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"Está todavía preso
el ex presidente
(Yrigoyen) que es
la legalidad misma. Fue electo
por ochocientos mil votos
de¡ país, como ningún otro
presidente argentino; todavía tenemos
tiempo, señores, de traerlo y de sentarlo en el sillón
presidencial para decir: ahí está la legalidad;
cumplan ustedes con su
deber: voltéenlo como lo hemos hecho nosotros."
Con estas duras palabras, expresión de la ruda franqueza de que tanto se preciaba, el Teniente General José Félix
Uriburu respondió, en diciembre de 1930, a los dirigentes políticos
que exigían al gobierno revolucionario un rápido retorno a la
legalidad. Uriburu sabía bien que esos dirigentes eran los mismos
que, con anterioridad al 6 de Septiembre de
1930, habían clamado
incansablemente para que las fuerzas armadas derrocasen a Yrigoyen.
No vaciló, por lo tanto, en señalarles públicamente la hipocresía
de su conducta. A juicio de Uriburu, la revolución la habían hecho
exclusivamente el Ejército y la Armada, sin que ningún partido político
hubiese intervenido "ni
en su preparación ni en su ejecución". En una carta
dirigida al doctor Laurencena, el 5 de Julio de 1931, Uriburu
manifestó claramente su opinión sobre la naturaleza del movimiento
que, encabezado por él, había llevado a cabo la destitución de Yrigoyen: "La Revolución
fue contra un sistema y no contra un hombre; sistema
y estado políticos en descomposición,
del que formaban parte, junto con el personalismo, todos los partidos adversarios de Yrigoyen". Con
estas palabras ratificó su repudio a las fuerzas políticas que, a
su juicio, habían apoyado el alzamiento armado, sólo para "repartiese los despojos del partido caído". Uriburu estaba resuelto a que esto no
ocurriese. Para él había llegado el momento de introducir reformas
fundamentales en las instituciones, que permitiesen asegurar el
establecimiento de una democracia
orgánica. Influido por doctrinas en boga se pro. puso lograr, a
través de la reforma de la Constitución, la implantación de un
Parlamento integrado por representantes de las distintas profesiones
y gremios. En un discurso, pronunciado en la ciudad de Rosario el 19
de Julio de 1931, manifestó claramente su desacuerdo con el sistema
de partidos y parlamentarlo vigente:
"Los que se llamen órganos
esenciales de la democracia
entre nosotros y que se mueven
gobernados al antojo interesado de oligarquías urbanas, o de
coaliciones de caudillos de distrito, jamás otorgan personaría en
sus convenciones, ni en las candidaturas, a los exponentes de reales
intereses de la sociedad. Nunca se han sentado en
el Parlamento mandatarios directos de los labradores argentinos,
sino empresarios políticos de profesión, que
surgen de las maniobras electoralistas
de los comités para
ocupar las bancas en las Cámaras
sin tener representación efectiva de ningún valor
social".
Uriburu no se limitó a esto, sino que auspició también la abolición
del voto secreto y universal instituido por la Ley Sáenz Peña,
pues este tipo de sufragio, a su juicio, impedía que el gobierno
fuese ejercido por los que de. nominó los
mejores. Así lo señaló en un discurso pronunciado en la
Escuela Superior de Guerra:
"Debemos tratar de
conseguir una autoridad política que
sea una realidad para no
vivir puramente de teorías... La democracia la definió Aristóteles diciendo que era el gobierno de los más ejercitados
por los mejores. La
dificultad está justamente en
hacer que lo ejerciten los mejores.
Eso es difícil que sucede
en todo país que, como en el nuestro, hay un sesenta
por ciento de analfabetos, de lo que
resulta claro y evidente,
sin tergiversación posible, que
ese sesenta por ciento
de analfabetos es el que gobierna
al país, porque en elecciones
legales ellos son una mayoría".
Los
proyectos de Uriburu, sin embargo, no encontraron apoyo alguno entre
las principales figuras del movimiento revolucionario. Estos, aun
cuando al igual que Uriburu estaban resueltos a suprimir el
predominio político de los analfabetos, prefirieron hacerlo recurriendo a los viejos métodos
del fraude electoral que, desde 1853 a
1916, había permitido a los
mejores ejercer el gobierno y, al mismo tiempo, mantener vigente
la farsa de un régimen constitucional "republicano,
representativo y federal". Esta fue, en definitiva, la solución
política que se impuso, y a la que Uriburu se avino, sacrificando
-como lo señaló en su último manifiesto del 20 de febrero de 1932, arraigadas convicciones
que pude imponer por la fuerza”.
José
Félix Uriburu nació en la ciudad de Salta, el 20 de Julio de 1868.
Su vocación castrense se concreta el 17 de marzo de 1885, cuando
ingresa como cadete en el Colegio Militar. Con el grado de
subteniente participa en las filas del movimiento revolucionario de 1890, que culminó con la renuncia del Presidente Juárez Celman.
Fue después edecán del Presidente José Evaristo Uriburu (tío
suyo), y agregado a la comisión demarcadora de límites con Chile.
Viajó posteriormente a Alemania, donde revista como agregado al
cuerpo de la Guardia imperial. En 1907 es designado director de la
Escuela Superior de Guerra. En 1914 incursiona en la política y,
por breve período, ocupa una banca como Diputado Nacional.
Ascendido a general de división en 1919, es designado en
1923
inspector general del Ejército. En 1927 es nombrado vocal del
Consejo Supremo de Guerra y Marina. Pasa a retiro el 4 de Mayo de
1929 y, en ese mismo año, inicia sus actividades como jefe de la
conspiración contra el gobierno de Hipólito Yrigoyen. El 6 de
Septiembre de 1930 marcha a la cabeza de las fuerzas revolucionarias
que llevan a cabo el derrocamiento de Yrigoyen. El 8 de Septiembre
presta juramento como presidente provisional, cargo que desempeña
hasta el 20 de febrero de 1932, en que hace entrega del mando al
General Agustín P. Justo. Gravemente enfermo, se traslada a Europa.
Muere en París el 29 de abril de 1932, y sus restos son
repatriados.
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