INTRODUCCION

25 de Febrero de 1813. En el gobierno realista de Lima cunde la desazón al recibirse en esa ciudad las noticias de la derrota de Salta. El Virrey Fernando de Abascal desaprueba la capitulación concertada por Pío Tristán con Manuel Belgrano y, al mismo tiempo, rechaza el armisticio de 40 días propuesto por José Manuel de Goyeneche al jefe patriota. Estima Abascal que Goyeneche cuenta con sobrados elementos para mantenerse en el Alto Perú: 3.000 infantes, 1.000 caballos, 300 artilleros y armamento para otros 3.000 soldados. Pero Goyeneche ha quedado desconcertado por el desastre de Salta. En su cuartel general de Potosí recibe un mensaje de Pío Tristán. Son unas pocas líneas escritas en francés que, en síntesis, le recomiendan poner a salvo su persona y retirarse en dirección al norte. De inmediato, Goyeneche convoca una junta de guerra donde anuncia su determinación de abandonar Potosí y la provincia de Charcas para replegarse hacia Oruro. El jefe español emprende la retirada con tanta precipitación que se ve obligado a destruir gran cantidad de municiones y tiendas de campaña ante la imposibilidad de trasladarlas por falta de mulas, liberando a más de 100 prisioneros patriotas que tiene en su poder.

Por su parte, Belgrano también es sumamente criticado por la capitulación celebrada con Tristán. El 1º de Marzo, el jefe del ejército del norte fustiga a sus detractores en una carta dirigida a su amigo Feliciano Chiclana, nombrado a la sazón gobernador de Salta: “Siempre se divierten los que están lejos de las balas y no ven la sangre de sus hermanos, ni oyen los clamores de los infelices heridos; también son ésos los más a propósito para criticar las determinaciones de los jefes: por fortuna, dan conmigo que me río de todo, y que hago lo que me dicta la razón, la justicia y la prudencia y no busco glorias, sino la unión de los americanos y la prosperidad de la Patria”.

Desde Jujuy, Belgrano envía otra misiva: "quién creyera! Me escribe otro por la capitulación, y porque no hice degollar a todos, cuando estoy viendo palpablemente los efectos benéficos de ella".

Belgrano se refiere a las versiones que difunden los realistas vencidos en Salta. En su marcha hacia el norte, éstos cuentan maravillas del ejército patriota y predisponen a las poblaciones a la insurrección. “Muchos de ellos -dice un historiador español- imbuidos de ideas nuevas, fue voz pública que empezaron a promover conferencias y juntas clandestinas, de cuyas resultas divulgaron especies subversivas que no dejarían de influir en la sensible deserción que menguaba las filas del ejército real”. La desmoralización comienza a cundir en las filas españolas y así, entre Marzo y Mayo, se registran alrededor de 1.000 desertores, que en su Mayor parte pasan al ejército patriota.

Las deserciones preocupan a Goyeneche que ve bastante raleadas sus filas. La capitulación de Tristán obliga a los soldados y oficiales realistas a no tomar las armas nuevamente contra el ejército de Buenos Aires, pero Goyeneche piensa que puede violar el compromiso. Logra que los capitulados se concentren, antes de llegar a Oruro, en un pueblo inmediato llamado Sepulturas. Centenares de soldados realistas aguardan la presencia de Goyeneche y su estado Mayor, que no tardan en aparecer. Aquél, sin desmontar, se dirige a los hombres con gesto enérgico y vehemente. Después de hacerles saber que el arzobispo de Charcas y el obispo de La Paz los han absuelto de su juramento, los incita a tomar otra vez las armas y unirse a sus tropas. Hay un pesado silencio en la muchedumbre de soldados. Las filas se mueven, y una regular cantidad de hombres se adelanta. En total, son 7 oficiales y unos 300 soldados los que aceptan la propuesta. Con ellos Goyeneche forma un cuerpo especial, al que bautiza Batallón de la Muerte. El resto, sin embargo, desoye la invitación, negándose a quebrantar su juramento y se dispersa por el Alto Perú.

LIBERACIÓN DE POTOSI

Mientras tanto, el gobierno de Buenos Aires exhorta a Belgrano a proseguir su marcha aceleradamente, aprovechando el desconcierto de los realistas tras el encuentro de Salta. Pero el general porteño prefiere esperar. El 6 de Marzo escribe a las autoridades para explicar su retraso: es la época de las lluvias en la región, y al problema de la creciente de los ríos se añade la tarea imprescindible de reorganizar sus efectivos y reparar las armas y el material. Todo ello “me impide volar como quisiera para aprovecharme del terror de los enemigos...después de una acción – explica - tanto el que gana como el que pierde queda descalabrado: así me sucede a mí". Por último, agrega que carece de dinero para emprender una campaña sobre un país pobre en que todo es necesario pagarlo. Considera un milagro que la tropa se mantenga impaga y contenta: “Después de la acción, en estos días he dado a los soldados 4 pesos, a los cabos 5 y a los sargentos 6, rebajando sus sueldos a todos los oficiales de comandante abajo”.

Después de permanecer algún tiempo en Salta, que emplea en reorganizar los destacamentos diezmados por las bajas de la batalla y las enfermedades, a mediados de Abril Belgrano avanza hasta Jujuy, dirigiendo los cuerpos de la vanguardia hacia Potosí. La paga de las tropas y los gastos de mantenimiento se cubren tanto con dos remesas de 80.000 pesos que le envía el gobierno porteño como con las contribuciones de los comerciantes de Salta y Jujuy.

Por oficios del 13 de Abril y del 10 de Mayo, el gobierno porteño incita enérgicamente a Belgrano para que acelere la campaña. El 3 de Junio alude en un nuevo oficio a la ayuda recibida Por Belgrano: “Cuando el gobierno había creído puntualizadas las diferentes órdenes que ha librado para que avanzaran rápidamente las divisiones disponibles del ejército que V. E. manda, ha visto en el contexto. de su comunicación del 22 de Abril eludidas sus esperanzas, fundarlas en los auxilios que constan remitidos desde Tucumán, en los recursos pecuniarios que se han proporcionado a V. E. y en las instrucciones que se le han remitido... Tenga V. E. presente que los enemigos han tenido auxilios y proporciones para llegar descansadamente, aunque en derrota, por el despoblado, desde Jujuy hasta Oruro, y que el ejército de la patria, después de dos meses y medio transcurridos por una parálisis de sus movimientos no ha podido ocupar la villa de Potosí con 300 hombres a lo menos ... "

Esta última reconvención coincide con los movimientos emprendidos por Belgrano. A principios de Mayo llega la vanguardia patriota a Potosí y desprende una avanzada de 500 soldados por el camino de Oruro para observar al enemigo que permanece concentrado allí.

Mientras tanto, Belgrano se queda en Jujuy y hace que esta provincia y los pueblos de su jurisdicción, incluso los del Alto Perú recientemente liberados - como Charcas y Santa Cruz de la Sierra-, juren obediencia a la Asamblea General Constituyente que en esos momentos delibera en Buenos Aires. A fines de Junio, Belgrano instala en Potosí su cuartel general. "Potosí - señala el general Paz en sus “Memorias” - es el pueblo que menos simpatía tuvo por la Revolución. Su grandeza y riqueza provenía de las minas que están a su inmediación, en el célebre cerro que lo domina; el progreso de esos trabajos se fundaba en la “mita” (tiránica ordenanza de los españoles, en virtud de la cual eran obligados los Indios, de 100 y 200 leguas de distancia, a venir a Potosí a trabajar 3 años en las minas, donde morían muchísimos) y otros abusos intolerables que un sistema más liberal debía necesariamente destruir; eran, pues sus intereses, en cierto modo, que hacían inclinar la opinión (a que debe agregarse el inmenso número de empleados dé la Casa de Moneda y Banco de Rescate) a favor de la causa real, o lo que es lo mismo, en la conservación de la antigua opresión".

PEZUELA ASUME EL MANDO

De Potosí ha partido, poco tiempo antes, el ejército de Goyeneche en su precipitada retirada. Desmoralizado, el jefe realista eleva su renuncia al virrey de Lima después de una destemplada correspondencia mantenida entre ambos. Abascal desea destituirle pero lo detiene la circunstancia del afecto que profesan a Goyeneche - que es americano - el grueso de las tropas realistas compuesto por nativos. Finalmente, Goyeneche decide retirarse, delegando interinamente el mando en su segundo, el Brigadier Juan Ramírez, quien se apresura a convocar una junta de guerra donde anuncia a sus lugartenientes que ha resuelto reanudar las operaciones y atacar a las fuerzas patriotas emplazadas en Potosí.

Un coro de murmullos de desaprobación se alza en la reunión. Los jefes entienden que es inapropiado arriesgar los escasos efectivos antes de la llegada de nuevos refuerzos. Algunos oficiales señalan que la provincia de Cochabamba también exige cuidadosa atención, por lo que resultaría suicida emprender la marcha hacía el sur dejando ese peligro en las espaldas.

Ramírez insiste en sus propósitos y, desechando aquellas opiniones, ordena el avance. Pero a los pocos días, encontrándose a mitad de camino entre Oruro y Potosí, la amenazante actitud de Cochabamba, donde se produce una sublevación, lo obliga a retroceder con premura, extenuando hombres y cabalgaduras.

El 19 de Julio arriba al Alto Perú el reemplazante de Goyeneche. Se trata del General Joaquín de la Pezuela, quien recibe un escaso refuerzo del Virrey de Lima: apenas 10 piezas de artillería, 400 fusiles y 360 soldados. Pero en poco tiempo logra levantar el ánimo de las tropas y obtiene también nuevas fuerzas que elevan los efectivos a 4.600 hombres.

Dedicado a la misma tarea de fortalecer la moral de sus tropas y reorganizar el ejército, se halla Belgrano en su cuartel general de Potosí. Este ordena formar un nuevo regimiento de caballería en Cochabamba; crea un tribunal militar encargado de reprimir la actividad subversiva de la oposición interna potosina, recluta más fuerzas en Chuquisaca y en la misma Potosí. Todo esto, sin perder de vista los problemas administrativos, ya que como capitán general debe ocuparse de ellos. Divide en 8 provincias al Alto Perú, en lugar de las 4 tradicionales. Nombra Gobernador de Potosí al coronel Apolinario Figueroa; de Cochabamba, al Coronel Juan Antonio Alvarez de Arenales, y de Santa, Cruz de la Sierra, al Coronel Ignacio Warnes. Para la presidencia de Chuquisaca es designado desde Buenos Aires el Brigadier Francisco Antonio Ocampo. Belgrano se ocupa del arreglo de la hacienda pública, que consigue regularizar, con lo que se logra cubrir ampliamente las necesidades del ejército. La Casa de Moneda, que ha sido saqueada por Goyeneche al retirarse, es rehabilitada. Todo comienza a tomar un carácter de orden y moralidad, altamente útil para aquellos pueblos y al progreso de la causa de la Revolución. Al respecto señala Paz en sus Memorias: “Preciso es decirlo francamente: la causa de la revolución bajo la dirección del general Belgrano, recuperó en la opinión de los pueblos del Perú lo que había perdido en la administración del señor Castelli”. Sus sólidas cualidades le granjearon la estimación y el respeto de los altoperuanos.

Las damas patriotas de Potosí, que lo agasajan constantemente, quieren que lleve de ellas un recuerdo duradero, en memoria y agradecimiento de la libertad dada, por él. Le obsequian una lámina de plata cincelada cuyo valor es de 7.200 pesos fuertes. Belgrano acepta el presente pero lo dona al Cabildo de Buenos Aires.

VISPERAS DE VILCAPUGIO

5 de Septiembre de 1813. El ejército patriota comienza desde Potosí su marcha hacia el norte. Son 3.500 hombres con 14 piezas de artillería, divididos en 6 batallones y un regimiento de caballería. Hay muchos reclutas nuevos y la artillería es deficiente, los hombres apenas tienen abrigos y escasean las mulas para conducción del parque.

En Chayanta, un caudillo de fuerte ascendencia entre la población Indígena, el Coronel Baltasar Cárdenas, recibe Instrucciones de Belgrano para moverse con sus fuerzas - 2.000 indios mal organizados y peor armados - y operar juntamente con las fuerzas de Cochabamba a las órdenes del Coronel Cornelio Zelaya. Ambos tienen órdenes de sublevar las poblaciones indígenas situadas a espaldas de los realistas. Belgrano, a su vez, planea atacar por el frente.

El 27 de Septiembre, el grueso del ejército comandado por Belgrano arriba a la pampa de Vilcapugio, meseta circundada por altas montañas, 25 leguas al norte de Potosí. Cuatro leguas más allá, en Condo-Condo, aguardan las tropas realistas. Son 4.000 hombres, reforzados con 18 piezas de artillería. Belgrano se limita a observar los desfiladeros que, bajando de Condo-Condo, llegan hasta la pampa de Vilcapugio. Piensa que Pezuela no tomará la ofensiva y, por su parte, espera la incorporación de las divisiones de Zelaya y Cárdenas con las que aumentarla sus efectivos hasta alcanzar los 5.600 hombres.

Cárdenas asome con sus indios por las espaldas del ejército realista – cumpliendo así las instrucciones de Belgrano -, pero con un destacamento enemigo al mando del Comandante Saturnino Castro le cierra el paso. En cuanto avista a los indios de Cárdenas, Castro se lanza con ímpetu sobre ellos y los dispersa por completo. La breve pero eficaz acción permite a los realistas cortar las comunicaciones entre el campamento de Belgrano y las tropas patriotas de Cochabamba. Además, entre los papeles que se le secuestran a Cárdenas, aparecen las instrucciones de Belgrano. El plan patriota - encerrar en un movimiento de pinzas a las tropas realistas - llega así a conocimiento del General Pezuela y éste decide pasar a la ofensiva antes de que la columna del coronel Zelaya ataque o se reúna con las fuerzas de Belgrano.

Septiembre 29. Pezuela se pone en marcha con sus tropas y ordena a Castro que permanezca a retaguardia en la localidad de Ancacato y se le incorpore el 19 de Octubre, en el campo de batalla.

Septiembre 30. Hora 12. Bajo un sol tibio y pálido, las tropas del General Pezuela escalan fatigosamente la cuesta. Del otro lado aparecerá la pampa de Vilcapugio donde Belgrano, ignorante de este movimiento, espera confiadamente comunicaciones de Zelaya. A las doce de la noche los realistas llegan a la cumbre, pero Pezuela ha tenido que dejar en el camino de ascenso buena parte de la artillería, ya que, como el jefe patriota, carece de suficientes transportes. Sin embargo, el avance prosigue con 12 cañones.

No es necesario apelar a los anteojos para divisar al ejército enemigo. Los fuegos del campamento de Belgrano se aprecian nítidamente en la oscura y fría noche, más triste y cerrada aún por la ausencia de luna.

LA BATALLA

Dos y media de la mañana del 31 de Septiembre de 1813. Por la ladera sur van descendiendo los soldados de Pezuela. Al alba, las avanzadas patriotas advierten su aproximación y corren a avisar al general en jefe, quien se resiste en un primer momento a dar crédito al informe. Pero verificada, en contados minutos, la presencia del enemigo, Belgrano se ve obligado a aceptar la evidencia. Un cañonazo en el campo patriota da la alarma y el ejército realista recibe, a su vez, orden de aprestarse para el ataque. El sol ya asoma en el horizonte. Calienta con más fuerza que el día anterior, y bajo sus rayos las aceradas bayonetas y el bronce de los cañones brillan con intensidad.

Belgrano dispone que a la derecha se sitúe el batallón de Cazadores, emplaza el regimiento Nº 8 en el centro, dos batallones del regimiento Nº 6 están preparados en la izquierda, mientras que más atrás forma el batallón de Pardos y Morenos. Flanquean esta línea de combate dos alas de caballería. El Coronel Gregorio Perdriel permanece al frente del regimiento Nº 1, que actuará como reserva. Mudos e impotentes testigos del drama que se avecina - impotentes debido a la carencia total de armas - contemplan la escena 2.000 indios ubicados sobre los cerros, a espaldas del ejército patriota.

Los realistas han concluido el descenso y se encuentran en el llano. Al son de la música de sus bandas las columnas se ponen en movimiento. A media legua, se repliegan en batalla dividiendo su línea en tres cuerpos, con 4 piezas de artillería cada uno. Pocos minutos más y ambos ejércitos estarán frente a frente. Belgrano da orden a la artillería de romper el fuego, y Pezuela detiene el avance de sus tropas. Las dos fuerzas cruzan un nutrido fuego y el jefe patriota dispone que se cargue a la bayoneta. Apoyado su flanco por la caballería, los Cazadores chocan con el batallón de Partidarios, un cuerpo español mandado por el coronel La Hera, quien no tarda en caer muerto. El batallón enemigo es destrozado por completo, con la pérdida de 100 soldados, 3 capitanes y 3 piezas de artillería. Se produce entonces la dispersión total de la izquierda realista. Parecida suerte corre el centro de ese ejército, que trata de resistir el ataque de los patriotas. Al sucumbir también sus jefes, los soldados se dispersan y abandonan el campo de batalla. Del lado patriota, el Comandante Forest, del regimiento Nº 6, cae seriamente herido, pero cuando este hecho inmoviliza por segundos a los soldados, aparece de pronto Belgrano que alienta y arenga a las tropas, las que contestan con un sonoro: ¡Viva la Patria! Los patriotas ven renacer sus fuerzas y se lanzan en persecución de los dispersos. Pezuela, impotente, no puede detener la tumultuoso fuga.

Once y media de la mañana. El jefe español se encuentra totalmente anonadado al ver perdida la batalla. De pronto, observa con estupor que los criollos se baten en retirada. No tarda en recibir el aviso de que su derecha se sostiene valerosamente y con ventaja en el campo de batalla. ¿Qué ha ocurrido? En las filas patriotas se acaba de oír un toque de clarín llamando a retirada. El toque paraliza a los soldados que, al volver sus cabezas, creen ver - según unos - el ala derecha del ejército totalmente destrozado; según otros, una fuerza enemiga sobre el flanco. El hecho es que el pánico se generaliza, y a los gritos de “¡al cerro!, ¡al cerro! , la Mayor parte de las fuerzas abandona, desordenadamente el campo de batalla.

La oportunidad es rápidamente aprovechada por Pezuela que, inmediatamente, ordena reagruparse a sus batallones. Su ala derecha, a las órdenes de Olañeta y Picoaga, ha chocado con furor contra la izquierda patriota, que se ve obligada a retroceder. El Coronel patriota Benito Alvarez, jefe del regimiento Nº 8, se pone a la cabeza de sus hombres tratando de variar la suerte de las armas, pero un balazo lo arranca de la cabalgadura y cae muerto instantáneamente. Con rapidez se acerca el Mayor Baldón para tomar su puesto, pero otro plomo acaba también con su vida. Entre los oficiales que quedan, el más antiguo es el Capitán Villegas, quien se apresura a tomar el mando de la columna. No llega a hacerlo. Cae muerto en pocos segundos. El Capitán José Apolinario Saravia lo sustituye y, cuando monta en su caballo para ponerse al frente de los soldados, una bala le hace impacto en el pecho. Saravia cae herido, confundiéndose su cuerpo con los cadáveres que cubren el terreno. Ya sin jefes, la columna patriota retrocede y se mezcla confusamente con uno de los grupos de la reserva. Ambas fuerzas se dejan ganar por el pánico y huyen; los soldados abandonan la artillería y se refugian algunos en el cerro cercano, mientras otros prosiguen la fuga en dirección a Potosí. Por otra parte, hace escasos minutos que ha aparecido con sus tropas en el campo de batalla el comandante realista Castro. El refuerzo permite a, Olañeta y Picoaga - que en esos momentos cuentan con sólo 600 soldados - proseguir la persecución. Castro acuchilla a los pocos dispersos que aún ofrecen resistencia. El Ayudante Mayor del regimiento patriota Nº 8, Domingo Saravia, busca, con desesperación a su hermano José Apolinario, a quien ve de pronto entre los muertos. Se inclina para abrazarlo, y cree ver en el cuerpo un destello de vida. Con rapidez lo alza y lo coloca en una mula, salvándolo en definitiva, y se incorpora al resto de las tropas.

RETIRADA DE BELGRANO

Mientras tanto, Belgrano ha tomado entre sus manos la bandera nacional. Ordena tocar a reunión a los pocos tambores sobrevivientes y, respondiendo al llamado, una escasa fuerza se une al general en jefe, quien se retira hasta lo alto de un cerro. Desde allí sigue llamando a sus tropas, logrando reunir unos 200 hombres, con los que intenta vanamente reanudar el combate. El enemigo, que ha quedado dueño de toda la artillería patriota, no cesa de cañonear la posición de Belgrano.

Dos de la tarde. Comienzan a regresar al campo parte de los fugitivos del ejército realista y se reincorporan a sus batallones. La suerte de la jornada queda irrevocablemente fijada. Ahora los patriotas no pueden pensar en proseguir la lucha sino en salvarse de una completa destrucción. Así lo comprende Belgrano y acuerda con Díaz Vélez que éste tome la ruta de Potosí para reunir los hombres que se han dispersado en aquella dirección, mientras él se dirige a Cochabamba, con el resto para buscar la incorporación de Zelaya, colocándose a espaldas del enemigo.

Tres de la tarde. Belgrano decide comenzar la marcha y, dirigiéndose a sus soldados, que a la sazón suman ya unos 400, les dirige estas palabras: “Soldados: hemos perdido la batalla después de tanto pelear; la victoria nos ha traicionado pasándose a las filas enemigas en medio de nuestro triunfo. No importa. Aún flamea en nuestra manos la bandera de la Patria”.

Se inicia, la retirada, penosa por muchas circunstancias: la noche, ya, cercana, amenaza con ser muy fría y venir acompañada de una nevada. A poco andar se incorpora, a la columna un escuadrón de Dragones con los que logran reunirse cerca de 500 hombres. La marcha continúa silenciosa en medio de la oscuridad. La tropa, acosada por el frío, se encuentra rendida de fatiga y hambre. Así relata el general Paz la retirada: "Caminamos el resto de la tarde y llegamos al anochecer a un lugar árido, llamado El Toro, que dista 3 leguas de Vilcapugio, y donde sólo había uno o dos ranchos inhabitados. Es la primera vez que comí carne de llama; la noche era extremadamente fría y sólo habíamos escapado con lo encasillado. Había oficiales que se tuvieron por felices de hallar un cuero de llama, chorreando sangre, en qué envolverse... Al día siguiente se continuó la marcha, llevando mi regimiento (los Dragones) la retaguardia. A poco trecho del lugar en que habíamos pasado la noche, se presentaba una cuesta larga, pendiente y muy arenosa; a la fatiga de la ascensión se agrega la de enterrarse un palmo los pies en la arena; cuando menos, era preciso un par de horas para subirla, atendido el estado de nuestros caballos, los que iban tirados por la brida y los jinetes a pie, prolongando inmensamente la columna. Yo subí de los últimos y me maravillé de no encontrar ni jefes, ni general, ni infantería, ni columna, ni cosa que se pareciese a una marcha militar. Todos, desde que hubieron llegado a la cumbre desde donde seguía el camino por unas alturas que presentaban menos quiebras, habían continuado sin parar y sin esperar a los demás, de modo que el pequeño ejército se redujo a una completa dispersión... y después de ser muy de noche y haber fatigado nuestras cabalgaduras, llegamos a un pueblecito llamado Caine, donde por fin supimos que estaba el General. Nos metimos en un rancho y pasamos la noche. Al día siguiente el General, de cuyos movimientos estábamos todos pendientes, no marchó; antes, por el contrario, empezó a destacar oficiales que recorriesen los alrededores y volviesen por el camino del día anterior, para indicar que allí estaba él y que allí debían reunirse. Es seguro que esa mañana (3 de Octubre) no había 100 hombres en Caine, de los 500 que estuvimos en El Toro; pero fueron llegando partidillas, de modo que por la tarde había cerca de 300... Todo el día 3 pasamos en Caine; el 4 sólo anduvimos una legua, hasta el pueblito de Ayohúma, dando siempre tiempo a que se reuniesen los dispersos. El 5 anduvimos 3 leguas y llegamos a Macha, pueblo de bastante extensión, donde se fijó el cuartel general".

Para entonces, es posible evaluar ya las pérdidas: 300 muertos, entre ellos muchos buenos oficiales, más de 400 fusiles y casi todo el parque de artillería, salvándose únicamente 1.000 hombres entre los reunidos en Macha y Potosí, pues los demás se han dispersado. El enemigo, sin embargo, no queda mejor; sus pérdidas no bajan de 550 muertos y heridos, habiendo sufrido una gran dispersión por la persecución patriota a raíz de la huída del centro e izquierda. Esto, unido a la falta de cabalgaduras, induce a Pezuela a no perseguir a los patriotas, manteniéndose inmóvil por algún tiempo.

El desastre de Vilcapugio circula por la región con asombrosa rapidez. Los primeros dispersos llegados a Chuquisaca anuncian al Presidente Ocampo que todo está perdido. Luego se sabe que Díaz Vélez se encuentra en Potosí a la cabeza de un cuerpo de tropas, y que el general Belgrano está situado con el resto del ejército sobre el flanco izquierdo del enemigo. Entonces se comprende que el desastre no es irreparable.

La Mayor parte de los dispersos que huyeron por el camino de Potosí se reúnen en esta ciudad bajo las órdenes de Díaz Vélez, quien después de separarse de Belgrano en Vilcapugio llega a reunir 400 de los dispersos que siguen aquella ruta y marcha con ellos hasta Yocalla, a 6 leguas de Potosí, donde encuentra al coronel Aráoz con otros 500 hombres. Ambas columnas forman unidas una fuerza como de 800 soldados que, aunque desmoralizados por la derrota, pueden sostenerse fortificándose en la ciudad.

El enemigo se limita a destacar a Olañeta con su batallón de cazadores por el camino despoblado, y a Castro con su escuadrón por el de Potosí, mientras el resto del ejército realista se repliega a Condo-Condo. Castro desafía a Díaz Vélez que se sostiene con firmeza en Potosí y logra que los perseguidores se replieguen al fin a sus posiciones de Condo-Condo.

HACIA AYOHUMA

Tras Vilcapugio, Belgrano reúne sus fuerzas en Macha. Allí reorganiza el ejército, pidiendo auxilios a los gobernadores. El 7 de Octubre escribe al Presidente de Charcas, Ocampo: “Fortaleza, ánimo, constancia y esfuerzos (no de los comunes) son los que necesita la Patria. Ella será libre e independiente si no nos amilanamos. Si en ese pueblo hay cobardes, que vengan a Macha, y sepan que no hemos de abandonar el puesto, sino cuando sea imposible sostenerlo. Aún hay sol en las bardas y hay un Dios que nos protege”.

Ocampo contesta a la solicitud de Belgrano enviándole 200 caballos, hombres, municiones y algunas piezas de artillería. El gobernador de Cochabamba Juan Antonio Alvarez de Arenales, hace lo mismo. Warnes, gobernador de Santa Cruz de la Sierra, no se muestra menos decidido y Belgrano, contestando sus comunicaciones, le escribe: “Con el contraste de Vilcapugio han creído que se repetía la escena del Desaguadero; se engallan, el ejército vive, y vive con su general para escarmentar a los enemigos, y triunfar de ellos, Dios mediante".

Belgrano no sólo levanta, la moral de las tropas, sino que inyecta optimismo en el gobierno porteño, al cual escribe el 21 de Octubre: “En balde se fatigan nuestros enemigos así interiores como exteriores; en vano sufriremos con ras es; en vano, al vez, nos veamos casi a las puertas de nuestra total ruina, como ya lo hemos estado en algunas épocas de nuestra gloriosa empresa; las Provincias Unidas del Río de la Plata serán libres, y las restantes del continente se le unirán afirmando con sus sacrificios y esfuerzos la libertad e independencia que el ciclo mismo ha puesto en nuestras manos”.

La provincia de Chayanta, casi totalmente poblada por indígenas, da pruebas de su patriotismo. Desde todos los puntos de su territorio acuden hombres, mujeres y niños con sus ofrendas, Cargándolas la Mayor parte sobre sus propios hombros. Artículos de guerra, víveres, ganado, cabalgaduras, forrajes, bálsamo y vino para los enfermos, y hasta objetos de lujo para los oficiales; todo es espontáneamente ofrecido por los indios de Chayanta. Belgrano, en recompensa, expide un bando distribuyendo tierras entre los indígenas y perjudicados por la guerra, con lo cual acaba de afirmar su popularidad en aquella comarca. Gracias a esta cooperación decidida de la población y de todas las autoridades, el ejército puede hacerse de un tren de artillería, aunque de inferior calidad; un parque bien provisto, suficientes caballos para los escuadrones y víveres para más de dos meses.

Los realistas, mientras tanto, a pesar de su reciente victoria, carecen de provisiones y caballos. Refugiados en las alturas y rodeados de poblaciones hostiles, quedan inmovilizados y no pueden emprender ataque alguno contra el ejército patriota. Belgrano, aprovechando esta circunstancia, envía montoneras y partidas en todas direcciones, a fin de acosar a las tropas de Pezuela. Con el objeto de conocer sus movimientos llama un día a un joven teniente de Drago
nes, el futuro General Gregorio Aráoz de La Madrid, y le ordena: - Escoja usted cuatro hombres de su compañía y marche a traerme noticias exactas de la vanguardia enemiga que está en Yocalla.

La Madrid no tarda en volver con los cuatro soldados:

- Mi general, ya estoy pronto y sólo falta que V. E. me dé un pasaporte para que se me permita entrar en el campo enemigo y poderle traer las noticias con la exactitud que desea.

El General porteño sonríe levemente y replica:

-Usted sabrá proporcionarse el pasaporte.

El Teniente sale a cumplir su misión y apresa una partida de cinco realistas. De ellos dos pertenecen al Batallón de la Muerte y ambos son enviados a Belgrano para que le suministren los informes que necesita. Belgrano ordena que los perjuros sean fusilados por la espalda. Cumplida la ejecución, sus cabezas son cortadas, y con una inscripción sobre la frente “Por perjuros”, son colocadas en el camino donde sin duda pasará el enemigo, colgadas de altos maderos.

A fines de Octubre, el ejército de Belgrano, gracias a la actividad infatigable de su jefe, logra reunir alrededor de 3.400 hombres, aunque de ellos apenas un millar son veteranos. El General porteño tampoco descuida los problemas ajenos a la guerra. El 23 de Octubre escribe al gobierno de Buenos Aires señalándole el nuevo estado de opinión que Impera en el Alto Perú:

"Las ideas de federalismo han cundido mucho, y creo que Dios nos manda trabajos nuevos para que nos amoldemos y sujetemos al orden; confieso que temo a los pueblos después de la victoria, que a los enemigos hoy. Es mucha la ignorancia y conviene que todavía en mucho tiempo estén las atenciones fijadas en los peligros exteriores, sin perder de vista los objetivos interiores". Buenos Aires no tarda en contestarle: “En cuanto a los temores de los pueblos, cuando cesen los peligros exteriores, no obstante que el gobierno conoce que para sofocar las pasiones, guiar la ignorancia y traerlos al camino de la felicidad sería preciso trabajar mucho; creo, sin embargo, más urgentes y espantosos los males que los amigos nos preparan, pues éstos atacan la existencia misma del Estado, y amenazan cortar de raíz el árbol naciente de la libertad de estas provincias; así es preciso concluir que siempre será más útil y seguro que desaparezcan enteramente los peligros exteriores”.

29 de Octubre. Pezuela levanta su campamento de Condo-Condo. Su situación es difícil y no han desaparecido las causas que determinaron su inacción desde de la victoria. Pero el Jefe español comprende que es forzoso salir de la inmovilidad y tomar la ofensiva antes de que los patriotas se robustezcan más. Preocupado por la carencia de transporte, logra sin embargo reunir 600 burros y llamas, suficientes para movilizar el parque. En cuanto a la artillería, la arrastran a pulso los indios.

Comienzos de Noviembre. El general realista se ve do por la época de las lluvias, que dificultan la movilidad. En diez días, apenas puede avanzar 15 leguas. El 12 de Noviembre, las fuerzas realistas llegan a Toquiri, un promontorio a los pies del cual se extiende la pampa de Ayohúma. Dos leguas más allá el ejército patriota aguarda el ataque. En su cuartel general, Belgrano ha convocado a una junta de oficiales, donde se discute el plan de operaciones a seguir. Algunos, como Díaz Vélez, prefieren retirarse a Potosí, antes que arriesgar las fuerzas. Esta es, en realidad, la opinión Mayoritaria, pero después de escuchar a todos, Belgrano toma la palabra para señalar con voz firme:

- Yo respondo a la Nación con mi cabeza del éxito en la batalla.

Por la noche los patriotas abandonan Macha, y antes del amanecer del 9 están en la pampa de Ayohúma a donde los encuentra Pezuela.

DERROTA PATRIOTA

Hay cierta desproporción en los ejércitos que están listos para entrar en lucha. La caballería patriota dobla en número a la del enemigo, pero los realistas los duplican en infantería, y cuentan con 18 piezas de artillería, contra 8 de las fuerzas de Belgrano.

Seis de la mañana del 14 de Noviembre. Las columnas realistas van descendiendo por la cuesta de Taquiri. Pezuela, montado en su caballo, arenga a sus soldados y éstos replican animosamente con el grito de: -¡Viva el Rey! ¡Viva el Rey!

Mientras se produce el descenso de las tropas españolas, uno de los. oficiales patriotas, el futuro General La Madrid, advierte la conveniencia de atacar en esos instantes, y así lo sugiere a Belgrano. Pero el general, en tono confiado, replica:

- No se aflija usted: deje que bajen todos, para que no escape ninguno. La victoria es nuestra.

L
os realistas completan la operación, atraviesan el río cercano y forman en columnas detrás de una loma, ocultándose así de los patriotas, que en esos momentos escuchan misa ante un altar que Belgrano ha ordenado levantar. Poco después los enemigos reaparecen, pero en lugar de presentarse por el frente se corren por el flanco, amagando la derecha de Belgrano. Los realistas tornan el cerro en que se apoya el ala derecha y se ponen en óptimas condiciones de batir a los patriotas.

Diez de la mañana. El ejército de Pezuela rompe el fuego con sus cañones, abriendo grandes claros en las filas de sus adversarios. La escasa potencia de la artillería patriota hace que ésta carezca de efectividad al contestar las andanadas realistas, ya que sus disparos apenas llegan a la mitad de la distancia. En un alto de la ofensiva enemiga, Belgrano ordena el ataque general a cargo de la infantería, a la que sigue la carga del ala izquierda, de la caballería al mando del coronel Cornelio Zelaya. Pero éste no puede resistir el fuego del enemigo, que espera el ataque con dos batallones, 10 piezas de artillería y el grueso de su caballería. Por su parte, la infantería se encuentra entre dos fuegos, ya que los soldados realistas, apostados en el cerro del cual poco antes se han posesionado, hacen un nutrido fuego de fusilaría. Los patriotas no tienen otra alternativa que el retroceso.

Belgrano y Díaz Vélez advierten el desastre, y se preocupan por salvar a los dispersos, reuniéndolos a medía legua del campo de batalla. El llamado del clarín atrae a unos 400 infantes y 80 hombres de caballería, pero en el llano quedan 200 muertos, 200 heridos, 500 prisioneros y casi todo el parque y la artillería.

Han pasado más de tres horas,. El esfuerzo de Belgrano por reunir los restos de su ejército peligra ante el avance de los realistas. El general porteño llame entonces al coronel Zelaya y le ordena detener al enemigo con su caballería. La acción de Zelaya cumple los deseos de Belgrano, y los patriotas logran ponerse a salvo a través de los desfiladeros de la montaña. El 16 de Noviembre los restos del ejército arriban a Potosí, pero esta ciudad debe ser evacuada ante la cercanía del enemigo. Dos días después, Belgrano se dirige hacia Jujuy, siempre perseguido por la vanguardia realista que el 26 ocupa Potosí.

Concluye 1813. En Jujuy, Belgrano se aboca una vez más a reorganizar sus fuerzas. “Las acciones de Vilcapugio y pampas de Ayohúma - escribe a amigo - han sido crueles, y casi he venido a quedar como al principio". Aunque logra reunir aproximadamente 1.800 soldados, el general porteño debe continuar su retroceso hacia el sur. Nombra al Coronel Manuel Dorrego jefe de la retaguardia, y pone a sus órdenes una compañía de infantería montada, la caballería de línea que se halla en Humahuaca, y un escuadrón de granaderos a caballo que está próximo a llegar: en total 500 hombres. Con fuerzas Belgrano encarga a Dorrego que dispute el terreno al enemigo que avanza sobre Salta a marchas forzadas.