en su tienda de campaña:
-Señores, tenemos una larga campana por delante y deseo contar con la
colaboración de todos ustedes. El que no tenga bastante fortaleza de espíritu para
soportar con energía
los trabajos que le esperan, puede pedir su licencia.
Hay
leves movimientos de cabeza y crispaturas de manos. A algunos de ellos el
nuevo jefe ya los conoce. Belgrano escruta a todos, como si tratara de
adivinar el pensamiento de cada uno. Sabe que hay jefes que pueden
considerarse con más títulos que él para el mando del ejército, sobre todo
las figuras más destacadas que son los coroneles Eustaquio Díaz Vélez y
Juan Ramón Balcarce, ambos veteranos, y el último considerado como uno de
los más expertos jefes de caballería. Pero advierte en la oficialidad
muestras de particular simpatía. Más tarde, muchos de esos oficiales se harán
célebres en diversos terrenos: José María Paz, Manuel
Dorrego, Cornelio Zelaya, Rudecindo Alvarado, Gregorio Aráoz de La
Madrid.
-Señores - prosigue Belgrano-,
se me ha informado de cierto desasosiego
en este ejército. Sin embargo,
atribuyo la deserción y el desaliento de la tropa más a la clase de
oficiales que a los mismos soldados, pues éstos como cuerpos inertes se
mueven a: impulso de aquellas palancas. Parece que algunos se deleitasen en
decir a cuantos ven, que apenas habrá 200 fusiles en el ejército. Esto que
habrían de reservarse lo propalan, y sin conseguir remedio sólo se causa
desaliento entre estos habitantes que parecen de
nieve respecto a esta
empresa.
LAS
PREOCUPACIONES DE BELGRANO
Pero
Belgrano debe enfrentar también otros problemas. Sus 1.500 hombres están
desprovistos de armas, medicamentos y vestuarios. La infantería sólo cuenta
con 580 fusiles y 215 bayonetas; la caballería, con 21 carabinas y 34
pistolas; la artillería, con un cañón de regular potencia y otro de montaña;
el parque, con 34.000 cartuchos de fusil El general en jefe envía oficio tras
oficio al gobierno que promete mandar las bayonetas “en la primera
oportunidad”. En otra comunicación, Belgrano apunta:
"Los oficiales no tienen
ni espada", y recibe esa
respuesta:
“El Estado no tiene en el día ni
espada ni sable disponible, ni tampoco dónde comprarla”. Mientras
aguarda el envío de estos auxilios indispensables, Belgrano se ocupa en
disciplinar y dar una nueva organización al ejército. Al tener noticias de
que Goyeneche ha paralizado su avance hacia el sur para terminar con la rebelión
de Cochabamba, Belgrano ordena marchar hacia el
norte para aliviar la desmoralización producida por la retirada. Establece el
campamento en Campo Santo, lugar ubicado en el punto más avanzado de Salta.
Organiza
una compañía de guías, crea un cuerpo de cazadores de infantería, dota de
lanzas a la caballería. La energía de Belgrano se despliega no sólo en
estos aspectos, sino en otros conexos; la organización hospitalaria, la
creación del tribunal militar, el montaje de oficinas de provisión. La
diligencia del jefe es ostensible. Todo lo inspecciona personalmente,
castigando la menor falta y estimulando a aquellos que cumplen con su deber.
Los soldados no tardan en bautizarlo con los motes de “Bomberito de la
Patria” -por su permanente vigilancia- y “Chico
Majadero”.
Los
asuntos a resolver no se reducen al ámbito castrense. La hostilidad de las
poblaciones es excesiva, y el
general debe buscar el remedio. El 2 de Mayo informa al gobierno:
"Ni en mi camino
del Rosario ni en aquel triste pueblo, ni en la provincia de Córdoba y su
capital, ni en las ciudades de Santiago, Tucumán y Jujuy, he observado aquel
entusiasmo que se manifestaba en los pueblos que recorrí cuando mi primera
expedición al Paraguay; por el contrario, quejas, lamentos, frialdad, total
indiferencia, y diré más: odio mortal, que casi estoy por asegurar que
preferirían a Goyeneche cuando no fuese más que por variar de situación y
ver si mejoraban. Créame V. E.: el ejército no está en país amigo. ; se
nos trata como a verdaderos enemigos; pero qué mucho ¡si han dicho que ya se
acabó la hospitalidad para los porteños y que los han de exprimir hasta
chuparles la sangre!".
De
ahí que se impone Belgrano, como una de sus principales tareas, mejorar la
opinión de los pueblos para que tomen conciencia de la justicia de la
Revolución. Sus progresos en este sentido son lentos pero seguros. Haciendo
uso alternativamente de la energía y la flexibilidad, procura atraerse las
simpatías de las familias más importantes de la región
y domina con firmeza las resistencias que le oponen los enemigos encubiertos
de la causa. Su firmeza no tiene paliativos, y así, al sorprender la
correspondencia entre Goyeneche y el obispo de Salta ordena a éste salir de
la Capital en el plazo de 24 horas.
Sus
pedidos al Triunvirato se suceden de continuo: “Para llevar adelante mis miras y mantener el ejército Como debe ser
vestido, alimentado y pagado, recobrando el crédito perdido en el interior,
se necesita dinero, y es indispensable que V. E. me provea de él”,
escribe. El gobierno responde con
una remesa de 40.000 pesos fuertes.
PROBLEMAS POLITICOS
Cuando,
por fin, puede felicitarse de haber logrado acallar en buena medida las
prevenciones contra la Capital, Belgrano recibe el manifiesto del Triunvirato
comunicando la disolución de la Asamblea General de los representantes de los
pueblos convocada para abril. Vuelve a tomar la pluma y se dirige apesadumbrado al gobierno:
“Recibo el manifiesto
de V. E. Ha sido para mí un golpe fatal, porque preveo que van presentarse
nuevos obstáculos, nuevas dificultades y que la enemiga va a echar más
profundas raíces. Quisiera tener todos los conocimientos necesarios, y ser
tan capaz de alcanzar con acierto el medio de conseguir que volvieran los
pueblos a aquel primer entusiasmo ; mas a mí no me ocurre otro, que el de que
V. E. arbitre el modo de hacerles conocer que Buenos Aires no quiere,
dominarlos, idea que va cundiendo hasta los pueblos interiores, y que ya se
trata aun en el mismo Cochabamba".
Las
contrariedades de Belgrano no tienen término. Desea abrir la campaña para ir
en auxilio de Cochabamba, próxima a caer a fines de abril, y carece de
hombres, armas, municiones y elementos de movilidad. Para colmo de males, el
paludismo hace presa en la mitad de su ejército y hasta le falta quinina para
dominar la fiebre.
De
Buenos Aires recibe planchas de hojalata para armar tarros de metralla. Pero
ello no basta. Para peor, la fabricación de municiones y vestuario y el arreglo
de las armas no avanza con la rapidez necesaria.
Inmensamente
preocupado por la suerte de Cochabamba, amenazada en esos momentos por 2.500
realistas, Belgrano dispone que el coronel Balcarce, nombrado Mayor General
por enfermedad de Díaz Vélez, se adelante hasta Humahuaca con una poderosa
vanguardia integrada por el batallón de Pardos y Morenos y los regimientos de Húsares
y Dragones, que en total representan la mitad de todo el ejército.
Por
su parte, la vanguardia realista permanece en Suipacha. Con la, Intención de
reunir posteriormente en la quebrada todo su ejército y poder avanzar contra
Suipacha, Belgrano traslada el resto de sus fuerzas a Jujuy. Al comprobar que
sólo cuenta con un total de 1.500 hombres, muchos de ellos enfermos, y que
las dos terceras partes de los fusiles carecen
de bayonetas, decide mantenerse a la defensiva hasta tanto consiga los
refuerzos esperados. En esos
momentos se incorpora al ejército el barón de Holmberg, llegado al país
junto con San Martín, Alvear y otros, en marzo de ese año.
Belgrano lo nombra Comandante General de artillería y, a pesar de la
impopularidad que despierta entre las tropas al pretender imponer normas
europeas de disciplina, presta importantes servicios al ejército en la
fundición de cañones, obuses y morteros.
CAE
COCHABAMBA
En
Jujuy celebra Belgrano el segundo aniversario de la revolución de Mayo. Es
una oportunidad que el general en jefe aprovecha para avivar el patriotismo de
los soldados y levantar el espíritu del pueblo, enarbolando nuevamente la
bandera celeste y blanca que hace bendecir por el canónigo de la catedral,
Juan Ignacio Gorriti. Rodea a la ceremonia un marco de esplendor y solemnidad
que logra conmover a los asistentes. Belgrano queda satisfecho y tres días más
tarde escribe entusiasmado al gobierno, ignorando que éste ha desaprobado la
nueva insignia:
"No es dable
pintar el decoro y respeto de estos actos, el gozo del pueblo, la alegría del
soldado, ni los efectos que palpablemente he notado en todas las clases: sólo
puedo decir que la patria tiene hijos que sostendrán su causa y que primero
perecerán que ver usurpados sus derechos".
En
esos días, Cochabamba cae ante la embestida de Goyeneche, que entra a sangre
y fuego por las calles de la ciudad, la que es entregada al saqueo por espacio
de tres horas. La población emigra en masa a los desiertos y el escaso resto
de las tropas que se salva de la catástrofe final se dirige por un camino
marginal buscando incorporarse al ejército de Belgrano. Cuando éste recibe
la noticia, ordena al capitán Zelaya:
-
Tome una partida de ochenta hombres y proteja a los dispersos que vienen
huyendo de Cochabamba por el camino del despoblado.
Sumamente
preocupado, escribe al gobierno de Buenos Aires que sería perjudicial para el
espíritu público tener que retroceder, ya que “estos pueblos renovaran sus odios, si es que están amortiguados, o los
aumentaran; pues clamarán como lo hacen los del interior (los del Perú), que
los porteños sólo han venido a exponerlos a la destrucción, dejándolos sin
auxilio en manos de los enemigos, ¡borrón que no debe caer en la inmortal
Buenos Aires".
Mientras
tanto, la, hostilidad de muchos vecinos jujeños, entre los que predominan los
comerciantes de origen peninsular - fuertemente perjudicados por la paralización
económica debida a la prolongada guerra -, se hace manifiesta. Confían en la
pronta invasión realista que restablezca el estado anterior de cosas.
Belgrano se ve obligado a adoptar medidas de prevención y expide un bando que
establece la pena de muerte para quien difunda noticias alarmantes. Acentúa
las medidas disciplinarias en el ejército y dispone que todo soldado u
oficial que no cumpla una orden será fusilado. Esto llevará a la deserción
a Venancio Benavidez,,uno de los caudillos de la revolución en la Banda
Oriental, que servía desde tiempo atrás en sus tropas y que en junio se pasa
al enemigo a raíz de problemas personales con el jefe de su cuerpo. A la
deserción agrega el crimen de la traición e informa a Goyeneche de la débil
situación en que se hallan los patriotas, alentándolo para avanzar sobre
Jujuy.
EL
EXODO JUJEÑO
A
mediados de julio de 1812, Belgrano es informado de que los realistas acaban
de reforzar sus efectivos apostados en Suipacha a las órdenes de Pío Tristán.
Convoca
entonces a todos los ciudadanos entre 16 y 35 años y forma un cuerpo de
caballería -los “Patriotas
Decididos" -, que pone a las órdenes de Díaz Vélez. El ejército
patriota no está en condiciones de resistir y la retirada se hace
indispensable. Por su parte el Triunvirato le ordena replegarse urgentemente
hasta Córdoba.
El
29 de Julio, Belgrano dicta un bando disponiendo la retirada ante el avance de
los enemigos “que son llamarlos por los desnaturalizados que viven entre
nosotros y que no pierden arbitrios para que nuestros sagrados derechos de
libertad, propiedad y seguridad sean ultrajados y volváis a la esclavitud”. En consecuencia, al retirarse el ejército sólo quedará tierra
arrasada delante del enemigo, que no deberá encontrar casa, alimentos,
animales de transporte, objeto de hierro, efectos mercantiles ni, desde luego,
gente. Quienes no cumplan la orden serán fusilados, y sus haciendas y muebles
quemados. Las clases populares se pliegan al éxodo sin necesidad de compulsión.
No ocurre lo mismo con la clase principal. Algunos consiguen esconderse en
espera de Tristán; otros deciden obedecer a Belgrano e irse con los bienes
que pueden salvar, para lo cual Belgrano les facilita carretas. El éxodo
comienza en los primeros días de agosto; el 23 el ejército inicia retirada.
Los voluntarios jujeños de Díaz Vélez, que han ido a Humahuaca a vigilar la
entrada de Tristán, vuelven con la noticia de la inminente invasión y son
encargados de cuidar la retaguardia.
El
repliegue debe hacerse precipitadamente por la proximidad del enemigo. En
cinco jornadas se cubren 250 km. Suponiendo que, al encontrar Jujuy
abandonado, Tristán se dirigirá a Salta, Belgrano ordena hacer alto en las márgenes
del río Pasaje, adonde llega en la madrugada del 29 de agosto.
COMBATE
DE LAS PIEDRAS
El
3 de Septiembre el ejército patriota se halla sobre el río de Las Piedras,
cuando los Decididos son atacados
por la vanguardia realista, produciéndose una escaramuza. El cuerpo patriota
se reúne con el grueso y Belgrano, que espera una oportunidad favorable,
despliega al ejército en la margen del río haciendo abrir el fuego de la
artillería para despejar el frente. Los patriotas persiguen a los españoles,
tomando 15 6 20 prisioneros y matando otros tantos. Una partida de paisanos al
mando del capitán Esteban Figueroa logra apresar al jefe enemigo, coronel
Huici, al Portaestandarte Negreiros y a un capellán. Son las cuatro de la
tarde y la victoriosa partida inicia una marcha forzada con sus pioneros,
huyendo del resto de los adversarios. “El enemigo (... ) no volvió a
incomodar nuestra retaguardia”, cuenta el general Paz en sus Memorias. A
las doce de la noche están ya en Tucumán, donde se encuentra el grueso del
ejército.
Al
tener conocimiento de la captura de Huici, Tristán remite un oficio a
Belgrano advirtiéndole que el prisionero debe ser tratado con humanidad, bajo
amenaza de tomar represalias con los que él tiene en su poder. Acompaña a la
nota cincuenta onzas de oro y concluye el oficio datándolo en "Campamento
del EJERCITO GRANDE, Septiembre 15 de 1812". Belgrano devuelve el
dinero para que sea distribuido entre los prisioneros patriotas en poder de
Tristán y concluye su respuesta con un rasgo de humor que no oculta la ironía:
“Cuartel general del EJERCITO CHICO,
17 de Septiembre de 1812”.
VISPERAS DE
TUCUMAN
Durante
su marcha a Tucumán ha recibido Belgrano una nueva y perentoria orden del
Triunvirato para que se retire sobre Córdoba definitivamente, dejando en
consecuencia libradas a su propia suerte las provincias del noroeste. Pero el
general contesta que está decidido a presentar batalla porque lo estima
indispensable. Por eso mismo, se encarga de incitar al pueblo tucumano para
obtener su apoyo. Lo consigue, y para ello cuenta con la ayuda de algunas
viejas familias patricias. Los poderosos Aráoz, virtuales dueños de la
ciudad, vinculados a su ejército por dos de sus familiares Díaz Vélez, cuya
madre es Aráoz, y el joven
teniente Gregorio Aráoz de La Madrid, volcarán todo su prestigio y
ascendiente en la causa patriota.
Antes
de su arribo, Belgrano ha ordenado desde Encrucijada a Juan Ramón Balcarce
que se adelante a Tucumán para conseguir refuerzos y convocar a las milicias
para reclutar un cuerpo de caballería; éste se halla en pleno entrenamiento
cuando llega Belgrano con el grueso del ejército. Sin más armas que unas
lanzas improvisadas, sin uniformes y con
los guardamontes que habrían de hacerse famosos, Balcarce consigue organizar
una fuerza de cuatrocientos hombres, punto de partida de la famosa caballería
gaucha que hará su aparición por vez primera en una batalla campal, en Tucumán.
El
gobierno insiste, en sus oficios a Belgrano, en que éste debe retirarse hasta
Córdoba, pero el jefe patriota está resuelto a desobedecer la orden, quedándose
en Tucumán. Se ha dado cuenta del valor estratégico de este punto. Así,
entre el 13 y el 24 de Septiembre, Belgrano se multiplica para organizar la
defensa. Con el ejército de Tristán a la vista, escribe el 24:
"Algo es preciso aventurar y ésta es la ocasión de hacerlo; voy a
presentar batalla fuera del pueblo y en
caso desgraciado me encerraré en la plaza hasta concluir con honor.".
El
día anterior el ejército ha salido de la ciudad a la que regresa por la
noche. Pero a la madrugada del 24 inicia los movimientos para ocupar la
posici6n de la víspera. El encuentro no tarda en producirse. Los patriotas
atacan casi de sorpresa, pero Tristán alcanza a desmontar su artillería y
formar su línea de combate.
La
carga de caballería gaucha, a los gritos y haciendo sonar sus guardamontes,
desconcierta y quiebra la izquierda de los realistas, mientras en el otro
flanco - donde está Belgrano - los patriotas son arrollados. La lucha se
desarrolla en medio de un tremendo desorden, aumentado por la oscuridad
provocada por una inmensa manga de langostas y la caballería de ambos ejércitos
combate en entreveros furiosos. Díaz Vélez y Dorrego encuentran abandonado
el parque de Tristán con treinta y nueve carretas cargadas de armas y
municiones, y junto con los prisioneros que toman y los cañones que pueden
arrastrar, corren a encerrarse en la, ciudad. La confusión es tal que, cuando
Belgrano intenta un movimiento, se cruza con el coronel Moldes, quien le
pregunta:
-
¿Dónde va usted, mi general?
-
A buscar la gente de la izquierda, Moldes.
-
Pero estamos cortados, mi General.
-
Entonces, vayamos en procura de la caballería.
Cuando
Paz se encuentra con ellos, se halla Belgrano acompañado por Moldes, sus
ayudantes y algunos pocos hombres más. Ni el general ni sus compañeros saben
el éxito de la acción e ignoran si la plaza ha sido tomada por el enemigo o sí
se conserva en manos de los patriotas. A la noticia de la aparición
del general, empiezan a reunirse muchos de los innumerables dispersos de
caballería que cubren el campo. A uno de los primeros en aparecer pregunta el
general:
-
¿Qué hay? ¿Qué sabe usted de la plaza?
-
Nosotros hemos vencido al enemigo que hemos tenido al frente.
Pocos
momentos después, se presenta Balcarce con algunos oficiales Y veinte hombres
de tropa, gritando ¡Viva la Patria!,
y manifestando la más grande alegría por la victoria conseguida. Se
aproxima a felicitar al general Belgrano, quien a su vez le pregunta:
- Pero, ¿qué hay? ¿En qué se funda usted para
proclamar la victoria?
- Nosotros hemos triunfado del enemigo que teníamos
al frente, y juzgo que en todas partes habrá sucedido lo mismo: queda ese
campo cubierto de cadáveres y despojos.
Hasta
ese momento nada se sabe de la infantería, ni de la plaza. Al atardecer se
entera Belgrano de la suerte corrida por el resto del ejército.
Mientras
tanto, Tristán consigue reorganizar a los suyos. Se encuentra dueño del
campo de batalla que ha sido abandonado por los patriotas, pero ha perdido el
parque y la mayor parte de los cañones. Se dirige entonces a la ciudad e
intima rendición a Díaz Vélez con la amenaza de incendiaria. Se le responde
que, en tal caso, se degollarán los prisioneros, entre los cuales figuran
cuatro coroneles. Durante toda la noche permanece Tristán junto a la ciudad,
sin atreverse a cumplir su amenaza.
El 25
por la mañana encuentra que Belgrano, con alguna tropa, está a retaguardia.
Su situación es comprometida. Belgrano le intima rendición “en nombre
de la fraternidad americana”. Sin aceptarla y sin combatir, Tristán se
retira lentamente esa misma noche por el camino de Salta, dejando 453 muertos,
687 prisioneros, 13 cañones, 358 fusiles y todo el parque, compuesto de 39
carretas con 70 cajas de municiones y 87 tiendas de campaña. Sus pérdidas de
armas dejan al ejército patriota provisto para toda la campaña. Las bajas
patrióticas, por otra parte, son escasas: 65 muertos y 187 heridos. Belgrano,
esperando la rendición de Trsitán, no lo persigue y sólo encomienda a Diaz
Vélez que "pique su retaguardia" con 600 hombres.
ENTRE
TUCUMAN Y SALTA
Durante
la persecución, se entablan varios combates con resultados dispares. Zelaya
realiza una taque poco afortunado contra Jujuy. Diaz Vélez ocupa
Salta
momentáneamente. De todos modos, al regresar a Tucumán a fines de octubre,
trae sesenta nuevos prisioneros y 80 rescatados al enemigo. Sus fuerzas se
incorporan a la columna que marcha detrás de la procesión con que se honra a
la Virgen de las Mercedes, que Belgrano nombra Generala del Ejército porque
precisamente la victoria de Tucumán se ha verificado en -el día de su
advocación. El general en jefe se separa de su bastón de mando y lo coloca
en los brazos de la imagen, en el transcurso de la solemne procesión que se
realiza por las calles tucumanas.
Belgrano
envía entonces un informe al gobierno de Buenos Aires que, como consecuencia
de la revolución ocurrida el 8 de Octubre de 1812, está a cargo de un nuevo
Triunvirato integrado por Juan José Paso, Nicolás
Rodríguez Peña y Antonio Alvarez Jonte.
En esa nota, Belgrano señala que es necesario obrar sin pérdida de tiempo.
Para la reanudación de las operaciones pide refuerzos de tropas que le
permitan alcanzar la cifra de cuatro mil hombres con los cuales considera que
podría llegar a los límites del Desaguadero. De ahí que solicite al segundo
Triunvirato - que muestra hacia su ejército una disposición más favorable
que el anterior - auxilios de tropa veterana, pólvora y dinero.
El gobierno responde que le es imposible enviar las
tropas necesarias para completar los cuatro mil hombres requeridos, porque
ello comprometería el éxito de la empresa que en esos momentos se lanza
sobre la Banda Oriental. Por el momento sólo puede contar con quinientas
plazas del regimiento Nº 1, ya en camino, y 180 fusiles de repuesto. Por
oficio del 5 de Noviembre, el gobierno sugiere a Belgrano que, ni bien reciba
los refuerzos, ataque de inmediato a Tristán antes de que éste sea reforzado
o abandone Salta para incorporarse a Goyeneche.
De nada valen las prudentes observaciones de
Belgrano, que considera inconveniente llevar la guerra al Alto Perú sin
adecuar previamente el ejército a las necesidades geográfico-militares.
En Buenos Aires se estima que hay que avanzar, que el
ejército tiene que emprender la marcha en busca de nuevos triunfos aunque
esto signifique, según la prudente advertencia de Belgrano, el logro de una
victoria pasajera y el probable epílogo de una retirada desastrosa.
Belgrano permanece en Tucumán preparando su ejército
hasta principios de Enero de 1813. A fines de diciembre sus fuerzas ya cuentan
con un efectivo de tres mil hombres. De ellos, ochocientos corresponden a los
refuerzos enviados desde Buenos Aires, pertenecientes en su casi totalidad a
los regimientos 1 y 2 de Patricios.
Respecto de las armas y pertrechos, también el
segundo Triunvirato es sensible a las necesidades del ejército del norte.
En Noviembre le remite a Belgrano 200 sables, 50 pares de pistolas y
150 fusiles. Al mes siguiente,
150.000 tiros de fusil, 9.600 de rifle, 12.000 piedras de chispa, 1.000 tiros
de cañón de bala, varios pertrechos de artillería, 25 quintales de pólvora,
pantalones, camisas, corbatines y gorras, y un total de 65.000 pesos fuertes.
JURA
DE LA ASAMBLEA
El
12 de enero de 1813 se inicia la marcha del ejército patriota. Jornada tras
jornada van saliendo de Tucumán, en dirección a Salta, los efectivos de
Belgrano. Están correctamente adiestrados y su estado psicológico es
excelente.
El
punto general de reunión es el río Pasaje, y en previsión de una crecida
que impida su paso se lleva de reserva un puente de balsas, formadas con
barriles alquitranados. Y mientras Belgrano realiza estas operaciones a
septentrión, los bizarros granaderos a caballo, conducidos por San Martín,
tienen su bautismo de fuego en San Lorenzo (3 de Febrero), muy cerca de donde
Belgrano izó por primera vez el pabellón nacional. La Soberana Asamblea
General Constituyente, instalada el 31 de Enero, comienza su mandato con
promisorias esperanzas militares.
El
9 de Febrero, comienza el ejército de Belgrano a vadear el río Pasaje y el 11 queda concluida la operación
sin que sea necesario usar el puente portátil. Dos días después, el
13 de febrero, en la margen norte del río, el ejército jura lealtad a la
Asamblea General que acaba de iniciar sus sesiones en Buenos Aires. Belgrano
manda desplegar nuevamente la bandera celeste y blanca. Entonces,
desenvainando su espada, se dirige a las tropas y señala la bandera:
-
Esta será la nueva divisa con que marcharán al combate los defensores de
la Patria.
En
seguida presta el juramento de obediencia a la soberana Asamblea y lo toma
individualmente a los jefes de cuerpo; luego interroga a la tropa con la fórmula
prescripta por el gobierno y tres mil voces repiten al mismo tiempo:
-¡Sí,
juro!
Entonces
Belgrano coloca su espada horizontalmente sobre el asta de la bandera,
mientras desfilan sucesivamente todos los soldados para besar uno a uno
aquella cruz, sellando con su beso el juramento que acaban de prestar.
Concluido el acto, Belgrano hace grabar, en el tronco de un árbol
gigantesco que se levanta sobre la margen del río, la inscripción Río del
Juramento, nombre que desde entonces lleva el Pasaje.
HACIA
SALTA
En
la misma tarde del 13 de Febrero se reanuda la marcha. Están a veintiséis
leguas de Salta y el enemigo aún lo ignora. Cinco días después, sin
embargo, el General Tristán ya está convencido de que el jefe porteño ha
decidido atacarlo. Se lo confirman sus avanzadas que, además, le advierten la
aparición de una columna patriota por el camino del Portezuelo. Tristán no
duda de que la ofensiva se producirá desde esta posición, a la que manda
fortificar y artillar. La vanguardia de Belgrano, en su marcha hacia
Portezuelo, libra algunas escaramuzas con una avanzada realista.
Mientras
tanto, Belgrano se entera por el capitán José Apolinario Saravia de la
existencia de una senda oculta más al norte, por la estrecha y fragosa
quebrada de Chachapoyas, que lo puede conducir a retaguardia del enemigo. En
la tarde del 18 de Febrero, bajo una lluvia torrencial, el ejército patriota
se interna en dicha quebrada.
Es
necesario rellenar los barrancos para poder pasar las cincuenta carretas del
bagaje y la artillería. Por fin, descienden al valle, y al amanecer del 19
llegan a la hacienda de Castañares, a una legua de Salta, donde acampan en un
potrero rodeado de pircas mientras el agua cae a torrentes.
No
tarda en reunírselas la vanguardia que se ha desprendido en dirección a
Portezuelo con el objeto de distraer al enemigo mientras el resto del ejército
realiza la operación de circunvalación; aprovecha la noche para retroceder,
y busca la reincorporación al grueso de las fuerzas siguiendo la misma ruta
de Chachapoyas.
Un
oficial se acerca a Tristán y le advierte la jugada: los patriotas están a
la retaguardia. Pero el jefe realista no lo puede creer:
-¡Sólo que fueran pájaros - exclama.
Sin
embargo, al subir a una altura, se cerciora por sí mismo de la verdad.
Inmediatamente, cambiando de plan, varía su posición. De Portezuelo se
traslada al pie del cerro San Bernardo, cubriendo la ciudad y, protegido por
los accidentes del terreno, da frente al norte, sin darse todavía cuenta
exacta del plan de Belgrano.
BATALLA
DE SALTA
Acampado
en Castañares, el ejército de Belgrano se halla al norte de Salta,
interpuesto entre esta ciudad y la de Jujuy. De tal forma, intercepta las
comunicaciones entre estos dos puntos y cierra la retirada al ejército de
Tristán.
Las
fuerzas patriotas están formadas en cinco columnas paralelas de infantería,
ocho piezas de artillería, dos alas de caballería y una columna mixta con
cuatro cañones a modo de reserva. La formación del enemigo es más hábil,
ya que en la distribución de las diferentes armas han sido mejor consultados
los accidentes del terreno.
El
ejército realista, que cuenta con tres mil quinientos hombres, ha tendido su
línea de batalla en dos líneas. En la primera hay tres batallones de
infantería, cubriendo su flanco izquierdo un cuerpo de quinientos jinetes. Al
frente de la primera línea se coloca la artillería, compuesta de diez
piezas. La segunda línea se integra con dos batallones en columna; a
retaguardia están la reserva y el parque.
En esta disposición permanecen
los ejércitos durante la tarde del 19. Transcurre lentamente la noche,
mientras continúa lloviendo copiosamente. Es una noche tensa y dramática.
Belgrano, a la madrugada, aunque tiene varios vómitos de sangre, está
resuelto a mandar la acción en persona. Hace preparar una carretilla de
caballos que le permita trasladarse con rapidez de un punto a otro del campo
de batalla pero, afortunadamente, pronto se alivia y puede montar.
El
cielo está opaco y la mañana se presenta lluviosa. Luego, sin embargo, 'se
despeja el horizonte y aparece el sol en todo su esplendor. Después de que la
tropa se seca y toma un ligero desayuno, se emprende la marcha sobre el
enemigo.
La
infantería realista abre el fuego y Dorrego avanza sobre la izquierda enemiga
con dos compañías de cazadores, que son rechazadas. Acude en su auxilio la
caballería de Zelaya, que trata de equilibrar las posiciones. En esos
momentos una bala alcanza a Díaz Vélez, quien debe retirarse del campo de
batalla por la pérdida de sangre. Belgrano llama a Dorrego y le ordena:
- Avance usted y llévese por delante al enemigo;
pero no intercepte nuestra artillería.
Dorrego,
apoyado por la caballería y sostenido por los fuegos de la artillería que le
prepara el camino, recupera el terreno perdido y lleva la carga con tal vigor,
que toda el ala izquierda adversaria cede a su empuje y, desorganizándose
completamente, se repliega en desorden a la ciudad, dejando en descubierto al
flanco que ocupaba.
Tristán
intenta cubrirlo con los batallones de la segunda línea. Pero éstos,
desmoralizados por la fuga de sus compañeros, vacilan, se desordenan y
finalmente huyen también hacia la ciudad, perseguidos por las fuerzas
patriotas.
El
centro realista se mantiene con más firmeza, pero corre el peligro de verse
envuelto de un momento a otro; al fin, cede el campo precipitadamente al ejército
de Belgrano abandonando gran parte de la artillería. El centro español en
fuga arrastra también a la reserva, dejando el ala derecha rodeada por los
soldados patriotas. Pero los realistas se afirman en las faldas del cerro San
Bernardo y desde allí hacen una resistencia vigorosa. Belgrano acude
oportunamente con la reserva en apoyo de su ala izquierda. Bajo los fuegos
combinados de la artillería y la fusilaría terminan por dispersarse aquellos
últimos restos del ejército realista que aún quedan en el campo de batalla.
La mayor parte del ala derecha enemiga se rinde a los patriotas.
Entretanto,
un vivo fuego prosigue en la ciudad. El centro y la derecha del ejército
porteño se han precipitado a las calles en persecución de los fugitivos; se
posesionan del templo de la Merced, suben a su torre y hacen flamear un poncho
a modo de bandera.
El General Tristán intenta reunir sus tropas en fuga para defender con ellas sus
débiles trincheras. La mayor parte desobedece la orden de acudir a las
palizadas, y se refugia en la iglesia catedral.
Un
hombre alto, casi gigantesco, excita a sus compañeros a hacer la defensa
desesperada de las palizadas. Al ver que nadie está dispuesto a seguir su
ejemplo, se coloca en el medio de la calle donde el fuego es más vivo.
Atravesado por una bala que le destroza el cráneo, cae al suelo sin vida. Es
Venancio Benavides, quien en vísperas de la batalla de Tucumán había
desertado de la causa patriota. Tristán comprende la inutilidad de sus
esfuerzos y se resuelve a pedir una capitulación. Envía a Belgrano un
parlamentario, el coronel La Hera, que se presenta ante el jefe patriota con
los ojos vendados. Al descubrir su rostro, con el semblante demudado, en
actitud casi suplicante y en voz baja, pide la capitulación al general
vencedor en nombre del general realista. Belgrano le responde en voz alta y
con benevolencia:
-
Dígale
usted a su general que se despedaza mi corazón al ver derramar tanta sangre
americana: que estoy pronto a otorgar una honrosa capitulación que haga cesar
inmediatamente el fuego en todos los puntos que ocupan sus tropas, como yo voy
a mandar que se haga en todos los que ocupan las mías.
LA
CAPITULACION
Suspendido el fuego, por la tarde
se convienen los detalles de la capitulación. Queda acordado que al día
siguiente los soldados realistas salgan de la ciudad con los honores de la
guerra, a tambor batiente y con las banderas desplegadas, y que a las tres
cuadras rindan las armas y entreguen los pertrechos de guerra, quedando
obligados por juramento, desde el general hasta el último tambor, a no volver
a tomar las armas contra la Provincias Unidas hasta los límites del
Desaguadero. Belgrano devolverá todos los prisioneros, a cambio de igual,
actitud por parte de los realistas, quienes deberán entregar los prisioneros
patriotas que tiene Goyeneche en el Alto Perú.
Paz,
testigo presencial de estos hechos, recuerda que “en la mañana del 21,
los dos ejércitos estaban sobre las armas. El uno, para desocupar la plaza;
el otro, para entrar en ella; el uno, para entregar sus armas; el otro, para
recibirlas. El tiempo seguía lluvioso y a ratos caían buenos chaparrones; a
pesar de eso, serían las nueve cuando el ejército real salió al campo,
formado en columna, llevando los batallones los jefes a su cabeza, batiendo
marcha los tambores, y sus banderas desplegadas. La tropa nuestra, que estaba
afuera, los recibi6 con los honores correspondientes, hasta que, a cierta
distancia, su columna hizo alto.
"Habiendo
desplegado en batalla el batallón que llevaba la cabeza, empezó a desfilar
por delante del jefe y hombres nuestros, que estaban apostados para recibir el
armamento, que iba entregando hombre por hombre, Juntamente con sus
cartucheras y correajes, Los tambores hicieron lo mismo con sus cajas, los pífanos
con sus instrumentos, y el abanderado entregó, finalmente, la real insignia, que simbolizaba la conquista y un vasallaje de 300 años”.
Así
desfilan 2.786 hombres. La caballería echa pie a tierra y rinde sus sables y
carabinas; la artillería entrega sus cañones, carros y municiones. Belgrano
dispensa al general Tristán de la humillación de entregarle personalmente la
espada, y lo abraza ante todos los presentes.
Tres
banderas son los trofeos de esta victoria. Diecisiete jefes y oficiales fueron
hechos prisioneros en el campo de batalla; hubo 481 muertos, 114 heridos,
2.776 rendidos. En total, 3.398 hombres que componían el ejército de Tristán,
sin escapar uno solo. Además, diez piezas de artillería, 2.188 fusiles, 200
espadas, pistolas y carabinas y todo el parque y la maestranza.
En
medio del campo de Castañares se abre una fosa común, donde son enterrados
los muertos de ambos ejércitos, y sobre ella se levanta una gran cruz de
madera con esta sencilla inscripción:
"A los vencedores y vencidos en Salta, en 20 de Febrero de
1813".
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Manuel Dorrego, oficial
de Belgrano en la campaña del norte |
Cuadro evocativo de la
victoria de Tucumán |
Gazeta Ministerial del
gobierno de Buenos Aires, del 9 de Octubre de 1812, en la que se
transcribe parte de la batalla de Tucumán |
Poder concedido al
Coronel Felipe de la Hera para parlamentar con Belgrano después de la
batalla y convenir los detalles del abandono de la provincia de Salta
por las fuerzas realistas |
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